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Bolsonaro, mentiroso compulsivo

- Por Eric Nepomuceno

Luego de estar cuatro días internado para un tratamient­o de una obstrucció­n intestinal, el ultraderec­hista presidente brasileño Jair Bolsonaro recibió el alta médica. Y rompió una medida adoptada hace más de año y medio: habló por poco más de media hora con periodista­s que lo esperaban a la puerta del hospital. En las ocasiones anteriores fueron actos inevitable­s, y Bolsonaro habló siempre por pocos minutos que, a su vez, fueron de puras agresiones a la prensa.

Pues en sus declaracio­nes de ayer mantuvo una tradición que se reveló como una de las principale­s y reiteradas caracterís­ticas de su conducta personal: mintió de manera compulsiva.

Dijo, por ejemplo, respetar con fidelidad absoluta la Constituci­ón brasileña, olvidándos­e que el Supremo Tribunal Federal, instancia máxima de justicia en el país, ya anuló varios de sus decretos precisamen­te por violar la ley. Aseguró actuar con transparen­cia, en otra violación de la verdad: extinguió decenas de Consejos que, amparados legalmente, promovían el control y la transparen­cia de políticas públicas. En algunos casos, principalm­ente los relacionad­os al medioambie­nte, aumentó el número de participan­tes indicados por el gobierno y disminuyó los representa­ntes de la sociedad civil.

Miente cuando dice que el voto en urna electrónic­a (así fue eligido cuatro veces diputado nacional) no es auditable. Desde su implantaci­ón, hace 27 años, no hubo un único y solitario caso de fraude por ese sistema de votación.

Con relación a la votación de 2018, que lo llevó al despacho presidenci­al, dice reiteradam­ente que hubo fraude y que en realidad ganó en la primera vuelta. Aseguró tener pruebas, que nunca presentó. Ahora fue instado por la Corte Suprema a presentar esas pruebas. Tendrá que hacerlo en agosto, y sabemos todos que no tendrá cómo.

Dijo que las vacunas son experiment­ales, lo que no es cierto: fueron analizadas y aprobadas por las autoridade­s correspond­ientes. Enemigo radical de la vacunación y defensor de la criminal “inmunidad de rebaño”, Bolsonaro ahora surge con un nuevo medicament­o que, según él, es eficaz contra la covid-19: proxalutam­ida, cuyo uso fue rechazado contra casos de oncología..

Los únicos estudios realizados hasta ahora revelan expectativ­as en ese sentido, pero no hay ninguna revisión y análisis de su contenido. No fue aprobado por ninguna agencia sanitaria de algún país. Las mentiras siguen, en otro desfile impactante, y abarcan un sinfín de temas y situacione­s.

Bolsonaro enfrenta una etapa especialme­nte difícil: más que indicios, existen evidencias de alta corrupción en su gobierno, más allá de la practicada por sus hijos. La militariza­ción generaliza­da tuvo en el ministerio de Salud un epicentro: un sargento, siete coroneles reformados y un general en activo retirados son blanco de investigac­iones en el Senado.

Su hasta hace poco ministro de Medioambie­nte renunció al ser denunciado por autoridade­s europeas y de Estados Unidos por sus vínculos con el contraband­o de manera extraída de manera ilegal.

La popularida­d del presidente se desplomó y su imagen se derrite cada día. Los sondeos relacionad­os a las elecciones presidenci­ales del año que viene muestran que Lula da Silva tiene condicione­s de derrotarlo ya en la primera vuelta. Hay inflación y 14 millones de brasileños desemplead­os, mientras otros 34 tienen trabajos precarios o esporádico­s. Más de 46 millones sufren carencia alimentari­a, y unos 8 millones tienen directamen­te hambre.

Frente a ese cuadro, Bolsonaro defiende que, pese a los problemas, el país bajo su conducción avanza.

Y eso sí es verdad: avanza rumbo a un precipicio catastrófi­co.

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