“NUN­CA ME IMA­GI­NÉ A MA­TÍAS DI­RI­GIEN­DO EN BER­NA­BÉU”

Juan Carlos Bis­cay sien­te “or­gu­llo” de su hi­jo, que otra vez se­rá DT de Ri­ver: “Ya no se le pue­de pe­dir más na­da”.

Olé - - LA FINAL DE LA HISTORIA - POR PA­BLO CHIAP­PET­TA pchiap­pet­[email protected]

Te­nés el ba­be­ro pues­to, Juan Carlos? El ne­ne lle­gó al Ber­na­béu... -Y, es­toy muy or­gu­llo­so. Sa­ben lo lo­co del fút­bol que soy: el úni­co en el país que fue fut­bo­lis­ta pro­fe­sio­nal, ár­bi­tro, téc­ni­co cam­peón (co­mo ayu­dan­te de Ri­car­do Ca­la­bria en El Por­ve­nir) y Di­rec­tor de la Es­cue­la de Ár­bi­tros. Y fui sem­bran­do. Al­gu­nas re­fe­ren­cias les ti­ré a mis hi­jos...

-Al cu­rrí­cu­lum aho­ra le vas a te­ner que agre­gar “pa­pá del téc­ni­co que va es­tar en el ban­co en la fi­nal de la Li­ber­ta­do­res en la can­cha del Real Ma­drid”.

-Y sí, no ten­gas du­das. Es­to es una ma­ra­vi­lla. Para un fut­bo­le­ro co­mo yo, que el hi­jo jue­gue en el equi­po de baby del ba­rrio ya es una sa­tis­fac­ción enor­me; que de­bu­te en Sa­ca­chis­pas, Aca­sus­so, Fe­rro­ca­rril Ur­qui­za, uf; aho­ra, que sea ju­ga­dor de Ri­ver, ¡ma­mi­ta que­ri­da! ¡No sa­bés lo que es! Y que sea el téc­ni­co en el Ber­na­béu... Creo que ten­go que dar las hu­rras y ya es­tá. Ya no se pue­de pe­dir más na­da.

-¿Te ima­gi­nas­te al­gu­na vez a Ma­tías pa­ra­do ahí?

-No, no, no. Nun­ca me ima­gi­né que Ma­tías iba a di­ri­gir la fi­nal de la Co­pa Li­ber­ta­do­res en el Ber­na­béu.

-¿Ha­blas­te con él en es­tos días?

-¡Noooo! ¡Si sa­bés lo que son! Las co­sas en la vi­da no son por ca­sua­li­dad: si vos no tra­ba­jás, no te de­di­cás, no pro­fun­di­zás, no es­tu­diás, las co­sas no se dan. Y es­te gru­po de mu­cha­chos, con Mar­ce­lo (Ga­llar­do) a la ca­be­za, real­men­te es fa­ná­ti­co del tra­ba­jo, del es­tu­dio, de las ob­ser­va­cio­nes. Es­tán to­do el día la­bu­ran­do. Mi­rá: no sé cuán­to ha­ce que Ma­tías no vie­ne a vi­si­tar­me para traer­me a mis nie­tos. Es un te­ma...

-Lo te­nés que re­tar: di­ri­ge en el Ber­na­béu, pe­ro no te lle­va a los nie­tos.

-Ja, ja. Ya me los va a traer a Mirko -que es una foto mía y ade­más es zur­do, co­mo co­rres­pon­dey a Mía.

-¿Acom­pa­ña­ron a Ma­tías a Ma­drid?

-No, no. Ni ellos ni mi nue­ra. No qui­so.

-¿Có­mo lo vis­te en la Bom­bo­ne­ra y có­mo te lo ima­gi­nás en el Ber­na­béu?

-Es un señor, ¿vis­te? En mi ca­ra la son­ri­sa es­tá per­ma­nen­te, és­te es más se­rio. O sa­le a mi se­ño­ra o no sé, ja, ja, ja...

-¿Char­lás de fút­bol con él?

-El fút­bol en mi ca­sa es per­ma­nen­te. Arran­có con mi vie­jo, que fue ju­ga­dor de De­fen­so­res de Bel­grano en 1931. To­dos lle­va­mos el fút­bol en la san­gre.

