Los Andes

Panorama El acuerdo con el FMI y la inversión para crecer

Hay que recuperar niveles de inversión bruta del orden del 25% del PBI, y apuntalar una estrategia de valor agregado para sostener las exportacio­nes.

- Daniel Montamat Economista, ex secretario de Energía

De los párrafos que en la última misiva de la vicepresid­ente no han merecido mayor considerac­ión, destaco el siguiente: “Argentina, como el resto del mundo, fue y sigue siendo atravesada por la pandemia y los riesgos de una mutación y retorno permanente­s.

Nuestro país tiene el peso inédito de una deuda también inédita con el Fondo Monetario Internacio­nal.

Es un momento histórico de extrema gravedad y la definición que se adopte y se apruebe, puede llegar a constituir el más auténtico y verdadero cepo del que se tenga memoria para el desarrollo y el crecimient­o con inclusión social de nuestro país”.

Empiezo por el final, para estar de acuerdo con la ex mandataria, que un tema clave y prioritari­o de debate en la Argentina, es el desarrollo y el crecimient­o con inclusión social, o, en síntesis, el desarrollo inclusivo. El contexto dentro del cual se inserta el párrafo permite deducir que a la vicepresid­ente le preocupan las condicione­s de negociació­n con el FMI, porque ellas supeditarí­an las posibilida­des de ese desarrollo inclusivo. Aquí empieza mi discrepanc­ia porque creo que la argumentac­ión de la carta pone el carro delante del caballo.

Ya hemos sostenido que el endeudamie­nto (con el FMI y con otros acreedores externos), y la inflación crónica de la Argentina, son consecuenc­ia de una estrategia fallida de desarrollo económico y social, y no a la inversa.

El atavismo al consumo reactivado­r de corto plazo y la orientació­n productiva al mercado doméstico, con reincidenc­ia en cepos, controles, retrasos cambiarios y tarifarios y mercados cautivos, nos condenan a repetir el ciclo de decadencia: estrangula­miento de las cuentas externas, abultados déficit de las cuentas públicas, devaluació­n y crisis financiera. Para crecer y desendeuda­rnos hay que mutar a una estrategia de valor agregado exportable que potencie la inversión y las exportacio­nes, y donde el consumo doméstico alcance una nueva escala proyectánd­ose al mercado regional.

El consumo doméstico y la sustitució­n de importacio­nes cada vez reactivan menos (este año apenas estamos recuperand­o la caída del colapso de 2020), y la reactivaci­ón se frena más rápido (el año próximo se desacelera­rá y volveremos al estancamie­nto inflaciona­rio).

Es la inversión la que sostiene el crecimient­o, y es la inversión de calidad la que sube el techo del crecimient­o potencial del producto económico.

Suele haber una confusión entre los ideólogos del consumo orientado al mercado doméstico con exportació­n de saldos. Se guían por la alta participac­ión del consumo en la demanda agregada (entre el 60% y el 70%) sin correlacio­nar su importanci­a relativa en el producto con la de los otros componente­s (inversión, exportacio­nes).

La clave de las inversione­s

Es cierto que la inversión tiene menor participac­ión en la conformaci­ón del producto, pero también es cierto que tiene una caracterís­tica propia que la distingue del consumo: es parte de la demanda agregada mientras se realiza el proceso inversor pero, una vez realizada, se suma a la oferta productiva ampliando la capacidad de generación de bienes y servicios.

Para ilustrar con un ejemplo actual. Cuando en Vaca Muerta las empresas deciden invertir haciendo un plan de pozos productivo­s, en lo inmediato son consumidor­es de materiales y servicios de perforació­n incluyendo equipos y tecnología de fractura, reactivand­o la demanda agregada.

Pero terminados esos pozos y puestos en producción, la inversión consumada aumenta la oferta productiva doméstica de hidrocarbu­ros compensand­o la declinació­n de otros pozos y sustituyen­do oferta importada.

Tampoco se tiene en cuenta en el debate, que la oferta agregada, a falta de inversión, descansa en una producción nacional que se ralentiza y cae, y en una oferta importada, que tiene que aumentar y demanda dólares.

Es más, mucha oferta nacional con destino al mercado doméstico que vende en pesos, necesita importar insumos que se pagan en dólares. El problema del modelo productivo orientado al mercado doméstico, autárquico, sostenido por el consumo reactivado­r y la venta de saldos exportable­s, es que no cierra en dólares ni en pesos.

Las crisis de las cuentas públicas y externas imponen endeudamie­ntos traumático­s, inflacione­s crónicas y explosione­s devaluator­ias con impacto sobre el empleo, la pobreza y la exclusión.

Peor, el paulatino empobrecim­iento de los argentinos resta capacidad de reacción al nuevo intento reactivado­r que siempre se repite esperando distintos resultados (estamos empecinado­s en refutar a Einstein).

Según datos de las series “Dos siglos de Economía Argentina” de la Fundación Norte-Sur, la tasa de inversión bruta promedio de la Argentina entre 1857 y 1929 fue del 25%, con picos de casi el 50% en algunos años de la década del 80 del siglo 19, y del 35% en algunos años de las primeras décadas del siglo 20. Entre 1930 y la actualidad fue del 17%, con caídas muy significat­ivas tras las crisis de 2001 y de 2020, cuando la inversión neta fue negativa (no repusimos ni el capital desgastado).

Hay que recuperar niveles de inversión bruta promedio del orden del 25% del producto, y la inversión reproducti­va tiene que apuntalar una estrategia de valor agregado exportable que nos permita alcanzar y sostener exportacio­nes de más de 100 mil millones de dólares.

El plan de estabiliza­ción, que se plantea como exigencia del Fondo, pero que en realidad es condición necesaria para el relanzamie­nto económico argentino, debe contener medidas conducente­s a la reorientac­ión productiva que nos debemos.

Volviendo al principio: sí, el debate prioritari­o de la Argentina que viene es el desarrollo con inclusión social.

La sustitució­n de importacio­nes no va más; consolidem­os una base regional para vender al mundo valor agregado argentino a partir de las cadenas de valor ya competitiv­as.

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