MA­JU LO­ZANO.

La con­duc­to­ra ha­bla de su “adicción” por las ma­las pa­la­bras, de su in­fan­cia com­pli­ca­da y de có­mo la sol­te­ría le sien­ta bien.

Luz - - SUMARIO -

Ma­ría Eu­ge­nia Lo­zano es una pu­tea­do­ra con­gé­ni­ta. Pe­ro tie­ne un don: a ca­da in­sul­to lo com­bi­na con una bue­na do­sis de hu­mor y sim­pa­tía, lo que di­ce no cae mal. Sen­ci­lla y di­rec­ta, con 46 años la vi­da la en­cuen­tra en 2 pro­gra­mas: acom­pa­ña a San­tia­go Del Mo­ro en La 100 (en Club del Mo­ro) y con­du­ce To­das las tar­des, en Ca­nal 9. Su víncu­lo con los im­pro­pe­rios tie­ne lar­ga da­ta. En su Pa­ra­ná na­tal, cuan­do “Ma­ju” es­ta­ba en cuar­to año del se­cun­da­rio, to­do el cur­so li­gó 24 amo­nes­ta­cio­nes cuan­do un com­pa­ñe­ro in­sul­tó a una do­cen­te. >>

-¿De dón­de vie­ne la ne­ce­si­dad de pu­tear?

-¿Vis­te que cuan­do sos chi­co tra­tás de so­bre­sa­lir de al­gún mo­do? Mi mo­do de so­bre­sa­lir fue­ron las ma­las pa­la­bras. Yo siem­pre fui la gua­sa de la fa­mi­lia. Creo que de chi­ca en­ten­dí que era una for­ma de “rom­per” lo es­ta­ble­ci­do. Ven­go de una fa­mi­lia muy edu­ca­da en la que no se de­cían ma­las pa­la­bras y yo ahí en­con­tré un jue­go que los “deses­truc­tu­ra­ba”. No soy pu­do­ro­sa con el len­gua­je y si­go di­cien­do co­sas gua­rras o des­ubi­ca­das pa­ra in­co­mo­dar. Me gus­ta in­co­mo­dar.

-¿A tu fa­mi­lia en par­ti­cu­lar o a to­dos?

-A to­dos. Ade­más, sin­ce­ra­men­te sien­to que hay co­sas que só­lo se pue­den de­fi­nir con “ma­las pa­la­bras”. Po­dés dar vuel­tas y vuel­tas, pe­ro cuan­do al­guien es un pe­lo­tu­do, es un pe­lo­tu­do. Cuan­do te hin­chan la bo­las, te hin­chas las bo­las y no hay que ex­pli­car na­da más. Cuan­do de­fi­nís al­go con una pu­tea­da y pu­teás en el lu­gar pre­ci­so, no hay na­da que agre­gar. Es de­fi­ni­to­rio.

-Una vez vos te de­fi­nis­te co­mo “col­ga­da”. ¿Qué he­cho creés que en­ca­be­za tu rán­king de cuel­gues?

-El pri­mer día de cla­ses de mi hi­jo (cuan­do em­pe­za­ba sa­li­ta de 2) fui al co­le­gio sin el ne­ne. Lo de­jé en ca­sa con la se­ño­ra que lo cui­da. Lle­gué al jar­dín, la maes­tra me pre­gun­tó: “¿Y Joa­quín?” Y res­pon­dí: “¿Ha­bía que traer­lo?” Pen­sé que el pri­mer día iban só­lo los pa­pás. En la es­cue­la que­dó co­mo anéc­do­ta, pa­sé a ser “la que se ol­vi­dó al hi­jo el pri­mer día de cla­ses”.

-Si eso te su­ce­de con tu hi­jo, apues­to que en el tra­ba­jo te ocu­rrie­ron mil co­sas peo­res.

-¡Sí! En una épo­ca la­bu­ra­ba de ca­ma­re­ra en dos lu­ga­res: en un res­tau­ran­te de día y en un bo­li­che por la no­che. Me man­da­ron al de­pó­si­to a bus­car agua por­que ha­bía que re­po­ner bo­te­llas en las he­la­de­ras... ¡y me que­dé dor­mi­da aden­tro de una he­la­de­ra!

-¡In­creí­ble!

-Me bus­ca­ron con la po­li­cía por­que des­apa­re­cí y no me en­con­tra­ban. Des­pués de una ho­ra de bus­car­me has­ta con per­so­nal de se­gu­ri­dad y la po­li­cía, el due­ño del lo­cal em­pe­zó a re­bo­bi­nar, re­cor­dó que me ha­bía man­da­do a bus­car agua, fue­ron a las he­la­de­ras y me en­con­tra­ron dur­mien­do.

-Más que col­ga­da, sue­na a que el ago­ta­mien­to te ven­ció.

