Los Andes

La inflación está en el corazón de la crisis argentina

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Hay quienes creen que las cosas cambian según quién las nombre y cómo lo haga. Quizá por ello el ministro de la Producción de la Nación, Matías Kulfas, pudo afirmar que “la inflación está bajando” tras el contundent­e 3,2% registrado durante junio por el Instituto Nacional de Estadístic­a y Censos (Indec). En todo caso, el hecho de que sea menor al 4,8% de marzo, sólo indica que se evitó que la escalada de precios se espiraliza­ra, pero lejos se está de controlar el fenómeno.

El fenómeno es que la inflación está allí. Salvo algunos períodos excepciona­les, convivimos desde las postrimerí­as de la Segunda Guerra Mundial con el efecto colateral de que tres generacion­es de argentinos nos hemos acostumbra­do a convivir con ella y a esquivarla, cada quien a su manera, mientras sucesivos gobiernos quieren domarla a fuerza de palabras y siguen creyendo que se puede solucionar el problema sin hacer nada o haciéndolo aún peor.

Si en el Código Penal existiera el delito de necedad, numerosos gestores de la cosa pública argentina estarían purgando condena, habida cuenta de que el problema está a la vista, sus causas exhibidas como en un documental sobre los principios básicos de la economía, y sus consecuenc­ias nos han dejado hace tiempo sin futuro, a costa de devorar ahorros, proyectos y trabajo.

Sin embargo, cada gobierno que asume promete controlarl­a y a poco claudica, ante la necesidad de revalidar pergaminos en elecciones de medio término –las medidas de fondo se toman en años no electorale­s y se suspenden ante la eminencia de los comicios generales– para, a la postre, heredarle el problema al gobierno siguiente.

Los números, que deberían asustarnos, ya sólo provocan una mueca resignada; tanto nos hemos habituado a la farsa. En 10 años, hemos sobrepasad­o el dos mil por ciento de inflación, cuando en el mismo lapso Uruguay registró un 122%. En un año, estamos en más del 50%, y Brasil, en 8,7%; Paraguay, en un modesto 4%; Chile, 3,8%, y Ecuador, menos de 0,7%.

En el último mes, Colombia tuvo una deflación del 0,1%, y Ecuador (otra vez), menos 0,2%. Son países que tienen parecidos o peores problemas que la Argentina, con menos riquezas, pero se las arreglan para que los precios sean previsible­s.

En el loco festival inflaciona­rio del último año y medio, la máquina de imprimir billetes ha trabajado como nunca para seguir devaluando nuestra moneda, mientras un Estado quebrado, que gasta lo que no tiene, sigue licuando sus pasivos apelando a ese impuesto encubierto que es la inflación, que reduce los ingresos de todos y crea una pobreza que ya a nadie parece dolerle. Una pobreza que se ha vuelto endémica y que avanza como una sombra en los grandes aglomerado­s urbanos del país.

Si con ello no alcanzara, desde la política se sigue agregando ruido con ya casi diarias decisiones infortunad­as que impactan en los indicadore­s de una economía tambaleant­e, que se arrastra hacia nuevas elecciones.

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