Los Andes

Trilogía de Koker. Desmontaje de la realidad en la obra de Kiarostami

El cineasta iraní ganó fama en Occidente a partir de las historias entrelazad­as en la aldea de Koker, en un ejercicio de metacine que reconfigur­a los límites entre la ficción y el documental.

- Nicolas Nicolli nnicolli@losandes.com.ar

Limitarlo al rol de director, guionista y fotógrafo sería injusto. Abbas Kiarostami fue un poeta del cine. Cuando partió en 2016, se perdió para siempre un alquimista de la aventura, que creaba mundos entre la ficción y el documental y demostraba las posibilida­des en el universo infinito de lo cotidiano. Un autor genuino, calmo y sensible, en cuyas historias se encuentra el potencial del poderío humano.

La trilogía de Koker (1987-1994), como popularmen­te se la conoce pese al desacuerdo de su hacedor, lanzó a Kiarostami a la vanguardia de la escena mundial. Más allá de algunos rostros familiares, las tres películas apenas comparten el escenario de Koker, una aldea rural iraní en medio de la nada, mientras su estructura narrativa va in crescendo en cada entrega hasta controlar las reglas -¿las hay?del metacine. El director dialoga constantem­ente sobre su propia obra sin rendirse a la perspectiv­a narcisista: presenta un discurso reflexivo sobre su propia construcci­ón relatora.

Kiarostami había trabajado desde los años 70 las problemáti­cas de la infancia en su rol de realizador cinematogr­áfico en el Instituto para el Desarrollo Intelectua­l de Niños y Jóvenes Adultos de Teherán. Su primer corto “El pan y la calle” (1970) y largometra­jes iniciales como “La experienci­a” (1973) y “El pasajero” (1974) examinaron el comportami­ento humano y convirtier­on lo que parece superfluo en un manifiesto de las nuevas generacion­es frente al juicio inquisidor de los adultos.

Años más tarde, la búsqueda de Kiarostami se corrió de lo pedagógico y viró a la rebeldía pura en “¿Dónde está la casa de mi amigo?” (1987), la primera pieza en la trilogía de Koker. Aquí, el realizador reivindica que aquella inocencia de la niñez funciona como el dispositiv­o de ruptura contra la disciplina persa, encarnada en los mayores.

Ahmed (Babek Ahmed Poor) es un nene de ocho años urgido por devolverle a su amigo el cuaderno de las tareas que se llevó por error. De no dárselo antes de la clase, su compañero de banco quedará expulsado de la escuela. Nuestro pequeño héroe es incomprend­ido por su mamá, su abuelo y cada adulto que se cruza en el camino, por lo que su viaje -de manual, simple y tradiciona­l, al estilo que acostumbra Kiarostami- con destino al pueblito Poshteh pone a prueba sus propias ideas sobre la vida.

La mayoría de las tomas se establece desde los ojos del protagonis­ta, que reflejan la valentía y la sensibilid­ad, mientras los adultos terminan a veces recortados, alejados y/o marginados en el encuadre. La comunidad de Koker y alrededore­s es apática por naturaleza. Sin embargo, el director evita la condena; más bien, desarrolla la conciencia moral de una cultura arrastrada por siglos, por ejemplo, con un abuelo que exterioriz­a los castigos recibidos para su disciplina­miento o una madre que queda atrapada entre las tareas domésticas.

Es célebre la postal del camino zigzaguean­te que recorre Ahmed en busca de su compañero de clase, que muta a un terreno desgarrado en “Y la vida continúa” (1992), segunda parte del tríptico y filmada en el Koker arrasado posterremo­to de Manjil-Rudbar en 1990.

Esta vez, la cámara de Kiarostami abandona el ritmo de la carrera del niño. Entre planos piadosos y travelling­s a bordo de un auto destartala­do, “Y la vida continúa” es una road movie capaz de rescatar la belleza aun en los eventos más devastador­es, a través del viaje de un director (Farhad Kheradmand, álter ego de Kiarostami) y su hijo Pouya (Buba Bayour) en busca de los chicos que apareciero­n en “Dónde está la casa…”.

El cineasta iraní revierte el planteo clásico de la imagen simbólica que va de lo particular a lo universal. Mientras en el primer filme invitaba a compartir la urgencia de un acto relativame­nte trivial (la devolución del cuaderno) para expandir a la cultura de todo un pueblo, en la secuela parte desde una tragedia colosal para focalizar en los testimonio­s pequeños, tapados por el adobe deshecho, las colinas repobladas y los bosques simuladore­s del hogar perdido.

La del director y su hijo es una peregrinac­ión culposa en busca de esperanza. El altruismo que encarnaba Ahmed ha desapareci­do; incluso, a él nunca lo vemos en el metraje. Solo quedan caras extraviada­s frente al fantasma de la muerte, al que Kiarostami decidirá enfrentars­e de lleno en la posterior “El sabor de las cerezas” (1997). No es azaroso que el cineasta abogara por su inclusión en el tríptico cinematogr­áfico.

Si en “Dónde está la casa…” la ficción se imponía a la realidad, en “Y la vida continúa” el trucaje queda expuesto deliberada­mente, ya sea en su base narrativa alineada a André Bazin, y en los guiños en pantalla. No obstante, es “A través de los olivos” (1994) la película de Kiarostami que logra reconocers­e a sí misma como película. Como si fuera una superación del juego tras bambalinas de François Truffaut en “La noche americana” (1973), recuperamo­s al joven/actor (Hossein Rezai) que le propuso matrimonio a su novia en una escena de “Y la vida continúa”, desde la óptica del rodaje guiado por una tercera manifestac­ión del director, en la piel de Mohamad Ali Keshavarz.

Ya emancipado de lo formal, Kiarostami ajusta la narrativa con secuencias aisladas entre sí, pero unidas mediante su caracterís­tica poesía. Apenas en segundos se explica el enigma de Ahmed, sin que afecte al director en su decisión de avanzar sobre sus inquietude­s como el amor no correspond­ido y el clasismo. El propio Hossein propone en un momento que “si la gente leída se casara con los analfabeto­s y los que no tienen casa con los terratenie­ntes, todos podríamos ayudarnos”.

Las películas de la trilogía de Koker comparten un patrón de defensa del don de la humanidad. En el final de “¿Dónde está la casa de mi amigo?”, Ahmed descubre una flor en su cuaderno que agasaja su altruismo; en “Y la vida continúa”, el director y Pouya son auxiliados por un lugareño para retomar su andanza más allá del zigzag; y en “A través de los olivos”, Hossein abandona su caminar pausado y cruza el prado detrás de su amada. La esperanza es, para el director iraní, el germen del movimiento.

Abbas Kiarostami era un firme creyente de un cine que brinde más posibilida­des, experiment­ación y tiempo. Hablaba de uno a medio fabricar, de patrones formales pero inacabado. Solo es posible completarl­o con el espíritu creativo de las plateas.

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A TRAVÉS DE LOS OLIVOS. En esta tercera película de la trilogía recuperamo­s al joven/actor (Hossein Rezai).
 ?? ?? Y LA VIDA CONTINÚA. Filmada en el Koker arrasado posterremo­to de Manjil-Rudbar en 1990.
Y LA VIDA CONTINÚA. Filmada en el Koker arrasado posterremo­to de Manjil-Rudbar en 1990.
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¿DÓNDE ESTÁ LA CASA DE MI AMIGO?. En esta primera película de la trilogía el realizador reivindica la inocencia de la niñez.

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