-Sí. Te­nía 22 años y es­ta­ba re­cién lle­ga­da en Bue­nos Ai­res, la re­ma­ba mal. Iba a un ci­ne de Ave­ni­da Ca­llao y San­ta Fé a dor­mir la sies­ta. Me ha­bía he­cho ami­ga del aco­mo­da­dor y co­mo no me da­ba el tiem­po pa­ra ir a dor­mir a ca­sa en­tre mis dos tra­ba­jos, iba a dor­mir al ci­ne.

-Na­die za­fa de te­ra­pia. ¿Por qué com­por­ta­mien­to tu­yo creés que va a ir al di­ván tu hi­jo?

-(Ríe) Aho­ra él tie­ne 6 años; mi cuel­gue lo po­ne un po­co ner­vio­so... Ahí hay un te­ma. Por otro la­do, des­de que em­pe­cé a ha­cer ra­dio muy tem­prano (en La Cien es­tá en un pro­gra­ma que co­mien­za a las 6am) es­tá preo­cu­pa­do por­que sien­te que su ma­má tra­ba­ja de no­che. Me voy a las 5:30 de la ma­ña­na y no pue­do ha­cer­le en­ten­der que es de día. Es di­fí­cil, es­ta­mos con el pro­ble­mi­ta de los ho­ra­rios. Su­pon­go que otro te­ma pa­ra el di­ván se­rá que es hi­jo de pa­dres se­pa­ra­dos; me se­pa­ré de su pa­pá (Ju­lián Var­de) cuan­do “Joa­co” era un be­bé.

-¿Te an­gus­tia pen­sar que, de gran­de, Joa­quín no los va a re­cor­dar juntos co­mo pa­re­ja?

-Al prin­ci­pio me an­gus­tia­ba. Des­pués me di cuen­ta de que es una bo­lu­dez por­que su pa­pá lo ama y yo lo amo. Ju­lián vie­ne a ca­sa, se que­da a co­mer... De he­cho en ve­rano nos fui­mos de va­ca­cio­nes los tres juntos. Tra­to que “Joa­co” sien­ta que so­mos una fa­mi­lia, tal vez dis­tin­ta, pe­ro na­da más que eso. Yo no con­ci­bo ni per­mi­to pe­lear­me con un ex. Y me­nos con un chi­co de por me­dio. Cuan­do te­nés un hi­jo y te se­pa­rás, el or­gu­llo te lo me­tés en el or­to. El adul­to es­tá en se­gun­do plano. Op­tar por la gue­rra con un ex es ele­gir lle­var una vi­da de mier­da. A ve­ces mi­ro a mis ami­gas ca­sa­das y sien­to que, co­mo pa­dres, no­so­tros es­ta­mos más pre­sen­tes que mu­chas pa­re­jas que es­tán jun­tas.

-Al es­cu­char­te, pa­re­ce fá­cil.

-No lo fue. Mi se­pa­ra­ción fue sú­per do­lo­ro­sa. Pe­ro a ve­ces hay que ser prác­ti­co e ir más allá del >>

ME EN­CAN­TA­RÍA UN COM­PA­ÑE­RO DE RU­TA, PE­RO PA­RA ABAN­DO­NAR MI ZO­NA DE CON­FORT TIE­NE QUE APA­RE­CER UNA SI­TUA­CIÓN IDEAL. MI LE­MA ES: “SI NO SU­MA, QUE NO RES­TE”.

do­lor. No hay que que­dar­se pen­san­do: “¿Por qué a mí?”, ni en­ros­car­se en el re­sen­ti­mien­to. La vi­da es du­ra pa­ra ca­si to­dos, por­que con­ven­ga­mos que son po­cos los que “la tie­nen fá­cil”. Me pa­re­ce que se tra­ta de ver qué se ha­ce con aque­llo que la vi­da nos va po­nien­do ade­lan­te.

-A vos la vi­da te pu­so fren­te a un pa­dre bi­po­lar. Tu for­ta­le­za pa­ra so­bre­vi­vir a mo­men­tos tan com­pli­ca­dos, ¿vie­ne de ahí?

-Pue­de ser, te­ner un pa­dre psi­quiá­tri­co es tre­men­da­men­te du­ro. Mi pa­pá era una bom­ba de tiem­po. Tu­vo cri­sis agre­si­vas, de rom­per co­sas, de ge­ne­rar si­tua­cio­nes tre­men­das. Vi­ví mu­cho “en es­ta­do de aler­ta”. Es­to lo pu­de ver des­pués de mu­chos años de te­ra­pia, por­que uno ge­ne­ral­men­te na­tu­ra­li­za lo que le pa­sa. Cuan­do se mu­rió, me ca­ye­ron mu­chas fi­chas. En el mo­men­to (cuan­do vi­vía) uno no cues­tio­na, es­tá so­bre­vi­vien­do. Ojo, nun­ca me pe­só él, (era ado­ra­ble y has­ta en mo­men­tos tre­men­dos te­nía sen­ti­do del hu­mor), pe­ro sí su en­fer­me­dad. Lo que me for­ta­le­ció de to­do eso fue la ca­pa­ci­dad de la acep­ta­ción an­te las co­sas que su­ce­den.

