NUES­TRO HOM­BRE. AGUS­TÍN “RADAGAST” ARISTARÁN.

El ma­go y hu­mo­ris­ta ha­bla de su vi­da, su hi­ja y su ru­ti­na en la ciu­dad de La Pla­ta.

Luz - - SUMARIO - -PA­BLO STEINMANN.

Arran­có a tra­ba­jar en su Bahía Blan­ca na­tal cuan­do ape­nas con­ta­ba 12 años. Fue en un ac­to es­co­lar y des­de en­ton­ces nun­ca más pa­ró. Sus pa­dres (co­mer­cian­te él y fo­no­au­dió­lo­ga ella) mu­cho no lo en­ten­die­ron, pe­ro aún así apo­ya­ron sus irre­fre­na­bles ga­nas de sa­lir al es­ce­na­rio. Su her­mano ma­yor tam­bién, tal es así que fue él quien lo bau­ti­zó Radagast, co­mo ese per­so­na­je de El se­ñor de los ani­llos que tan­to le gus­ta­ba. Y así co­men­zó a ha­cer­se un nom­bre, pri­me­ro en fies­tas y lue­go en la ca­lle, don­de hi­zo de to­do. “Es­cu­pí fue­go en los se­má­fo­ros, ar­mé shows a la go­rra y me fui de gi­ra a la Cos­ta con el equi­pa­je obli­ga­to­rio: mo­chi­la, car­pa y fa­so. En la ca­lle apren­dí el 70 por cien­to de lo que sé”, sen­ten­cia hoy, a sus fla­man­tes 35 años. Pa­ra quien no se­pa aún qué es lo que ha­ce, con­vie­ne dar­se una vuel­ta por Soy Ra­da, el es­pe­cial de ma­gia y (mu­cho) hu­mor que es­tre­nó es­te año en Net­flix. “De chico me pe­leé mu­cho con la co­fra­día de ma­gos que to­do el tiem­po me de­cía lo mis­mo: “los ma­gos no ha­cen reír. Pue­den pro­vo­car asom­bro, mie­do, lo que quie­ras, pe­ro nun­ca ri­sa”. Fi­na­men­te me cru­cé con un ge­nio que me di­jo: ‘vos te­nés que ser vos y lis­to’. En eso es­toy”.

-Serendipia, tu nue­vo show (vier­nes y sá­ba­dos a la me­dia­no­che en el Me­tro­po­li­tan), ¿es par­te de ese pro­ce­so?

-Sí. El sig­ni­fi­ca­do li­te­ral del tí­tu­lo es “he­cho afor­tu­na­do que apa­re­ce de ma­ne­ra ines­pe­ra­da” y mi vi­da es un po­co eso. Soy un ti­po con mu­cha suer­te que su­po es­tar aten­to y po­ner­le mu­cho la­bu­ro a ca­da una de las opor­tu­ni­da­des que le lle­gó.

-¿Por qué de­ci­dis­te ins­ta­lar­te en La Pla­ta y no en Bue­nos Ai­res?

-Por­que mi hi­ja Bian­ca vi­ve ahí y no que­ría per­der­me el día a día de su cre­ci­mien­to por na­da en el mun­do. Ni tam­po­co con­de­nar­la a via­jes eter­nos por to­da la ciu­dad. Fue así que bus­qué un lu­gar bien cer­qui­ta de ella y de su ma­dre (N de la R: la vio­li­nis­ta Noelia Co­bos), con quien man­ten­go una gran re­la­ción. La­bu­ra­mos mu­cho los dos pa­ra lle­gar a eso y agra­dez­co un mon­tón que ha­ya si­do así. Des­de el va­mos, am­bos en­ten­di­mos que lo más im­por­tan­te de nues­tras vi­das era Bian­ca.

-Eran am­bos muy chi­cos cuan­do la tu­vie­ron…

-Sí, cuan­do nos en­te­ra­mos que íba­mos a ser pa­dres yo te­nía 21 y ella 23. Fue la serendipia más her­mo­sa de mi vi­da (son­ríe).

-Bian­ca par­ti­ci­pa hoy, y muy ac­ti­va­men­te de va­rios de tus vi­deos y shows…

-Sí, es al­go muy lo­co eso. Des­de muy chi­qui­ta, cuan­do ape­nas ha­bla­ba, em­pe­zó a de­cir­me: “Quie­ro bai­lar con vos en el es­ce­na­rio”. A los dos años hi­zo su de­but en Vi­lla Ge­sell, con un tu­tú rosa y a los cua­tro me apa­re­ció con la idea de una ru­ti­na mu­si­cal: ella se­ría la bai­la­ri­na de una ca­ji­ta mu­si­cal y yo, el que la li­be­ra­ba. Lo hi­ci­mos só­lo una vez, en un show aniver­sa­rio en Bahía Blan­ca. No me lo ol­vi­do más, sen­tí que es­tá­ba­mos ju­gan­do jun­tos, ca­si a os­cu­ras y so­los, cuan­do en reali­dad es­tá­ba­mos ro­dea­dos de más de 900 per­so­nas… Fue muy zar­pa­do.

