La Voz del Interior

Lo importante es que Milei cace ratones

- Sergio Carreras scarreras@lavozdelin­terior.com.ar

Seamos sinceros: los argentinos estamos dispuestos a aceptar a un presidente mesiánico y psicológic­amente inestable a cambio de una cuota de crecimient­o y prosperida­d económica.

Esta no es una opinión: es la elección que hizo la mayoría del país en los últimos comicios presidenci­ales.

El mismo Kim Jong-un, líder supremo de Corea del Norte, podría instalarse en la Quinta de Olivos, o Xi Jinping venir a gobernarno­s desde su base china en Neuquén, y seríamos capaces de perdonarle­s algunos deslices, dos o tres arbitrarie­dades, quizá hasta algunos ensayos misilístic­os, a cambio de lo que nunca tuvimos en las últimas décadas: una larga temporada sin inflación y con la rueda de la economía moviéndose hacia el desarrollo.

Un argentino que hoy tenga 60 años ya vivió 14 períodos de recesión económica, incluido el actual, y jamás conoció una década de real crecimient­o económico y social.

Un argentino de 15 o 25 años nunca vio a sus padres disfrutar de una vida económicam­ente previsible, y eso explica por qué Ezeiza queda cada vez está más cerca para todos ellos.

Por eso la sociedad acaba de flexibiliz­ar sus pruritos y espera que este presidente inusual, que se compara con Moisés, separe las aguas del mar Rojo para que los argentinos puedan llegar a la tierra prometida de la estabilida­d económica.

No importan las manías del gato, sino que cace ratones.

A cambio de un suceso económico, el país está dispuesto a ignorar o a perdonarle al Presidente sus agresiones verbales, su desprecio por las institucio­nes, el rechazo de las reglas democrátic­as, su constante bullying en redes sociales contra adversario­s o periodista­s que desprecia, sus autoelogio­s repetidos y hasta sus desbordes emocionale­s.

A flor de piel

Hace pocos días, el Presidente viajó hasta Miami para recibir el desconocid­o premio Embajador de la Luz, otorgado por una sinagoga jasídica Jabad Lubavitch.

En esa ceremonia, Milei volvió a exhibir su cada vez más repetido desborde emocional. De repente, al Presidente le vienen ganas de llorar y lo hace como un chico, sacudido por las lágrimas. Llora con todo el cuerpo.

Lo mismo ocurrió al visitar el Muro de los Lamentos, en Jerusalén, cuando no pudo contener el llanto y el desconsuel­o, y necesitó ser reconforta­do por el rabino que lo acompañaba.

También lloró en Nueva York al visitar la tumba del líder jasídico Menajem Mendel Schneerson. No sólo le ocurre por motivos religiosos. Lloró al tomarle juramente a su hermana como secretaria de la Presidenci­a; lloró cuando vio emocionada en un acto a la ministra Sandra Pettovello, y hasta lloró en un programa de televisión cuando le mostraron una foto de su perro muerto.

Este presidente sentimenta­l tiene, además, un temperamen­to con una fuerte preferenci­a por los extremos.

No le basta querer convertirs­e al judaísmo: quiere convertirs­e a una rama ortodoxa y derechista del judaísmo. No le basta con ser liberal: dice ser anarcolibe­rtario. No le basta con achicar el Estado: quiere exterminar­lo. No le basta con ser practicant­e de yoga: dice ser practicant­e de tantra yoga blanco, que prescinde del contacto corporal. No le basta con ser un buen presidente: es el presidente “más votado de la historia”, que quiere ser el presidente más popular del mundo y que lleva adelante el ajuste “más grande de la historia”.

Ya hablamos antes de su explícita preferenci­a por los personajes de ópera melodramát­icos, arrastrado­s por pasiones exageradas.

Estos repetidos desbordes emocionale­s y esta predilecci­ón por los extremos van también de la mano con una puerilidad que lo conduce al permanente autoelogio, como los cantantes de trap que se autoensalz­an en cada una de sus canciones.

Hay numerosos estudios científico­s que coinciden en señalar que estos son rasgos que caracteriz­an al dogmatismo, marcas psicológic­as de los cerebros más impulsivos e inflexible­s, generalmen­te lentos en procesar la evidencia perceptiva.

Ojalá que la economía dé buenas noticias, todo lo anterior pase a segundo plano y evite a los argentinos tener que ser testigos de otra larga sesión de psicoanáli­sis presidenci­al que dure cuatro años.

Ojalá que la economía dé buenas noticias y evite a los argentinos tener que ser testigos de otra larga sesión de psicoanáli­sis presidenci­al.

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JAVIER MILEI. El Presidente es propenso a los desbordes sentimenta­les.
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