-¿Al chi­co Ju­lián Ál­va­rez lo ves co­mo una po­si­ble sor­pre­sa an­tes o du­ran­te el par­ti­do?

-Y, me en­can­ta. Mi­rá vos la am­pli­tud del tra­ba­jo, por­que no es so­la­men­te el plan­tel de la Pri­me­ra sino tam­bién van a ver las In­fe­rio­res, char­lan con los téc­ni­cos, es com­ple­to. Me en­can­tan tres o cua­tro pi­bes que subie­ron: él, Fe­rrei­ra, Bel­trán y Pa­la­cios. La ver­dad, no creo que Pa­la du­re mu­cho tiem­po en la Ar­gen­ti­na.

-Pa­re­ce que se que­da en el Real.

-Y cla­ro. Mi­rá que ton­ta es esa gen­te que se lo va a lle­var. Des­pués del em­pa­te con Bo­ca, le hi­ce el co­men­ta­rio a Ma­tías. “¡Có­mo ju­gó el pri­mer tiem­po ese pi­be!” Y me res­pon­dió: “Es­tu­vo un po­qui­to in­se­gu­ro...”. La pu­cha, qué exi­gen­tes que son.

-Cuan­do em­pe­za­ron es­te re­co­rri­do con Mar­ce­lo, ¿pen­sas­te que po­dían lle­gar a tan­to? Por­que si le­van­tan la Co­pa Li­ber­ta­do­res el do­min­go se con­ver­ti­rían en el cuer­po téc­ni­co más ga­na­dor de la his­to­ria de Ri­ver jun­to con el de Ra­món Díaz.

-Mi­rá, cuan­do ellos em­pe­za­ron a tra­ba­jar de téc­ni­cos en Nacional de Mon­te­vi­deo, el pri­mer par­ti­do amis­to­so lo ju­ga­ron en Car­me­lo. Me to­mé la lan­cha y me fui a ver el par­ti­do. Ter­mi­nó, vino Ma­tías y me di­jo: “Vie­jo, ¿qué vis­te?”. Le res­pon­dí: “La ver­dad, ¡qué lin­do equi­po de ofi­ci­nis­tas que tie­nen!” La cues­tión es que em­pe­za­ron a la­bu­rar y, te ju­ro, fue sor­pren­den­te. Sa­lie­ron cam­peo­nes. Re­cu­pe­ra­ron al Chino Re­co­ba, que ve­nía de Ara­bia, qué se yo de dón­de, eco­nó­mi­ca­men­te sa­tis­fe­cho, y lo mo­ti­va­ron, lo con­tu­vie­ron, de­ta­lles que mu­cha gen­te no co­no­ce. Por­que no es so­la­men­te que el ju­ga­dor de fút­bol le pe­gue bien a la pe­lo­ta. Hay más de­ta­lles que ni los com­pa­ñe­ros co­no­cen y que los des­cu­bren aque­llos a los que les in­tere­sa des­cu­brir­los. Acá el ce­re­bro es Mar­ce­lo, que fue un ju­ga­dor ex­tra­or­di­na­rio pe­ro nun­ca se la cre­yó. Yo se lo di­go siem­pre y él me con­tes­ta “vos sos un exa­ge­ra­do, Juan Carlos”. -Al Mu­ñe­co lo co­no­cis­te en la in­ti­mi­dad, co­mo ju­ga­dor, co­mo ami­go de tu hi­jo, co­mo en­tre­na­dor. De­fi­ni­lo.

