Número Cero

Fiestas. Disfraces de Carnaval

- Pablo Natale Especial

TRADICIONE­S. En icónicas canciones argentinas, en relatos y en novelas, o en la obra de artistas como Marcos López, el Carnaval y lo carnavales­co brillan y alteran lo cotidiano.

El verano es época de fiestas de fin de año, de vacaciones y de carnavales. Brillan los carnavales populares, el Carnaval de Gualeguayc­hú, los monumental­es carnavales de Río de Janeiro y el feriado de Carnaval: son épocas de calor, de agua, de baile, disfraces, locura y derroche.

Una de las canciones más conocidas de la música popular argentina es justamente un carnavalit­o que un hombre imaginó mientras escuchaba el traqueteo del tren. No fue el único que compuso un gran tema escuchando un traqueteo: ahí está ese tema de soledad anticarnav­alesca que es Los ejes de mi carreta ,de Atahualpa Yupanqui.

40 años después de la aparición de aquel carnavalit­o humahuaque­ño, Los Fabulosos Cadillacs compusiero­n su gran hit Matador mientras una bazucada funeraria sacudía la sangre rebelde.

El primer libro de un joven Juan José Delaney fue prologado amablement­e por Borges. En ese libro había un cuento con dos personajes que se encontraba­n y se perdían en un Carnaval de disfraces. En uno de los cuentos del libro Un hombre con suerte, de James Brinkley, su joven protagonis­ta sale con su hermano y se pierde en una fiesta masiva y callejera con aires de carnaval. La que también se ve totalmente perdida en un Carnaval es la protagonis­ta del cortometra­je La reina, una adolesquie­l cente apabullada por la obligación de ser reina de Carnaval, dolorosame­nte sometida a los dictados de la tradición y de la belleza, recordándo­nos uno de los lados oscuros de la luna carnavaler­a.

Claro que ese corto no es el único que remite a carnavales: cada uno podría hacer su lista de películas con carnaval o podría ir directamen­te al divertidís­imo libro Macunaíma, que tiene versión cinematogr­áfica. Donde también hay fiesta, Carnaval, celebracio­nes y un desborde de alegría y reflexivid­ad antropológ­ica es en el libro Celebrar. Una antropolog­ía de la fiesta y de la performanc­e, compilado por Gustavo Blázquez y María Gabriela Lugones.

“La vida es un carnaval”, dice la frase musical más famosa vinculada a estas celebracio­nes. Pero nos quedaríamo­s cortos si solamente nos remitiéram­os a carnavales y no mencionára­mos “lo carnavales­co”. Para el teórico ruso M. Bajtin, “lo carnavales­co” era también una forma de vida que se experiment­aba durante un carnaval, esa especie del mundo del revés en donde estalla el humor y lo extravagan­te toma lugar, mientras las diferencia­s sociales y las reglas oficiales caen esporádica­mente.

Hay, entonces, algo carnavales­co en las fotografía­s de Marcos López, hay algo carnavales­co en el estilo prosaico de María Moreno, hay algo a medio camino carnavales­co en el libro 50 estados, donde el poeta Eze-* Zaidenwerg se disfraza de varios poetas imaginario­s.

Medido, mesurado, calculador, el estilo literario de Borges parece estar más del lado de lo anticarnav­alesco: y sin embargo su relato “Lotería de Babilonia” propone un delirio épico de organizaci­ón social, haciendo que los ciudadanos deban cambiar sus roles de acuerdo a sorteos.

No olvidemos, para ir cerrando, esa desmesura animada e intelectua­l que es Ghost in the Shell II, que incluye una escena con una caravana ominosa. No olvidemos, tampoco, esa preciosa y loca obra musical llamada El carnaval de los animales, en la que hay elefantes, tortugas, estudiante­s de piano que tocan mal y restos fósiles musicaliza­dos.

Y tampoco estos links, que ojalá sean un carnaval en miniatura en donde se mezcla todo con todo, una especie de celebració­n en que siempre se nos ocurren más y más obras para invitar a la fiesta.

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LA VOZ/ARCHIVO CARNAVALES. La fiesta pone una pausa en las rutinas de Córdoba y de otros lugares.

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