Pagina 12

El triste luto por la muerte de un ser querido por covid

Historias que jalonan las más de cien mil pérdidas en el país

- 15 07 Sol Casella, estudiante de Periodismo. Liliana del Carmen Ruiz, 52 años, pediatra

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Claudia Cabrera compara la tragedia de su hija Sol Casella, de tan sólo 23 años, con el derrumbe del edificio de Miami: “Los especialis­tas dicen que se partieron las columnas y que la loza cayó intacta arriba de esas columnas, sin esperarlo. Para nosotros fue eso. Sin esperarlo se nos derrumbó un edificio encima”. Cada uno de sus días desde el último 14 de mayo se levanta “entre los escombros”. “Me sacudo un poco, me armo y salgo”, dice. Hace el esfuerzo por no llorar delante de sus otras dos hijas, Belén y Delfina, más chicas que Sol.

Sol estudiaba periodismo. Escribía para portales de Chile y España y la agencia de noticias de la Universida­d Nacional de Lomas de Zamora. No tenía factores de riesgo. No iba a fiestas clandestin­as. Se cuidaba. Trabajaba y estudiaba de la mañana a la noche en su habitación. Era muy consciente de los riesgos del coronaviru­s: escribía sobre eso. Y era muy “provacuna”, según su mamá. Su último posteo en Twitter fue sobre la vacunación de sus abuelos, que la tenía contenta. La joven escribía, además, poesías; en su mayoría de amor. Estaba de novia hacía muchos años. Cuando junte fuerzas, Claudia piensa reunir los poemas y editar un libro. Quiere “honrar” a su hija. Piensa que hablar de ella para esta nota es una manera de hacerlo. Veía lo que le costaba a Sol producir sus artículos.

En algún momento pensó que era muy posible que en su familia todos terminaran contagiado­s, pero jamás se le cruzó por la mente que el virus se “llevaría” a una de sus hijas. Ni los médicos pudieron explicarle bien qué es lo que pasó. Ella es creyente y no le echa la culpa a nadie. Piensa que sólo Dios tiene la respuesta. “El jefe de terapia me dijo que lo que hizo el virus en los pulmones de Sol no lo habían visto nunca desde que empezó la pandemia. Era la más joven de terapia: ellos apostaban que la sacaban. Me dijeron ‘gente de más de 80 años con enfermedad­es salió caminando’”, recuerda Claudia con la voz quebrada.

Sol murió en medio de la segunda ola, cuando empezaron a hacerse mucho más frecuentes las muertes de personas jóvenes por Covid. Otros casos que ocurrieron en la misma época fueron el de Joel Rutigliano, de 35 años, jugador del Berisso Rugby Club; Aldana y Marina, dos hermanas de Concordia, de 21 y 29 años respectiva­mente, fallecidas con cuatro días de diferencia; y Florencia Actis, de 33 años, estudiante de derecho, también de Lomas.

“Era sensible, defensora del lugar de la mujer, solidaria. Sus pasiones para bajar eran la danza y cocinar. Amiguera, sociable, mamera. Se la extraña un montón, obvio. Me quedo con todo lo lindo que me dicen de Sol. Nadie lo puede creer. Toda

Argentina ya superó las 100.000 muertes por covid. ¿Cómo atraviesan sus familiares el dolor por la pérdida en completa soledad? Algunas de tantas historias, reunidas por

vía nadie entiende. Me quedo con lo mejor. Me eligió como mamá. Me honró casi 24 años. Me dejó mucho orgullo y un amor incondicio­nal. Ella siempre me decía ‘nos conocemos de otras vidas’. Puedo decir que es así. Era muy visionaria.”

Con absoluta razón, Claudia dice que puede entender a todos los que sufren por la muerte de Sol pero que nadie va a entenderla del todo a ella. Su hija le insistía para que hiciera terapia y ahora, aparte de la religión, se agarra de eso. Hace poco supo que le van a poner el nombre de Sol al museo del colegio en el que estudiaba. Ella trabajó ahí y le encantaba. Eso a su mamá le “infla el pecho”. Mitiga “la tristeza y el dolor”. Como la existencia de los poemas de Sol que esperan en el Word para ver la luz.

Sofía Armatti será médica. Igual que su mamá, Liliana del Carmen Ruiz, la pediatra que sufrió el primer caso de Covid en La Rioja y, según lo que publicaron algunos medios, la primera médica que se contagió en todo el país.

Cuando murió Liliana –quien tenía 52 años y fue internada en principio por dengue–, Sofía le dedicó un extenso y emotivo post en Facebook en el que repasó su vida. Una vida plagada de dificultad­es y lucha, por eso cuando habla de su mamá lo hace con total admiración. Liliana era hija de un panadero y una empleada doméstica. Vivió una infancia de carencias y en la escuela la discrimina­ban por “pobre y negra”. Tenía 12 años cuando murió su mamá de cáncer. Eso motivó su deseo de ser médica. Al terminar el secundario se instaló en Córdoba para estudiar. Iba de pensión en pensión y tomaba sopa todas las noches. A los 20 le diagnostic­aron cáncer de cuello de útero. Puso en pausa su carrera pero pudo terminarla.

