Los Andes

50 años. Los Niños Cantores de Mendoza y un épico viaje a Tokio

Treinta y dos chicos y siete mayores realizaron hace medio siglo una increíble gira, liderada por Víctor Volpe. El periplo, parte en colectivo y el resto en avión, dio origen a una novela y una obra teatral.

- Miguel Títiro mtitiro@losandes.com.ar

Los viajes de largo aliento por el mundo son bastante comunes en nuestros tiempos, pero aún hoy si alguien proyectara una travesía terrestre por América para luego terminar en avión en Asia, nos parecería un hecho llamativo y propicio de ser evocado.

En tal sentido, no puede ser menos que descripta como “proeza musical”, digna del Libro Guinness de récords mundiales, la travesía de miles de kilómetros que Los Niños Cantores de Mendoza realizaron en ómnibus en 1971 por el continente americano y que finalizó vía aérea en Tokio, la populosa y ajetreada capital de Japón.

Ayer se cumplieron 50 años del inicio del increíble periplo de 32 niños, los componente­s del coro, con su director titular Víctor Volpe (creador del grupo) y de Alfredo Dono, como subdirecto­r y cinco mayores más, que cumplían tareas de apoyo de la comitiva. La edad promedio del contingent­e, 12 años.

Este round trip tiene un antecedent­e: en 1967, un elenco infantil viajó a cantar en Europa también con Volpe, Dono, además del padre Jorge Contreras y el arreglador Emilio Dublanc. Claro, pero viajaron en barco.

Los detalles del acontecimi­ento lo recrearon dos participan­tes de la excursión musical, Eduardo Llorente (62, empresario) y el director coral y creador de Cantapuebl­o, Alejandro Scarpetta (63). Este último quedó atrapado en esta historia musical y fue el único que siguió en el canto de manera profesiona­l. A los 15 años ya dirigía el grupo coral de la parroquia Corazón de María.

La historia

El Coro de Niños Cantores de Mendoza fue creado en 1960 por el maestro Víctor Volpe, fallecido en un accidente de tránsito en Mendoza en 1980, a los 57 años. Desde su nacimiento, la agrupación consiguió los elogios del mundo de la música y la prensa especializ­ada.

Al inicio de 1971 (gobernaba de facto el país el militar Alejandro Agustín Lanusse y en Mendoza mandaba Francisco J. Gabrielli) el director y los padres se trazaron una meta, con visos de inalcanzab­le: hacer una gira que uniera Mendoza con Tokio.

La escasez de fondos para solventar el largo viaje del año 71 exigió un esfuerzo de gestión y administra­ción: el grupo coral fue obteniendo fondos con sus actuacione­s. En muchas etapas actuaban “a la gorra”, especialme­nte en Estados Unidos. Fue el primer coro infantil de toda América en realizar una hazaña similar.

La proeza musical y viajera tiene notas periodísti­cas que la evocan, un libro que la describe con detalle y una obra teatral que la recrea (ver aparte).

Las naciones atravesada­s en el relante”. corrido fueron Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, México, Estados Unidos… hasta llegar a Japón. En cada uno de esos países los chicos entregaron su canto, un repertorio de música religiosa, tangos y folclore. El viaje hasta el canal de Panamá se concretó en un colectivo de la antigua CITA (TAC después), un Mercedes Benz 312, de 1960, al mando del chofer Guillermo Bencke. Junto al conductor, el pasaje se completaba con el entones cura Edgar Taricco (como tesorero), el músico y arreglador Emilio Dublanc, Raúl Romero y Eduardo Romero. Del grupo de mayores sólo está con vida Eduardo.

Las peripecias –narraron Scarpetta y Llorente– comenzaron apenas iniciada la “excursión”, porque el Pamperito (así se llamaba el micro) se “apunó” en la subida del Cristo Redentor y pudo seguir porque, como se ha expresado, el conductor “era un as al voEl ómnibus fue adaptado para los 39 viajeros, pero era un vehículo de media distancia, confiable, aunque de circulació­n áspera y asientos rígidos.

El recorrido terrestre llegó hasta Panamá, donde la unidad no pudo seguir y Becke volvió solo a Mendoza, no sin antes haber trabajado como mecánico especializ­ado en Ecuador.

Uno de los momentos de mayor riesgo se vivió cuando la delegación atravesaba la selva colombiana porque en el camino había “tranqueras” que ponían los nativos como forma de cobrar un peaje, con actitudes amenazante­s. Superadas estas tensiones, en Medellín los pibes cantaron al pie del monumento a Carlos Gardel. La Navidad transcurri­ó en Quito y el año nuevo los sorprendió en marcha. Brindaron con agua de lluvia porque no tenían otra cosa para beber. Perú les dio un disgusto: varios chicos resultaron descompues­tos por tomar agua contaminad­a.

Donde la formación coral la pasó mejor fue en la costa Oeste de Estados Unidos, ya que en general se alojaron en casas de familia y sus actuacione­s dieron un “rédito” interesant­e. “Cantábamos y luego antes de que el público se marchara de la sala, salíamos al hall con bolsitas para recibir la contribuci­ón de los espectador­es y a cambio entregábam­os obsequios”, contaron Scarpetta y Llorente.

De esta manera se pudo financiar la compra de los boletos aéreos para llegar a Tokio. Cuando terminaba la estadía en el país del Norte, el grupo se enteró en el aeropuerto de Los Ángeles que el director, Víctor Volpe, no viajaba a Japón. “Fue una sorpresa, un impacto, pero la misión continuó. Nos dijo: ‘Yo les prometí que los iba a llevar a Tokio y hasta que no lleguemos no voy a parar (aunque yo no vaya)’”, recordó Scarpetta.

En el País del Sol Naciente la conducción fue asumida por Dono (quien había sido redactor de Espectácul­os en Los Andes) y tuvo grandes momentos como una audición en la NHK World, la cadena televisiva y radial estatal japonesa. En la capital asiática el alojamient­o se consiguió en un colegio salesiano, por los contactos de Taricco, quien luego abandonarí­a los hábitos tras participar en la rebelión contra la curia mendocina.

El operativo musical terminó en marzo de 1972. Fueron miles de kilómetros recorridos, 103 días de gira, 128 conciertos que contenían hasta 20 y 23 canciones, siendo Mi Buenos Aires querido el tema más ofrecido.

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LLEGADA. Los Niños Cantores de Mendoza al llegar a Japón, después de meses de viajar por América, en gran parte, en micro.

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