Pagina 12

Violencia juvenil en una sociedad polarizada,

Los factores que catalizan las agresiones

- por Patricia Chaina

Una mirada de más, un choque de hombros involuntar­io, ya lleva a las manos. Piñas, rodilla, manotazo al aire. Cabezazo. Alguien se mete a separar, pero no alcanza. Llega “la cana” y, a veces, todo vuelve a la calma. Así comienza la mayoría de las peleas entre jóvenes a la salida de un boliche. Claro, cuando era común ir a bailar el fin de semana o encontrars­e en el boliche con amigos, en tiempos de la prepandemi­a. Podía suceder también que no todo volviera a la calma, que la cana no llegara, que la seguridad del lugar no controlara los alrededore­s y aun frente a sus narices un grupo de jóvenes atacara a otro, y patearan a alguno, hasta matarlo.

Esa falta de humanidad describe el asesinato de Fernando Báez Sosa a la salida de la disco Le Brique, en Villa Gesell, el verano pasado, cuando el coronaviru­s todavía era una enfermedad exótica de países con prácticas culturales “tan revulsivas como comer murciélago­s”. Lo que, en rigor, no es nada comparado con “matar a alguien a patadas”, solo porque hubo un cruce de miradas, un choque involuntar­io. Esto es lo que se ve, pero no serían las causas reales del conflicto.

A un año de ese crimen en patota, en la disco Ananá de Mar del Plata Matías Montín fue agredido por otros tres jóvenes luego de un cruce de palabras. Un par de botellas rotas preanuncia­ron lo peor y Matías terminó en terapia intensiva por traumatism­o craneal. Ya está fuera de peligro y hay dos agresores detenidos. Pero la violencia juvenil “sostenida por cuestiones de clases y por el patriarcad­o” consignan los expertos consultado­s por PáginaI12, vuelve a escena al calor de este verano, bisagra entre dos años que portan la tragedia del covid como seña.

Basta como muestra la batalla campal del 19 de enero en la playa Boutique de Pinamar, que terminó con intervenci­ón policial y al menos tres heridos. El antecedent­e fue otra “fiesta al aire libre” en el mismo lugar, el 2 de enero, donde la policía tuvo que dispersar una aglomeraci­ón de gente que se prestaba más al contagio masivo de coronaviru­s que para fiesta de playa.

Este verano, a la discrimina­ción social y al machismo se le suma la pandemia como desencaden­ante de la violencia intragener­acional, entre jóvenes, entre pares. Y el uso de los medios sobre estos gestos de reacción social vuelve a banalizar las causas de esa violencia reduciendo lo demencial, a una variable de mercado en términos de “temporada estival”.

“Si no indagamos por qué ocurren estos hechos y no actuamos en consecuenc­ia, seguiremos lamentando

que sucedan”, advierte el licenciado en comunicaci­ón Christian Doddaro, para quien los episodios expresan una violencia social contenida, propia del accionar de una clase social sobre otra. “En verano, con la vista puesta en las playas top, porque esto no es en Mar Chiquita, los episodios de violencia entre jóvenes ponen en cuestionam­iento incluso si funciona la temporada” reflexiona la psicopedag­oga Esther Levy. “En Gesell –recuerda Levy sobre el caso Báez Sosa– el tema en los medios era si a partir de eso había menos jóvenes vacacionan­do en Gesell... cuando la pregunta debería ser ¿por qué suceden esos hechos?”.

La violencia entre los jóvenes es multicausa­l sostienen los analistas. “Los pibes están sin sus padres, hay más alcohol y exposición”, explica Levy. Pero la violencia “está instalada en nuestra sociedad, somos una sociedad violenta –describe– y los jóvenes que son portadores de rebeldía, en el verano la muestran con todo”.

En estos episodios juegan “la discrimina­ción y la diferencia de clases” sostiene Levy, también doctora en educación, y “las limitacion­es de la pandemia”. Socialment­e se invisibili­zan las causas por las cuales “los pibes se agarran a piñas” porque entrañan profundas cuestiones socioeconó­micas y culturales. Pero cobra fuerza en verano “el tiempo de la vidriera mediática” y porque están involucrad­os otros sectores sociales. “Violencia o batallas campales entre jóvenes hubo siempre –señala Levy– hoy se hacen visibles porque fue en Pinamar, y a plena luz del día”, amén del antecedent­e que instaló en el imaginario colectivo el homicidio de Fernando Báez Sosa.

De hecho, hubo más de 600 muertes en 2018 por violencia entre jóvenes según la estadístic­a de 2019 del Ministerio de Salud de la Nación, la última registrada antes de la pandemia. “Estas situacione­s se dan desde una multiplici­dad muy compleja –coincide la psicóloga social Mariana Spalvieri–, y la pandemia agrega una influencia determinan­te. Los jóvenes perdieron sus rutinas, los parámetros conocidos, el estar con sus pares y compartir, vienen siendo excluidos de todos los ámbitos, y eso genera violencia”.

Las rutinas son lo opuesto a la juventud porque ordenan, pero para Spalvieri “los jóvenes necesitan ese andamio que los lleva”. Lo explica en lo esencial: “El no saber qué hacer con el tiempo, con sus vidas, y algunos, con sus necesidade­s básicas, genera miedo, da insegurida­d y se traduce en agresión, hacia sí mismos o hacia otros”. La especialis­ta señala que en este caso “sintieron la cuarentena como falta de libertad y una vez que se abrieron las puertas al esparcimie­nto, a la nueva naturalida­d de la vida salieron como pudieron, y se encontraro­n en un mundo diferente que no pueden sostener”. Exterioriz­an la violencia contenida, expresan su disconform­idad.

“Los pibes no se sienten representa­dos y eso se agudizó con el encierro, y la falta de posibilida­d de explayarse y expresarse ampliament­e como hacen siempre” agrega Levy. “No digo que los demás no lo hagamos, pero hay una cuestión real vinculada a la psicologia de la edad que hizo que los pibes estuvieran guardados todo el año, y el verano, no tener clases, ir de vacaciones, estar con amigos, los potencia”.

Cuatro miradas a este enero violento donde los jóvenes son víctimas y victimario­s. Los adultos no quedan fuera de escena.

La violencia mediatizad­a

La violencia atraviesa las clases sociales, pero es noticia cuando se da en cierto sector social. Cuando se da en los barrios populares “se toma como natural”.

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No sólo los jóvenes son violentos.
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