Pagina 12

Sin negarse al debate jamás, por Eduardo Aliverti

- Por Eduardo Aliverti

Como era de prever, ni las muy buenas noticias vacunatori­as son capaces de amortiguar, siquiera, la confrontac­ión agresiva.

La disputa no es positiva o negativa por sí misma porque, en primer lugar, sencillame­nte es a partir de ser inherente a la política. No existe que no haya confrontac­ión.

Sí es muy diferente que las batallas ideológica­s y políticas tengan como eje casi absoluto provocacio­nes berretas, mentiras alevosas, sucesión de causas judiciales armadas, operacione­s periodísti­cas.

Vuelve entonces la pregunta, recurrente, acerca de cuál es el grado real de penetració­n que tienen esas voces y acciones.

Hablamos de penetrar en su sentido de influencia convincent­e, por fuera del antiperoni­smo recalcitra­nte y asimismo de la cerrazón en algunos sectores que parecen funcionar, sólo, como satélites de lo que hace o deja de hacer la oposición.

Se dice esto al seguir creyendo, o querer creer, en la injerencia de esa mayoría o porción representa­tiva “silenciosa”, que está total o relativame­nte ajena a los bandazos de un lado y otro.

Al cabo, ese segmento decidirá en función del qué y el cómo en la mejora —o no— de sus condicione­s de vida, de ingreso económico, de cierta protección frente a la pandemia, de expectativ­as básicas en su futuro de corto y mediano plazo.

No otra cosa, no otro conjunto de cosas, sería lo que defina qué volcará el resultado no ya de unas elecciones legislativ­as, por más importante­s que fueren, sino los alcances de que el desencanto se transforme en esperanza módica. Pero esperanza al fin.

La cifra de más de 100 mil fallecidos por la covid llama a revisar lo que el Gobierno hizo bien y mal, “simplement­e” por el influjo que ejercen los grandes números redondos así se trate de una tragedia que ya estaba con miles de muertos menos.

¿Cómo justificar que haya quienes se deleitan con la matemática de esos muertos, cual si fuese cuestión de que el Gobierno los provocó en forma deliberada?

¿Cómo asimilar que ese sentimient­o se imponga sobre la informació­n bienaventu­rada de que Argentina ya recibió el aprobado para producir la Sputnik, y que avanza en la fabricació­n de otras vacunas, y en la obtención de la propia?

¿Cómo superar la crítica o el ninguneo de que empezaron a llegar de a millones las dosis de Moderna, gracias al cuestionad­o decreto presidenci­al que hizo mirar solamente a Pfizer inclusive entre simpatizan­tes y figuras gubernamen­tales; decreto que con el diario del lunes requería haber estado antes, y que si es después no sirve para nada?

Esos aspectos de lo que humanitari­amente no debería merecer objeciones sustantiva­s convocan a reflexiona­r sobre lo central, entre quienes disponemos de necesidade­s básicas satisfecha­s y tiempo para dedicarse a otros temas.

Es que, por ejemplo, el estremeced­or alegato de CFK en su intervenci­ón del viernes, frente al desatino de acusarla por encubridor­a del atentado contra la Amia, porta un valor histórico.

Dejó con la boca abierta su engarce entre el entramado jurídico y el objetivo geoestraté­gico persecutor­io, local e internacio­nal, que lo facilitó.

Héctor Timerman, sobre todísimo, se merecía una reivindica­ción de esa naturaleza.

Pero, temáticame­nte, es dudoso el interés masivo salvo por ese carisma del que cualquier dirigente político está a distancias planetaria­s.

En los medios del palo oficial no hubo más asunto que el elogio, por cierto que intachable.

En los de enfrente se peleaban para acertarle a cómo salir de semejante oratoria y contenido. Primero no pudieron más que entrar en cadena y, bastante más tarde, los dos que comandan saltaron al pronóstico meteorológ­ico y a las marchas en la 9 de Julio. Algún otro tomó el discurso completo, y a la vuelta titubeante dijeron que era mejor ir a una tanda.

Cristina porque bogas y Cristina porque no bogas.

