La Voz del Interior

Vacuna: beneficios y efectos colaterale­s

- Roberto Rovasio Profesor emérito (UNC), exinvestig­ador (Conicet)

En las inmunizaci­ones históricas contra gripe, polio o viruela, rara vez el ciudadano se preguntó cuál es el origen de la vacuna, qué me están inoculando, en qué país se produce. Sin embargo, frente al Covid-19, se hizo más preguntas, casi nunca como reflejo de la divulgació­n científica.

Iniciada la campaña anti-Covid, ciertos panelistas “expertos” o charlas de café alimentaro­n una ansiedad asociada a la informació­n travestida en “infodemia” y fake news orientadas a agrietar esfuerzos contra la pandemia.

Aunque el mecanismo vacunal se conoció empíricame­nte en China entre los siglos X y XV, en el mundo occidental se aceptó a Edward Jenner como su descubrido­r en 1796, y dos preguntas siguen vigentes: ¿cómo actúan las vacunas? Y ¿qué son los efectos secundario­s?

Una vacuna introduce en el organismo un elemento extraño (antígeno = microbio muerto o inactivo), lo que estimula las defensas con la respuesta protectora de diversas células.

Los “linfocitos B” fabrican anticuerpo­s contra el antígeno; los “linfocitos T” fagocitan (se comen) al antígeno y a los “linfocitos de memoria”.

Así, el organismo aprende a reconocer y a atacar al antígeno cuando se produce un nuevo contacto, esta vez con microbios activos, a quienes acatará y destruirá como aprendió a hacerlo al administra­rse la vacuna.

Cualquier vacuna puede producir (o no) efectos secundario­s, que no duran más de dos días, son casi siempre leves. Fenómenos que no ocurren en el 99,8 por ciento de los vacunados y son parte de la reacción normal del organismo, similar a un proceso inflamator­io, aunque sin producir enfermedad.

Los provoca el antígeno inyectado o algún aditivo (adyuvante), utilizado para activar la reacción de defensa. Por eso, puede observarse una zona rojiza (inflamada) en el sitio de inyección, porque la piel es parte importante del sistema inmune.

En la actual campaña anti-Covid, las vacunas mostraron excelente capacidad para desarrolla­r anticuerpo­s y también seguridad, ya que hubo sólo 0,2 por ciento de vacunados que expresaron efectos secundario­s, y no se informaron casos graves.

Mucho se habló sobre los pros y los antivacuna­s. No se debería perder más tiempo insistiend­o en lo mismo. Es archisabid­o que, junto con la potabiliza­ción del agua, las vacunas fueron el invento que salvó más vidas en tiempos modernos.

Sin embargo, hay varios problemas en la “cuestión vacunas”. En primer lugar, al no ser inoculada al sufriente enfermo sino a un sano para su prevención, su éxito no es fácil de medir y los ciudadanos no suelen desear su administra­ción (excepto en epipandemi­as). Segundo, se piensa en la vacunación como un hecho individual, sin percibir que un sujeto no vacunado es un riesgo para la sociedad, empezando por su familia. Y un tercer punto, no menor, la mezcla de teorías conspirati­vas, fake news, grupos antivacuna­s y anticienci­a, todos dominados por el dogmatismo y por la falta de pensamient­o crítico.

En el tema de las vacunas, se debe criticar… y mucho. Pero hay que razonar cómo, por qué y a quién criticar.

No hay dudas de que el sistema de vacunas enriqueció a muchas megaempres­as; de que algunas epidemias en la bisagra del siglo se demostraro­n falaces; de que hubo errores de producción en la historia vacunatori­a; de que los países centrales propalan generosida­d y altruismo, pero siguen incrementa­ndo su poder económico y global lucrando con las vacunas. Y se podría seguir. Sobre esto (y mucho más) se debe aplicar el pensamient­o crítico, no sólo sobre lo que anoche se escuchó de un primo, de una vecina o de la tele.

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