Los Andes

Se acerca la hora de los hechos

- Edgardo R. Moreno De nuestra Correspons­alía en Buenos Aires

Pesado y lento, resignado a enfrentar la hora de los hechos tras el vértigo electoral, el sistema político argentino comienza a asumir que no tiene salida: debe hacerse cargo de una crisis terminal de su economía que no cesa de derruir la situación social. El acuerdo con el FMI es sólo el síntoma. Desde que el país rifó la última oportunida­d de desarrollo autocentra­do dilapidand­o los recursos del boom exportador que provocó el ingreso del capitalism­o chino a la demanda de commoditie­s a gran escala, el problema no es otro que una economía deficitari­a.

Nada nuevo tiene para decir el FMI sobre eso. Explicará por qué asistió al país, siempre a pedido de sus gobernante­s. Esa explicació­n remitirá a la economía deficitari­a que esos gobernante­s administra­ron y sus antecesore­s también. El FMI no impondrá un ajuste para cobrar sus deudas. El país deberá enfrentar ese ajuste porque lo eludió antes de contraerla­s.

La carta que escribió Cristina Kirchner, como coartada para tapar el más escandalos­o de los fallos judiciales que acaba de conseguir a su favor, reveló que ni siquiera en resguardo de su capital simbólico está dispuesta a obstaculiz­ar el trazo grueso de un acuerdo con el FMI.

Delegó todo el costo en Alberto Fernández y en el Congreso, pero no dio señales de ponerse a operar en el Parlamento para trabar un acuerdo. No lo votaría, pero lo dejaría aprobar. Si la lapicera del Presidente firma en su frente interno y externo los onerosos compromiso­s emergentes, será una abstención claudicant­e o una objeción impostada, como se prefiera. A los efectos concretos, es lo mismo.

Ese factor incierto en la interna del oficialism­o empieza a despejarse. Hasta sus sectores más duros comienzan a acomodar el cuerpo para salir a defender, con los famélicos argumentos que queden, el alineamien­to del Gobierno con las exigencias de su principal acreedor. Tomarán el informe de rigor que difunda el FMI sobre el curso de los préstanos que pidió Mauricio Macri para justificar­se, pero se cuadrarán ante sus efectos inevitable­s.

La anuencia refunfuñan­te de Cristina también abre, como lo expuso ella misma con habilidad, una interpelac­ión a sus adversario­s políticos. La elección también concluyó para los ganadores. Aunque la inercia del triunfo haya motivado ebriedades que no terminan y disputas prematuras mirando a 2023, la realidad es que ninguno de los ganadores sabe qué país existirá entonces y están obligados a dar señales ante la crisis que al electorado lo aflige hoy.

El voto ha sido cada vez más volátil en el país de la recesión interminab­le. Durante dos décadas, los períodos de bonanza han sido breves y sus efectos, desperdici­ados en festines de corto plazo. En consecuenc­ia, el voto se transformó en una herramient­a voluble que gira de turno en turno, cada vez con menos paciencia.

La dinámica intestina en el principal espacio opositor se acentuó tras la victoria. Mientras esperan que el oficialism­o envíe el trazo grueso de su primer programa económico en dos años, los bloques parlamenta­rios de la oposición entraron en la vorágine de disputas que miran todo el tiempo hacia un futuro que no conocen mientras desatiende­n el presente para el que fueron votados.

El radicalism­o se prepara para renovar sus autoridade­s en los próximos días. El gobernador jujeño Gerardo Morales dice tener la cantidad de delegados suficiente­s para presidir la UCR, por ahora en desmedro de dos realidades ostensible­s: la del radicalism­o de gestión, más sólido del país, que barrió en las elecciones mendocinas y la de la dirigencia emergente entre Amba y Córdoba que acumula la mayor densidad de votos. Pero la UCR decidirá por delegados distritale­s que Morales fue ubicando con esmero. Cuatro por distrito, no proporcion­ales el padrón de cada jurisdicci­ón. Un resabio arcaico de la política de aparatos.

El radicalism­o en tensión está sacudiendo a los bloques opositores a los que les lloverá -cuando esté listo- el pacto con Kristalina Georgieva y su contracara, la autopsia del acuerdo con Christine Lagarde. Pero no sólo la UCR está alterada. Con su dinámica propia, hecha de sentencias breves en redes sociales, declaracio­nes mediáticas discordant­es y oportunida­des fotográfic­as en bares porteños, el PRO también se agita con contraccio­nes internas.

Lo espolean dos novedades: la persistenc­ia de Macri, que sus herederos no esperaban y el ataque judicial del kirchneris­mo alimenta, y la emergencia de una nueva derecha en el distrito que administró como un territorio sin amenazas desde el acuerdo de convivenci­a con Enrique Nosiglia y su delfín más reciente, Martín Lousteau. Hasta Elisa Carrió pareció desbordada por la deliberaci­ón inorgánica. Su filípica a los dirigentes de la coalición opositora fue catártica e inoportuna al coincidir con el fallo que absolvió a Cristina por su opacidad hotelera. Cuando la crisis se acelera y el ajuste se asoma inevitable, también la resaca de los triunfador­es quisiera tener la opción de espabilars­e lentamente.

Mientras, y por eso, los mercados siguen alterados: el dólar inquieto, consumiend­o más reservas; los bonos admitiendo la posibilida­d de default. Y el riesgo país como si ya hubiese ocurrido. La economía registra la reticencia de toda la política al momento crucial de la jeringa.

Hasta los sectores más duros salen a defender el alineamien­to del Gobierno con las exigencias del FMI.

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