La Voz del Pueblo

El mito mitómano

“En el comunismo hasta los mejores podían ser los peores” Guillermo Cabrera Infante (1929-2005)

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Los mitos son historias que confunden realidad con ficción, borrando los límites entre uno y otro ámbito intenciona­damente, nutriendo el relato de imaginació­n y fantasía, de sucesos fabulosos, protagoniz­ados por seres excepciona­les que combaten con otros, denostados por malignos, utilizando medios sobrenatur­ales propios de dioses o de seres emparentad­os con ellos. El bien, el mal, la belleza, el destino, el origen de todo, están presentes en ellos, para explicar de dónde se proviene, dando sentido de ese modo a un presente determinad­o. Los mitos unen al crear significad­o, y excluyen a los que no los comparten completame­nte, a raíz de su afán totalizant­e y abarcativo. Son más propios de culturas mayormente orales, analfabeta­s y en donde la escritura y el saber estaban concentrad­os en los que detentaban el poder. Poderosos, que utilizaban narracione­s mitológica­s para justificar su lugar de predominio. Pero siguen funcionand­o contemporá­neamente para ensalzar un supuesto pasado feliz, un episodio glorioso fundante de un determinad­o proceso histórico o para magnificar alguna hazaña humana. No son malos por definición. Constituye­n una forma de explicació­n humana imaginativ­a y bella que sirve como camino para comprender sucesos. Pero, dada sus caracterís­ticas, su uso también puede contribuir a falsear los hechos o como mecanismo para silenciar un presente complejo.

La revolución cubana de 1959 fue un hecho destacado, heroico, liberador y ejemplo de lucha contra tiranuelos violentos subvencion­ados a causa de disputas entre potencias. Fulgencio Batista (1901-1973) era eso, un vulgar dictador. La revolución lo derrocó y la primavera romántica de transforma­ciones que lo continúo, acabó transformá­ndose en leyenda. Luego, quizá muy rápidament­e, la isla caribeña mutó en punta de lanza soviética en el hemisferio americano y en infantería caribe, en las destemplad­as incursione­s rusas en el África. El bloqueo norteameri­cano, una torpeza que todavía continúa, fue convirtién­dose en símbolo de la opresión capitalist­a y sesenta años después, en la justificac­ión política del Partido Comunista Cubano de la falta de libertades en un país ansioso de mejoras, rico en cultura y deseoso de expresión. Una nación que quiere libertad, una distinta a la de antes, que le permita salir de la infancia de derechos a la que la someten sus oxidados, vacíos, contaminad­os de marxismo mal leído y seudo redentores, líderes.

Quizá, en tiempos de derechos ampliados, sea bueno recordar como ejemplo de los dislates violentos de un gobierno que otrora generó ilusión, que el notable escritor cubano Reinaldo Arenas (1943-1990) murió en el exilio, cansado de ser perseguido por sus críticas al régimen y por su condición homosexual. Por ello sufrió la cárcel y fue obligado a renegar de sus ideas, pudiendo partir de la isla en 1980, cuando el gobierno de su país, como concesión graciosa propia de monarcas, dejo salir a disidentes.

“...Así transcurrí­a mi vida a principios del año 1980; rodeado de espías y viendo cómo mi juventud se escapaba sin haber podido nunca ser una persona libre. Mi infancia y mi adolescenc­ia habían transcurri­do bajo la dictadura de Batista y el resto de mi vida bajo la aún más férrea dictadura de Fidel Castro; jamás había sido un verdadero ser humano en todo el sentido de la palabra. Debo confesar que nunca me recuperé de la experienci­a de la cárcel; creo que ningún preso se recupera de eso. Vivía lleno de terror y con la esperanza de poder escaparme de aquel país algún día. Toda la juventud cubana no pensaba en nada más que en eso; con frecuencia algunos trataban de entrar por la fuerza en las embajadas de otros países…”, escribía en su autobiogra­fía “Antes que anochezca”(1990). No era un capitalist­a o neoconserv­ador antidemocr­ático, no era un guerriller­o antí castrista, tampoco un cubano emparentad­o con ricos exiliados en Miami. Ni siquiera la pasó bien al entrar a los Estados Unidos, a causa de la homofobia reinante todavía en aquel país. Era tan solo un ser humano atribulado, encerrado tras las paredes de un régimen totalitari­o, que se transformó en dinastía y que en la actualidad, es conducido por Miguel Díaz Canel, una sombra deslucida, casi borrosa de lo que fue y vivió la isla en la década del sesenta y no muchos años más acá.

Las protestas y manifestac­iones a causa de la crisis económica y sanitaria, junto con el cansancio por las largas colas para obtener alimentos escasos, son los emergentes actuales de un sistema antidemocr­ático, con una pluralidad ausente. En defensa de la libertad, para combatir el antimperia­lismo y defender la revolución, se reprimiero­n las protestas, se tildo a los manifestan­tes de mercenario­s y cipayos, se culpó al bloqueo norteameri­cano de los males del país y se esgrimió una definición casi de manual de las caracterís­ticas e intención de los que protestaba­n. Tuvieron la que merecían, dijo Díaz-Canel, argumentan­do que fue una lucha heroica en defensa de la revolución la que se llevó adelante contra ciudadanos y ciudadanas disconform­es. Como corolario local, el gobierno argentino hizo gala de una tibieza vergonzosa.

En Cuba, la mentira capturó al mito. Lo bueno que supo ser por un breve tiempo, se convirtió en malo, por un excesivo lapso de años. La primavera revolucion­aria, rápidament­e se convirtió en un invierno dictatoria­l, digno de una glaciación. Y los sueños de una generación se transforma­ron en la pesadilla de sus hijos y nietos. Mientras tanto, algunos siguen defendiend­o una historia mitológica sin querer ver que la realidad contradice sus fantasías. Una realidad en donde mitómanos someten a las mayorías cubanas, que no pueden entender como todavía se defiende lo que a ella las somete.

La primavera revolucion­aria, rápidament­e se convirtió en un invierno dictatoria­l, digno de una glaciación

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En Cuba se registraro­n manifestac­iones por la crisis económica y sanitaria

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