-Te­nes un cos­ta­do tris­te, aun­que das “pa­ra arri­ba”. ¿Qué co­sas te dan tris­te­za?

-(Ha­ce un si­len­cio prolongado y lue­go, se ríe).

-Aún a las pre­gun­tas di­fí­ci­les ¿le bus­cás el la­do po­si­ti­vo?

-Sí, un me­ca­nis­mo de de­fen­sa tal vez... A mí me en­tris­te­ce lo co­ti­diano. Cru­zar­me con gen­te que no la es­tá pa­san­do bien so­cial o eco­nó­mi­ca­men­te, so­bre to­do los chi­cos y los vie­jos, que me pue­den. Me en­tris­te­ce el po­co re­gis­tro que te­ne­mos pa­ra con los otros. Ha­ce unos me­ses, el te­ma del re­cor­te a las ju­bi­la­cio­nes me an­gus­tió mu­chí­si­mo, por ejem­plo. ¡Qué po­co re­gis­tro y qué des­co­ne­xión de la reali­dad!

-Con­fe­sas­te que vo­tas­te a Ma­cri. ¿Hoy di­rías “ma­la mía”, te arre­pen­tís?

-No creo en la cla­se po­lí­ti­ca, no le creo a nin­guno. Pien­so que en los go­bier­nos hay cues­tio­nes que es­tán bien (de he­cho Cris­ti­na y Nés­tor Kirch­ner hi­cie­ron co­sas bue­ní­si­mas y por eso los vo­té du­ran­te años), pe­ro tam­bién pien­so que te­nían que sur­gir otros. Si no es­toy de acuerdo con lo que ha­cen, en las pró­xi­mas elec­cio­nes no los vol­ve­ré a vo­tar. Lo que sí me asus­ta de es­ta ges­tión es la frial­dad en al­gu­nos as­pec­tos. Tam­bién es cier­to que las op­cio­nes son po­cas... Yo en Pa­ra­ná mi­li­ta­ba en el ra­di­ca­lis­mo, iba a pe­gar pan­car­tas de no­che y to­do. La ver­dad es que des­pués de Al­fon­sín, no hu­bo na­die co­mo él.

-De­je­mos la po­lí­ti­ca de la­do, ¿es­tás en pa­re­ja?

-No, es­toy so­la ha­ce co­mo un año. Me co­rri­jo: no es­toy so­la. No ten­go un com­pa­ñe­ro, que no es lo mis­mo.

-¿Y có­mo lo vi­vis?

-Es­toy fas­ci­na­da... Y es un pe­li­gro por­que se va ha­cien­do com­ple­jo. Cuan­do ya sa­nas­te los do­lo­res de la se­pa­ra­ción y to­do eso, y em­pe­zás a en­con­trar­le la vuel­ta a te­ner un fin de se­ma­na por me­dio so­la y a dis­po­ner pa­ra vos so­la de al­gu­nos días en la se­ma­na. Hay co­sas du­rí­si­mas y otras que es­tán bue­nas. No ten­go ur­gen­cia por una pa­re­ja, es­toy có­mo­da así.

-¿Te gus­ta­ría que apa­rez­ca un com­pa­ñe­ro?

-Sí, me en­can­ta­ría un com­pa­ñe­ro de ru­ta, pe­ro pa­ra que aban­do­ne mi zo­na de con­fort (¡la paso bien!) tie­ne que apa­re­cer una si­tua­ción ideal. Mi le­ma es: “Si no su­ma, que no res­te”.

-A las mu­je­res sin pa­re­ja a ve­ces les ti­ran fra­ses co­mo: “El amor es­tá a la vuel­ta de la es­qui­na”, co­mo si fue­se cues­tión de en­con­trar un kios­co. ¿Lo no­tás?

-(Ríe) ¡To­tal­men­te! Y la ver­dad es que es com­ple­jo y, en mi ca­so, yo me abu­rro con la com­ple­ji­dad. Me to­rran la ros­ca y la es­tra­te­gia que de­ri­van en pen­sa­mien­tos co­mo: “Me­jor a es­te ti­po no le es­cri­bo hoy y es­pe­ro a que me con­tac­te él pri­me­ro”. Yo soy más del “me gus­tas, te gus­to, ¡lis­to!” Si las re­la­cio­nes no se dan de ma­ne­ra sim­ple, me abro y que se va­ya to­do a la m...

-La en­tre­vis­ta te­nía que ter­mi­nar con una pu­tea­da, ¿no?

-(Ríe) To­tal­men­te.

“A MÍ ME EN­TRIS­TE­CE LO CO­TI­DIANO. CRU­ZAR­ME CON GEN­TE QUE NO LA ES­TÁ PA­SAN­DO BIEN, SO­BRE TO­DO LOS CHI­COS Y LOS VIE­JOS, QUE ME PUE­DEN. ME EN­TRIS­TE­CE EL PO­CO RE­GIS­TRO QUE TE­NE­MOS PA­RA CON LOS OTROS”.

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