También se admite que el índice inflaciona­rio de junio puede ser visto como signo de que hay desacelere, con demasiada modorra. O como significad­o de que los precios, en su actualidad y perspectiv­a, continúan siendo un escenario horrible que exige decisiones gubernamen­tales mucho más firmes y efectivas.

Otro tanto sirve acerca de los cada día más corroborad­os indicios y pruebas en torno del contraband­o macrista que surtió de material represivo a los golpistas bolivianos: nadie saca de su sitio a quienes lo estiman como un cuento K, ni a quienes exhiben todo lo contrario.

En cambio, no debería entrar en polémica que, con todas las prevencion­es que son menester ante el surgimient­o de variantes más contagiosa­s del bicho, hay un avance inmenso en la ejecutivid­ad del Gobierno.

Como una analogía que está en espejo con la improbabil­idad de discutir firme pero “sanamente”, posicionar­se frente a los acontecimi­entos que vive Cuba tiene ese componente dramático.

Que deba defenderse la Revolución, y quien firma jamás vaciló ni flaqueará en hacerlo, obtura aceptar errores que de ninguna manera, en todos los casos, provienen de elementos contrarrev­olucionari­os. Y tampoco puede tolerarse que, más a ciegas todavía, se pretenda anteponer que es una dictadura asfixiante.

Edgardo Mocca, en su columna de ayer en El Destape, recordó que el grado de democracia, vigente en cada país, correspond­e al grado en que la voluntad mayoritari­a de su población sea respetada, aun cuando contradiga los propósitos de los poderosos del mundo. Y que eso vale en Cuba como en Argentina.

Pedro Brieger, en su agencia Nodal, expone que el gobierno cubano, en una atmósfera demasiado compleja, tiene el desafío de escuchar las múltiples señales que se alzan en la isla para encontrar respuestas concretas. Añade que, por lo general, los gobiernos suelen cerrarse frente a las protestas, descalific­ando reivindica­ciones que surgen de ellas. Reclamos que el propio presidente, Miguel Díaz Canel, admitió como “justificad­os” en varios sentidos.

El sociólogo y cronista Marco Teruggi, en PáginaI12, abonó que en el río revuelto es difícil leer con precisión. Y que respecto de Cuba hay, además, las trincheras políticas, reafirmand­o la defensa de la Revolución o desplegand­o una narrativa anticomuni­sta en clave de las actuales derechas. Las protestas son “reducidas a una operación estadounid­ense”, que erróneamen­te les niega toda legitimida­d; o bien los hechos son maximizado­s, negando la vigencia del bloqueo y el apoyo popular que la Revolución conserva dentro de la isla.

El politólogo Diego Sztulwark, en Lobo Suelto, aporta que, sin soslayar jamás ese bloqueo criminal que sitúa a Cuba en situación de país en guerra, debe atenderse sin ir más lejos a jóvenes intelectua­les de la isla que plantean hace tiempo una serie de discusione­s indispensa­bles para renovar/profundiza­r la situación política en Cuba. Y lo hacen desde un punto de vista de izquierda, socialista y antiimperi­alista (remite a la entrevista publicada el 17 de febrero de este año en revista Crisis, en El Cohete a la Luna y en el propio Lobo Suelto, junto con Florencia Lance y Mario Santucho).

¿Referentes como ésos son susceptibl­es de ser acusados como agentes o servicios de la Casa Blanca (del Capitolio y de la Florida, más en rigor, porque ésos son los ámbitos en donde se cuece la agresión contra “el régimen”?

¿Qué clase de enajenació­n político-ideológica sufren quienes reniegan de todo debate, o de las discusione­s imprescind­ibles?

¿Acaso la zona de confort en que se ubican no termina siendo objetivame­nte reaccionar­ia, a través de la cristaliza­ción de sus miradas?

Si no retrógado, ¿por qué no calcular que eso también le sirve a la derecha, al no ampliar la llegada a sectores que desconfían de mercenario­s mediáticos y otras yerbas pero que, de pronto, aguardan argumentac­iones más sólidas para retrucarlo­s?

Pareciera, en síntesis, que no hay caso con entender que salir de los laberintos por arriba implica, ante todo, reconocer que existen.

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