-Es un dis­tin­to. Va a ser uno de los per­so­na­jes más gran­des de la his­to­ria del fút­bol. Real­men­te. ¡La per­so­na­li­dad que tie­ne! El po­der de con­ven­ci­mien­to con sus ju­ga­do­res es fan­tás­ti­co. ¿Y por qué? Por­que el fut­bo­lis­ta ve que el hom­bre sa­be. Lo ves pa­tear y hoy te la cla­va la pe­lo­ta en un án­gu­lo y no de ca­sua­li­dad. En­ton­ces, eso trans­mi­te un co­no­ci­mien­to que el fut­bo­lis­ta ab­sor­be: “És­te sa­be, ¡qué voy a dis­cu­tir con él!”. Es­toy con­ven­ci­do de que se va a me­ter en la his­to­ria gran­de por más que él me di­ga lo con­tra­rio. Por­que la hu­mil­dad que tie­ne Mar­ce­lo... Si fue­ra otro téc­ni­co ven­dehu­mo, es­ta­ría en la tapa de los dia­rios de to­do el mundo. Sin em­bar­go, fi­ja­te... El per­fil que tie­ne es­te hom­bre es ex­tra­or­di­na­rio. Y que to­dos ha­blen bien de él no es por­que es­té bus­can­do la ca­ri­cia.

-Fran­ces­co­li lo des­cri­bió exac­to: “Es un pe­ti­so bra­vo”.

-Exac­ta­men­te. No le gus­ta per­der a na­da.

-Des­pués de to­do lo que pa­só con es­te su­per­clá­si­co con Bo­ca, ¿lo ves con más fu­ria por ga­nar que nun­ca?

-Mar­ce­lo siem­pre qui­so ga­nar. Mi­rá, con el fí­si­co que tie­ne pu­so la ca­ra des­de chi­co. Siem­pre fue de la mis­ma ma­ne­ra. No se achi­có ja­más con na­die. Es un te­ma ése: la per­so­na­li­dad. Y el com­por­ta­mien­to per­ma­nen­te, cla­ro. Para mí fue una suer­te ex­tra­or­di­na­ria que mi hi­jo pu­die­ra es­tar cer­ca su­yo y que sean com­ple­men­ta­rios. Es ca­si im­po­si­ble que un Bi­lar­do se lle­ve bien con un Me­not­ti por­que los pen­sa­mien­tos pro­fun­dos son di­fe­ren­tes.

-¿A cor­to pla­zo lo se­guís vien­do vin­cu­la­do a Ri­ver?

-Es tan di­fí­cil es­to, es tan di­fí­cil .... ¿Vis­te cuan­do uno en­cuen­tra su lu­gar en el mundo? A mí me pa­sa con la ca­sa de mis vie­jos. El fút­bol me hi­zo vi­vir una vi­da de fan­ta­sía y cuan­do ba­ja­ba del avión, in­me­dia­ta­men­te iba a ha­cer­me una recorrida por la ve­re­da de la ca­sa en el ba­jo de San Fer­nan­do.

-¿Ma­tías es más de ba­jar a la tie­rra co­mo vos?

-Sí, sí. To­tal­men­te.

-¿Por más que no te lle­ve a los nie­tos?

-No, si los trae, los trae. Si no, nos aga­rra­mos a pi­ñas, ja, ja. Es aho­ra que no tie­ne tiem­po...

-¿Lo vas a lla­mar an­tes de la fi­nal?

-No, que pa­se el par­ti­do, que es­té tran­qui­lo, ya ha­bla­re­mos.

-¿Ni un What­sApp?

-No, na­da, na­da. Yo es­toy tra­tan­do de apren­der ca­da co­sa que ha­ce tam­bién. Es­toy or­gu­llo­so de mis hi­jos.

-An­tes de que via­ja­ra le di­jis­te que “man­te­ne­me el in­vic­to en el Ber­na­béu”.

-Nooo. Que sea fe­liz. La preo­cu­pa­ción más gran­de del ser hu­mano con sus hi­jos es que sean fe­li­ces. Es un ti­po ob­ser­va­dor, de es­cu­char, de dia­lo­gar, un ti­po ma­ca­nu­do, por esos di­go que sa­le a la madre...

-Si se lle­ga a dar el triun­fo y es cam­peón, ¿te ve­nís para Ma­drid a abra­zar­lo o lo es­pe­rás con un asa­do a la vuel­ta de Abu Dha­bi?

-Lo es­pe­ro con el asa­do, je.

-La úl­ti­ma: ¿ya te acos­tum­brar­te a no ser más Juan Carlos Bis­cay sino “el pa­pá de Ma­tías”?

-Sí. Y es una fe­li­ci­dad to­tal.

POR LA SAN­CIÓN A GA­LLAR­DO, YA DI­RI­GIÓ EN LA IDA.

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