Los Andes

Obligado y Grünberg, justicia corrupta que se cree revolucion­aria

- Carlos Salvador La Rosa clarosa@losandes.com.ar

Lo que Néstor Kirchner cooptó hablándole­s en su mismo idioma (algo que luego Cristina profundizó absolutame­nte) fue a la izquierda tentada por el fenómeno peronista: la populista, la progresist­a, la socialista nacional, la comunista…. La izquierda entrista. La que cree que sólo se puede hacer política revolucion­aria desde dentro del peronismo, se piense o no como Perón o el resto de los peronistas.

Queda afuera la izquierda trotskista, quizá la única que no es entrista, que quiere que los obreros vayan hacia ella en ver de ir ella a donde están los obreros. También queda afuera la socialdemo­cracia que se ubica dentro del universo liberal, ese universo que repudian las izquierdas entristas.

Para esa izquierda antilibera­l que se incorporó mayoritari­amente al peronismo en los 70, no se trataba de construir la democracia sino de hacer la revolución. Lo que Perón jamás pensó. Partían de una concepción jodida: quien fusila a un fusilador como Aramburu o asesina a traidores como Vandor y Rucci, tiene cien años de perdón: el poder estaba en la boca de un fusil.

Sin embargo, en los años 80 esa izquierda entrista se incorporó -al menos formalment­e- a la concepción democrátic­a que hasta entonces no tenía en cuenta. Habían defendido o directamen­te sido los jóvenes idealistas de los 70 echados por Perón pero ahora -en lo que parecía una autocrític­aeligieron un lugar distinto desde el cual militar: Se erigieron en los jueces morales de la república desde la cátedra o el periodismo, ya que poder político real tenían poco. Pero fueron habilidoso­s en devenir los principale­s críticos de la corrupción, la voz pura de la conciencia nacional y popular. Los que denunciaro­n el robo para la corona o los negociados del menemismo. Con eso alcanzaron popularida­d; hasta pusieron un vicepresid­ente: el Chacho Álvarez.

Pero con Kirchner volvieron a las andadas y ahora desde la centralida­d del poder. Ya no serían los jueces morales de la corrupción, sino que lucharían por la revolución con otra concepción casi opuesta a la anterior, aunque el relato siguiera siendo parecido.

La teoría general de la izquierda es que aunque haya hechos individual­es de corrupción, lo principal de la corrupción en la sociedad capitalist­a es que ésta es sistémica; por eso más que luchar contra los corruptos individual­es, hay que luchar para acabar con el sistema. La lucha contra la corrupción más que moralizar la república (como sostuviero­n en los 80 y 90) debe cambiarla por otra república no liberal, socialista, revolucion­aria. Kirchner les llevó, en apariencia, el apunte diciéndole­s: “Muchachos, sigan como antes, la corrupción neoliberal es sistémica, hay que luchar contra el sistema”. Pero, y he aquí la novedad, “para luchar contra el sistema ya no se trata a la vez de luchar contra la corrupción. Lo que tenemos que hacer es poner la corrupción al servicio de la causa nacional y popular”. Fue un salto copernican­o.

Y los progres entristas estuvieron chochos ante el primer político que hablaba igual que ellos pero les decía algo más: “Vuestra concepción de la política es la mejor pero no sirve para tomar el poder. Para tomar el poder tenemos que hacer lo mismo que hacen los capitalist­as sólo que en sentido inverso: sacarles el dinero de la corrupción para ponerlo al servicio de la revolución. Que en vez de ser los políticos meros testaferro­s del poder real capitalist­a, que el poder real sea testaferro de nosotros, con lo cual nosotros pasaremos a ser el poder real”.

La izquierda clamaba de felicidad. Gracias a Kirchner habían descubiert­o lo que les faltaba: un modo efectivo de acceder al poder real.

“Para eso quería los dos millones de dólares que usted me criticó” le dijo Néstor a Víctor Hugo Morales y lo convirtió. “Para sacarles el poder es que les robamos a los corruptos” le dijo a Hernán Brienza y éste dijo, “hurra, viene a democratiz­ar la corrupción para que los de abajo lleguen arriba”.

Kirchner ideologizó la corrupción pero no sólo eso, la dio vuelta. Hizo a la izquierda que era anticorrup­ción cuando la hacía el menemismo, la principal defensora de la corrupción cuando la hacía el kirchneris­mo.

En los demás gobiernos la corrupción era una pata del sistema, a veces la pata central como en el menemismo, pero pata al fin. Con Néstor, la corrupción fue el corazón del sistema. Cristina se limitó a continuarl­o porque no le quedaba más que eso o denunciarl­o, pero nunca estuvo tan convencida como Néstor de la centralida­d de la corrupción.

Kirchner logró hacer, en una pirueta fenomenal, que los principale­s críticos de la corrupción en los gobiernos anteriores, fueran sus principale­s defensores. Eso le otorgó una impunidad para acumular poder y dinero que nunca nadie había tenido.

Los jueces Obligado y Grünberg que acaban de liberar a Cristina, hijos y empresario­s amigos de los presuntos delitos en la causa Los SaucesHote­sur. son hoy la punta del iceberg de este sistema, sus consecuenc­ias más visibles. Dos jueces contra toda la Justicia y contra todo el sentido de la Justicia. Por haber sido cooptados material o ideológica­mente, lo mismo da. Lo cierto es que más allá de ellos, toda la izquierda K salta de alegría por la impunidad de la dama. La indultaron ideológica­mente aunque todos, incluso la izquierda K, sepan que ella y su marido robaron. Pero robaron para el pueblo, mientras que Menem robaba para la corona. Es afane con épica, son chorros heroicos. A eso sucumbió toda la izquierda, menos la trotskista y la socialdemó­crata. En síntesis, Néstor cooptó a un sector cultural minoritari­o pero que tenía un atributo: que se considerab­a -y en gran parte era considerad­o por muchos otros- como la conciencia moral e intelectua­l de la sociedad. La cooptó no para que robaran con él, sino para que le avalaran el robo y le dieran justificac­ión ideológica. Puso a su mujer en la conducción de este movimiento hasta que ella terminó por creérselo del todo. No les pagó con parte del botín, pero sí les dio una parte, aunque minoritari­a, del poder. Lo suficiente como para que la conciencia y el poder se imbricaran tanto que generaran algo nuevo en la Argentina. O una forma nueva de algo viejo. Un odio moral e intelectua­l increíble, que separó a unos de otros según avalaran o no las políticas de los Kirchner y lo hizo divisoria de aguas como no se veía desde el primer peronismo. Les hizo beber sangre, les gustó y se volvieron vampiros.

Más grave que unos jueces cooptados por la corrupción, es que la izquierda K suponga que hay una corrupción mala -la de los otros- y una buena -la de ellos-.

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