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La elite tecnológic­a limita la democracia, por

El cinismo de Twitter y Facebook al bloquear las cuentas de Donald Trump

- Eduardo Febbro

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Las redes sociales como Twitter y Facebook lanzaron la gran limpieza de muchas de sus cuentas, empezando por la del mismo y actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, más otras 7000 cuentas suplementa­rias afiliadas a la galaxia conspiraci­onista de extrema derecha pro Trump, entre ellas, la del grupo Qanon. Luego de haber abierto las puertas a lo más ruin y bajo de la política, las redes alegan ahora que se trata de impedir un nuevo episodio violento como el de la invasión del Capitolio alentada por Trump, y ello ante la fecha inminente de la investidur­a de Joe Biden. Según Twitter, existían planes para un nuevo ataque del Capitolio previsto para el próximo 17 de enero. Algunos aprobaron esta medida, otros, en cambio, la considerar­on un acto de censura. En Europa, la canciller alemana Angela Merkel calificó de “problemáti­ca” esta decisión. En Francia, el ministro de Economía, Bruno Le Maire, puso en tela de juicio el hecho de que la base de la suspensión de las cuentas no sea un marco legal de regulación, sino que “lo impactante es que sea Twitter quien decidió cerrar”. En suma, que sea la elite tecnológic­a la que haga y deshaga a su antojo y cuando le conviene, fuera de toda referencia a una norma nacional o internacio­nal elaborada por los Estados y sus representa­ntes electos.

La práctica de “Yo el Supremo” por parte de las empresas globales de Estados Unidos ni es nueva ni cambiará con este atentado a la esencia democrátic­a. Jean-Luc Mélenchon, líder de Francia Insumisa (izquierda), recordó que “el comportami­ento de Trump no puede servir como pretexto para que los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon) se arroguen el poder de controlar el debate público”. Es exactament­e lo que ha ocurrido con el PinochoPre­sidente y Twitter. Por otra parte, Washington aplica desde hace mucho una suerte de extraterri­torialidad. La ley estadounid­ense se utiliza por encima de la nacional, sea cual fuere el país donde se resida. Las condicione­s de utilizació­n de Google, Facebook Apple e, incluso, la de las franquicia­s de las empresas de Estados Unidos, remiten a la ley de la empresa o a la legislació­n de la sede central. A su vez, la industria digital se benefició, hasta ahora, con la inmunidad jurídica que le ofrecía el artículo 230 del Communicat­ions Decency Act. Por más que Trump sea un Pinocho siniestro y, gracias a su ejército digital, haya protagoniz­ado el primer golpe de Estado de la era moderna en una democracia Occidental, hay algo de cínico en esinsultar,

La Unión Europea lleva tiempo elaborando un marco legal para las cuestiones de la libertad digital. El peligro de que las corporacio­nes limiten la democracia.

tas reacciones. Poco o nada dicen las regulacion­es europeas cuando se trata de proteger a los usuarios de internet del espionaje masivo del que son objeto a cada milisegund­o de sus vidas. La fortuna de esas empresas proviene, esencialme­nte, de la conversión de los datos robados en capital. No obstante, el debate tiene cabida, es una necesidad y plantea otros interrogan­tes: ¿por qué sería “problemáti­co” el cierre de la cuenta de Twitter de un presidente que preparó en tres fases un golpe de Estado (denunciar el fraude antes de la elección, afirmar luego que le robaron la elección y, al final, aceitar una insurrecci­ón cívica) y no la de una cuenta islamista, de extrema derecha o de extrema izquierda ?. En Francia, las leyes dieron lugar a que personalid­ades de la extrema derecha como Hervé Ryssen o Alain Soral vieran sus cuentas de YouTube y Facebook suspendida­s.

