Sen­ti­do co­mún

Los Andes - - Portada - Jor­ge So­sa Es­pe­cial pa­ra Los An­des

Jor­ge So­sa Es­pe­cial pa­ra Los An­des

De­be ser muy di­fí­cil arre­glar un país que es­tá en des­arre­glo. Son tan­tas las va­rian­tes que in­ci­den en las ac­cio­nes de los go­bier­nos que es al­ta­men­te di­fí­cil de que to­das las ha­gan bien.

La Cons­ti­tu­ción es cla­ra, di­ce, en su preám­bu­lo “pro­mo­ver el bie­nes­tar ge­ne­ral”. “Pro­mo­ver” es fo­men­tar o fa­vo­re­cer la rea­li­za­ción o el de- sa­rro­llo de una co­sa, ini­cián­do­la o ac­ti­ván­do­la si se en­cuen­tra pa­ra­li­za­da o de­te­ni­da pro­vi­so­ria­men­te.

En de­fi­ni­ti­va, ha­cer que los ha­bi­tan­tes de un país vi­van ca­da vez me­jor, que es lo que pre­ci­sa­men­te no es­tá ocu­rrien­do con el nues­tro: au­men­ta la po­bre­za, au­men­ta la de­socu­pa­ción, ca­da vez se ha­ce más di­fí­cil cos­tear­nos el día.

Uno pien­sa en­se­gui­da en el go­bierno y a mí me pa­re­ce por un la­do jus­to y por otro la­do, mez­quino. Jus­to por­que el ac­tual no ha he­cho mu­cho pa­ra pro­mo­ver el bie­nes­tar ge­ne­ral, más bien lo ha agra­va­do, y mez­quino, por­que no se le pue­de echar la cul­pa a un so­lo go­bierno, son los mu­chos go­bier­nos que he­mos te­ni­do, in­clu­yen­do los del pe­río­do te­rri­ble del país, los que han te­ni­do la opor­tu­ni­dad de me­jo­rar el asun­to y no lo han lo­gra­do.

La eco­no­mía si­gue sien­do una variable de des­ajus­te, nos due­le la eco­no­mía en ca­da pa­go, en ca­da vuel­to, aún en las chi­ro­las que no he­mos po­di­do jun­tar y apa­re­ce co­mo con­tra­dic­to­rio que un país con tan­tas po­si­bi­li­da­des de ac­ti­va­ción y pro­duc­ción se en­cuen­tre pe­lean­do en­tre las na­cio­nes más po­bres del mun­do si ha­bla­mos de ries­go país. Es in­com­pren­si­ble.

Ar­gen­ti­na de­be­ría ser un lu­gar adon­de to­dos qui­sie­sen ve­nir, por su geo­gra­fía es­plén- di­da, por la va­rie­dad de sus re­cur­sos, por el va­lor de su gen­te y por las po­si­bi­li­da­des que les da a aque­llos que quie­ren ha­cer al­gún pe­si­to ex­tra pa­ra sus es­plén­di­das ca­jas fuer­tes.

Y sin em­bar­go, las vo­ces que se es­cu­chan en el ex­te­rior pa­re­cen de­cir: “Huí de la Ar­gen­ti­na, ahí no hay po­si­bi­li­dad al­gu­na”.

Si un país so­lo tie­ne pa­ra ofre­cer cas­co­tes, no pue­de sa­lir a com­pe­tir a los mer­ca­dos in­ter­na­cio­na­les. ¿Qué les va a de­cir? Mi­ren qué her­mo­sos cas­co­tes te­ne­mos en es­te país y hay gran can­ti­dad y son muy ba­ra­tos. Pues la Ar­gen­ti­na tie­ne de to­do, de to­do lo que les pue­da pe­dir al­guien muy exi­gen­te, y sin em­bar­go se ve re­le­ga­da a una po­si­ción de pos­tra­ción en el mun­do de la ofer­ta.

Yo sé que la eco­no­mía es una cien­cia de di­fí­cil apli­ca­ción y de­pen­de de va­ria­bles que no cual­quie­ra de no­so­tros en­tien­de, pe­ro se me ha­ce que al fi­nal, des­pués del signo igual, de cual­quier re­sul­ta­do, el bie­nes­tar de­be mag­ni­fi­car­se de es­ta for­ma: que sea más lo que en­tra que lo que sa­le, co­mo en cual­quier eco­no­mía fa­mi­liar. Pues no lo lo­gra­mos, a pe­sar de to­das las po­si­bi­li­da­des, no lo lo­gra­mos. Pa­re­ce que so­mos no­so­tros mis­mos los que de­be­ría­mos ser be­ne­fi­cia­dos los que no nos po­ne­mos acuer­do en cuá­les de­ben ser los be­ne­fi­cios.

Es­ta­mos en un año elec­to­ral. Ya ven­drán por no­so­tros las ca­ras vie­jas y las ca­ras nue- vas con sus son­ri­sas de afi­che pa­ra ha­cer­nos creer que ellos sí van a po­der.

Pues se me ha­ce que por más son­ri­sas que mues­tren no van a po­der. Di­go, me pre­gun­to, me pro­pon­go: ¿Se­ría muy di­fí­cil lo­grar una gran coin­ci­den­cia en­tre to­das las fuer­zas po­lí­ti­cas y so­cia­les que in­te­gran la na­ción y lle­gar a un acuer­do? Fi­jar el me­nos diez pun­tos (el nú­me­ro es al azar) que de­be­rán ser cum­pli­dos in­de­fec­ti­ble­men­te por aque­llos que sal­gan vic­to­rio­sos. ¿ Es mu­cho pe­dir o es lo que real­men­te co­rres­pon­de en un país que, di­vi­di­do, no avan­za ni un tran­co de pul­ga?

Si­go pen­san­do en el sen­ti­do co­mún y me di­go: “Es­to así, co­mo va, es lo más co­mún pe­ro no tie­ne nin­gún sen­ti­do”.

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