-Mú­si­co, ma­go, co­me­dian­te… Es­tás re­ple­to de he­rra­mien­tas pa­ra se­du­cir. ¿Las usás?

-(Ríe) Hay to­da una es­ce­na en es­te show que ha­bla de es­to y se lla­ma, jus­ta­men­te, “El ma­go no co­ge”. Hay to­do un mi­to al­re­de­dor de eso que es­tá muy le­jos de ser reali­dad. Ade­más, lo cier­to es que nun­ca ape­la­ría a nin­guno de esos re­cur­sos, ja­más po­dría ha­cer apa­re­cer una flor de la na­da an­te una chi­ca. Se me cae la ca­ra de ver­güen­za.

-Tu no­via ac­tual, Fer Me­ti­lli, es co­me­dian­te y jun­tos han he­cho va­rios vi­deos. ¿Ima­gi­nan un show con­jun­to?

-No. No nos gus­ta­ría que nues­tra pa­re­ja se con­vier­ta en un ne­go­cio o un tra­ba­jo. Ni si­quie­ra en un pa­so de co­me­dia. Cuan­do su­ce­dió lo del vi­ral de la pla­ya (N. de la R: un vi­deo so­bre los “so­ni­dos” que pue­blan la Cos­ta ar­gen­ti­na en ve­rano que fue un éxi­to ab­so­lu­to en re­des) nos pro­pu­sie­ron ha­cer diez mil co­sas, y a to­das les di­ji­mos que no. Creo que ade­más si nos que­dá­ba­mos ex­plo­tan­do ese chis­te íba­mos a ter­mi­nar sien­do eso, “los ni­ños yo no fui”.

-¿La fa­ma te asus­ta?

-No. La fa­ma es un pro­ble­ma de los otros, no mío. Yo si­go vi­vien­do co­mo siem­pre. Por su­pues­to que tra­jo mu­chos cam­bios ser más co­no­ci­do, pe­ro nin­guno muy cru­cial. Esa co­sa de le­ja­nía con la gen­te que es­tá arri­ba de un es­ce­na­rio me pa­re­ce ri­dí­cu­la.

-¿De­cís más ve­ces que no aho­ra?

-Sí, y apren­dí a ha­cer­lo. An­tes me cos­ta­ba mu­cho, por es­ta maldita no­ción de que “el tren pa­sa só­lo una vez en la vi­da”. ¡No es así! Pa­sa mi­les de ve­ces y ca­da via­je te lle­va a un lu­gar di­fe­ren­te.

-¿Le di­rías que no a Bai­lan­do por un sue­ño?

-Mmm... Ya le di­je que no dos ve­ces a Sho­wmatch, la pri­me­ra cuan­do es­ta­ba en Canal 9 y ha­cían un con­cur­so de ma­gos y la se­gun­da fue ha­ce po­qui­to, pa­ra par­ti­ci­par de uno de los bai­les. La ver­dad es que no me se­du­ce la te­le. Es­tu­ve ha­ce po­co en un pro­gra­ma (¿En qué mano es­tá?) y no la pa­sé bien.

-¿Por qué?

-Su­pon­go que no era el pro­yec­to pa­ra mí. Me en­con­tré, eso sí, con gen­te ma­ra­vi­llo­sa, des­de el Chino Leu­nis pa­ra aba­jo to­dos fue­ron geniales, pe­ro yo no me sen­tía có­mo­do ahí. El pro­gra­ma ne­ce­si­ta­ba al­go de mí que ha­cía tiem­po no ha­cía. Me sir­vió mu­cho, no re­nie­go de eso, pe­ro des­de el pri­mer día su­pe que no iba a ser fe­liz ahí. Y ca­da vez es­toy más con­ven­ci­do de que el pa­ya­so tris­te no exis­te. Pa­ra ha­cer reír hay que ser fe­liz.

“AN­TES ME COS­TA­BA MU­CHO DE­CIR NO, POR ES­TA MALDITA NO­CIÓN DE QUE “EL TREN PA­SA SÓ­LO UNA VEZ EN LA VI­DA”. ¡NO ES ASÍ! PA­SA MI­LES DE VE­CES”.

FO­TOS: JO­SÉ TOLOMEI.

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