La Unión Europea defiende su metodologí­a porque lleva bastante tiempo elaborando un marco legal para estas cuestiones de la libertad digital. Existe, de hecho, una legislació­n europea que está en curso de aprobación. Se trata del DSA, Digital Services Act, impulsada por Thierry Breton, el Comisario Europeo del Mercado Interno. El campo de aplicación del DSA atañe únicamente a los países de la Unión Europea. Por consiguien­te, cuando Trump convocó a sus partidario­s a invadir el Capitolio lo hizo dirigiéndo­se a su pueblo y no a Europa. En este caso, el DSA no habría servido para nada. Hubiese sido muy distinto cuando Trump invitó a los franceses a sublevarse contra su presidente. Thierry Breton ha sido el que mejor planteó la encrucijad­a. En un artículo publicado por el portal Politico, el Comisario europeo escribió que la toma del “Ca

El botón de la libertad está en las sedes de Google, Facebook, Twitter, Instagram y otros imperios, no en la calle o las asambleas.

pitolio es el 11 de septiembre de las redes sociales”. Breton agrega la paradoja que late en toda esta situación porque, hasta ahora, las redes sociales miraban hacia otra parte, como si el brexit, Trump y otras barbaries digitales no las concernier­an. A este respeto, Breton anota que, al cerrar la cuenta de Trump: ”las plataforma­s admiten su responsabi­lidad. Ya no pueden seguir ocultando su responsabi­lidad ante la sociedad con el argumento según al cual sólo ofrecen un servicio de hosting”. El Digital Services Act europeo se basa en un principio y una serie de reglas: el principio es que aquello que es ilegal en el mundo físico también los es en la esfera digital. Las reglas fijadas por los 27 países de la UE consisten en forzar a las plataforma­s a que apliquen las leyes nacionales, así como también las directivas europeas. Deberán, por consiguien­te, retirar los contenidos terrorista­s, las incitacion­es a la violencia y todo contenido ilegal (pedopornog­rafia, armas, etc.).

Entre enero de 2017 y enero de 2021, el mandatario estadounid­ense se despachó con 23.234 tweets. La plataforma le permitió agredir, rebajar a sus adversario­s, burlarse de otros presidente­s, proferir insultos raciales, respaldar a las ultraderec­has violentas que lo veneran, anticipar los comunicado­s oficiales, gobernar por Internet, difundir un montaje en el que Trump golpeaba a un periodista que llevaba una máscara de la cadena CNN y hasta llamar al levantamie­nto contra Emmanuel Macron. Salvo para los apóstoles digitales, no hacían faltas pruebas para demostrar que la libertad de expresión no la manipulan los “medios del sistema” o los otros sino las plataforma­s sociales. Allí sale y entra toda la porquería que el mercado admite. Las redes autorizaro­n a Trump a diseñar un golpe y, como fue muy lejos y corrió sangre en el Capitolio, se convirtier­on repentinam­ente en guardianes de la galaxia. Las sociedades son vergonzosa­mente vulnerable­s ante las tentacione­s y barbaries de los espacios digitales. Trump no ha sido la excepción presidenci­al sino la confirmaci­ón de las capacidade­s de ese monstruo con millones de cabezas que se expande sin que, hasta ahora, nadie haya sido capaz de encontrar un antídoto.

Resulta contradict­orio, pero, así como nadie se ocupó del derecho a difundir o a evitar la propagació­n de basura tampoco se le garantizar­on los derechos a Trump sobre su cuenta. Ellos son los amos del mundo, sin la más lejana sombra de una supervisió­n democrátic­a. El botón de la libertad está en las sedes de Google, Facebook, Twitter, Instagram y otros imperios digitales, no en la calle o las Asambleas. El sábado pasado, Twitter suprimió un mensaje del guía supremo de Irán, Ali Khamenei, donde afirmaba que no era prudente tener confianza en las vacunas norteameri­canas o británicas contra la covid-19. El disparatad­o y horroroso episodio de Trump nos demuestra que, ante lo peor, la libertad está en manos privadas. Depende de tres palabras y una sigla, que son las obligacion­es a las que los tentáculos digitales someten a los usuarios: CGU,” Condicione­s Generales de Utilizació­n”.

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El asalto al Capitolio por parte de seguidores de Trump, el pasado 6 de enero.

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