“Tenía una voluntad muy grande. La vida de mi mamá la tomo como ejemplo de superación y entereza. Todo lo que hizo lo hizo sin quejarse”, resume Sofía, de 21 años, en comunicaci­ón con PáginaI12 desde La Rioja capital. “Cuando falleció estaba haciendo un posgrado, por entrar a su tercer trabajo y construyen­do una casa. Con muchos sueños. Me enseñó mucho. Quiero ser como ella. Era una médica que de verdad tenía entrega. De las que te dan el número para que la llames por cualquier cosa, y te atendía un domingo a las dos de la tarde, en un almuerzo, porque un bebé volaba de fiebre o no sabían qué darle. Muchos bebés y niños con autismo no se dejaban ver con ningún médico hasta que llegaron con mi mamá”, describe Sofía.

Liliana era el sostén económico y anímico de la casa. Jefa del hogar en todos los sentidos. “Siempre fue el pilar. Mi papá no se recupera de su muerte y se le complicó seguir con el trabajo. Vendió la farmacia que tenía. Yo recién un año y medio después me estoy sintiendo mejor. La casa está vacía. Se empezó a caer. Su perrita se deprimió mucho tiempo. La vida cambió mucho. Nos empezamos a atrasar con la universida­d”, cuenta la joven, quien tiene un hermano. “Sus cosas siguen intactas, como la mochila que llevó a la clínica, su ropa, lo último que se puso.” Sofía cuenta que le mandaron un video del entierro de su mamá. No lo pudo ver.

Tras la muerte de Liliana tuvo que empezar a trabajar. Lo hace junto a una de las mejores amigas de su mamá, neumonólog­a. “Por ir a atender a un pacientito ahora está internada: se contagió. Tiene cuatro hijos. Los trabajador­es de la salud van a hacer su trabajo, pero haciéndolo corre riesgo su vida de una manera exponencia­lmente alta. Da bronca ver gente que no se cuida. Cuando se muere alguien cercano haciendo su trabajo para cuidar a una persona a la que no le importó infectarse, duele mucho”, concluye Sofía. Agradece la posibilida­d de mantener vivo el recuerdo de su madre.

Rubén “El Negro” Fernández, 58 años, referente de la Villa Zavaleta

Como a Ramona Medina, quien murió denunciand­o la falta de agua en la villa 31, a Rubén “El Negro” Fernández, referente de Villa Zavaleta, no lo mató solamente “este virus de mierda”, sino también la “desigualda­d histórica”. Así lo siente Fidel Ruiz, integrante de La Poderosa. Hace un año tuvo que despedir a su “padre político”.

El Negro tenía cuatro hijes y hacía changas “por todos lados”. Además, dedicaba su vida a un comedor junto a su compañera, Neli. Participab­a de la “resistenci­a popular”; escuchaba las problemáti­cas e injusticia­s de les vecines y colaboraba para solucionar­las. Si se incendiaba una casa durante la madrugada en el barrio, ahí estaba el Negro. Si alguien no podía pagar más el alquiler, Neli y el Negro lo alojaban en su casa. En el comedor de la pareja nació La Poderosa en 2004.

“Sin decirlo y sin darse cuenta mostraba otras maneras de ser referente de un barrio. Iba más allá de lo combativo. Muchos de los que lo conocimos de chiquitos empezamos a militar ese método, más alegre y amoroso. A la lucha había que ponerle sonrisas, aunque costara. Te ponía la piel de gallina. Marcaba el camino de las estrategia­s comunitari­as”, lo recuerda Fidel.

El Negro (58) tenía cáncer de colon y se cuidaba de la covid. Neli también. “Mayo y junio (de 2020) fueron un desastre con la suba de casos. En el medio nos pasó lo de Ramona. Neli no aguantó más. Había luchado toda su vida por el barrio. ( (

Miraba por la ventana de su casa cómo el barrio se cagaba de hambre y sufría, y tuvo que salir”, relata Fidel. El y otros jóvenes la retaban. Le pedían que se guardara. No hubo caso. Llegaron a negociar que en vez de cinco días de la semana atendiera el comedor solamente dos. Neli se contagió. Después el Negro. Estuvo un mes internado. Murió el 11 de julio del año pasado.

“Los que siempre salían a luchar por el barrio y pusieron el cuerpo a las problemáti­cas en la pandemia tenían que estar en sus casas, porque muchos son adultos mayores. Los jóvenes tuvimos que salir a luchar en la primera línea, sin saber del todo cómo hacerlo. Fue un cambio radical. La juventud salió a luchar viendo cómo las referencia­s históricas se estaban yendo y ya no nos podían proteger. No sabíamos si el día de mañana otra referencia se nos iba a morir”, dice Fidel. “Si no le poníamos el cuerpo, el barrio no iba a tener para comer ni conectivid­ad ni una frazada. Eso lo aprendimos de ellos. ( (

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José Aguirre arriba), Liliana Ruiz arriba); Sol Casella abajo), Antonio Grilli abaj

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