“EL FIT­NESS ME PER­MI­TIÓ RE­NA­CER CO­MO MU­JER”

Para Ti Fit - - Mente - Tex­to AGUS­TI­NA D’ANDRAIA (@agus­dan­dri) fo­tos MAXI DIDARI

La co­no­ce­mos por su exi­to­sa ca­rre­ra co­mo mo­de­lo. Pe­ro des­de ha­ce 15 años ha ido cam­bian­do há­bi­tos has­ta con­ver­tir­se en una de las aban­de­ra­das del y del mun­do sa­lu­da­ble.

Cre­ci­mos vien­do a Pía Slap­ka (35) lu­cien­do un cuer­po per­fec­to en las grá­fi­cas de los lo­ca­les de to­dos los shop­pings, ca­mi­nan­do co­mo ga­ce­la so­bre las pa­sa­re­las y son­rien­do de ore­ja a ore­ja jun­to a su fa­mi­lia en las re­vis­tas de ce­le­bri­ties. La vi­da ha­cia afue­ra, pu­ra son­ri­sa pa­ra ella: una ca­rre­ra exi­to­sa y bien en el amor con un ma­ri­do di­vino (es­tu­vo ca­sa­da 15 años con Paul Gar­cía Na­va­rro, uno de los due­ños de la agen­cia Mul­ti­ta­lent), y con hi­jos: Ben­ja­mín (10) y Ge­ró­ni­mo (6). Sin em­bar­go, po­cos sa­bían que, en Pía se iba ges­tan­do una gran ne­ce­si­dad de co­nec­tar­se con lo más pro­fun­do de su ser y pa­tear el ta­ble­ro de los es­te­reo­ti­pos. “Yo siem­pre cri­ti­qué que mu­chas mo­de­los die­ran ejem­plos po­co sa­lu­da­bles. Pa­ra mí es un po­co una fá­bri­ca de anore­xia. De he­cho, me han ba­ja­do de al­gu­nos des­fi­les por no lle­gar al pe­so que que­rían... Pe­ro no es só­lo cul­pa de la in­dus­tria. La­men­ta­ble­men­te, el pú­bli­co es el pri­me­ro en cri­ti­car si ‘es­tás gor­di­ta’, si te­nés es­trías o si no te­nés te­tas. La so­cie­dad ar­gen­ti­na es muy exi­gen­te a ni­vel es­té­ti­co y no hay bon­di que nos ven­ga bien”, ase­gu­ra a co­ra­zón abier­to y sin pe­los en la len­gua. Si bien nun­ca su­frió un tras­torno ali­men­ti­cio, la ru­bia con­fie­sa que ha­ber em­pe­za­do a tra­ba­jar co­mo mo­de­lo a los 13 años tu­vo un cos­to muy al­to. “Ya ten­go un chip en la ca­be­za en re­la­ción con lo es­té­ti­co. Por mi ca­rre­ra, to­da la vi­da me cui­dé con las co­mi­das. Pe­ro ha­ce unos 15 años lle­gó a mis ma­nos el li­bro El

Tao de la sa­lud, el se­xo y la lar­ga vi­da de Da­niel Reid e hi­ce un clic.

Ese fue el pun­ta­pié que me lle­vó a in­terio­ri­zar­me ca­da vez más en el mun­do de la co­mi­da sa­lu­da­ble: fui a la nu­tri­cio­nis­ta, com­pré más li­bros, pro­bé lo que me ha­cía bien y lo que no. Año a año fui ajus­tan­do más mi ali­men­ta­ción has­ta lle­gar al pun­to don­de es­toy hoy, que es pa­re­ci­do a la era de las ca­ver­nas. Na­tu­ral,

un pro­ce­so muy do­lo­ro­so, pe­ro ca­da vez que sa­lía a co­rrer era co­mo una se­sión de te­ra­pia. Mu­chas ve­ces me en­con­tré llo­ran­do mien­tras co­rría. Me dio for­ta­le­za. A ve­ces, cuan­do una se se­pa­ra sien­te mu­cho te­mor. Pe­ro el run­ning te en­se­ña ca­da día que sos ca­paz de su­pe­rar lo que te pro­pon­gas”, cuen­ta al bor­de de las lá­gri­mas, pe­ro con una son­ri­sa que cu­bre cual­quier sen­sa­ción de an­gus­tia.

¿Tus hi­jos tam­bién son de­por­tis­tas?

Di­cen que los hi­jos re­pi­ten lo que ha­cen los pa­dres. Y ellos son chi­cos sa­lu­da­bles. Les en­can­ta ha­cer de­por­te, el más gran­de va a rugby, fút­bol y has­ta se ga­nó una me­da­lla co­mo me­jor atle­ta en el co­le­gio. Les en­can­ta acom­pa­ñar­me a co­rrer, pe­ro yo ha­go mu­chos ki­ló­me­tros, así que ellos sa­len en bi­ci y yo “a pa­tas”.

¿Sos es­tric­ta con su ali­men­ta­ción?

No, pa­ra na­da. Ellos tie­nen en cla­ro que hay que co­mer sa­lu­da­ble, pe­ro con su ba­lan­ce. El más gran­de me di­ce: “bueno ma­má, pe­ro de vez en cuan­do te­nés que com­prar unas ga­lle­ti­tas” (ri­sas). Yo se las com­pro y no les que­mo la ca­be­za. El más chi­qui­ti­to es más fit, le en­can­ta la ave­na, la man­te­qui­lla de ma­ní

y siem­pre me pi­de que le ha­ga pan­ca­kes. Eso sí, ¡el Nes­quik es in­ne­go­cia­ble!

¿Qué le di­rías a al­guien que quie­re em­pe­zar a co­rrer?

Pri­me­ro que em­pie­ce de a po­qui­to, que no arran­que pre­ten­dien­do co­rrer 10K. Hay que dis­fru­tar el pro­ce­so, que es lo más en­ri­que­ce­dor de to­do. Le di­ría que sea pa­cien­te, cons­tan­te y com­pa­si­vo con si­go mis­mo. Que se­pa que va a te­ner días bue­nos y días ma­los. Hay que ami­gar­se con esa idea.

¿Vos siem­pre es­tás de buen hu­mor?

No, pe­ro in­ten­to. Ha­ce mu­chos años apren­dí que ser fe­liz es una de­ci­sión y es un tra­ba­jo que ha­go día a día. Ten­go mi­les de pro­ble­mas e in­se­gu­ri­da­des. ¡Ima­gi­na­te que me aca­bo de se­pa­rar! Soy un ser hu­mano co­mo to­dos, pe­ro tra­to de te­ner el há­bi­to del buen hu­mor.

¿Te vol­vis­te a enamo­rar?

Sí, ¡de la vi­da! (ri­sas) Me en­can­ta­ría, pe­ro no sé cuán­do va a pa­sar.

¿Y te gus­tan los

run­ners? No co­noz­co mu­chos run­ners, te ju­ro (ri­sas). Pe­ro pa­ra que al­guien me enamo­re tie­ne que ser un ti­po al que le gus­te el de­por­te y sea ac­ti­vo. A mí no me se­du­ce un se­den­ta­rio que es­té to­do el día en el si­llón to­man­do cer­ve­za, ¡me mato! Pa­ra mí, el de­por­te ha­bla de uno, te da ener­gía y es una ac­ti­tud fren­te a la vi­da. Ojo, tam­po­co me gus­ta el per­fil del que va al gym pa­ra sa­car­se sel­fies.

¿Cuál es tu pró­xi­ma me­ta?

La es­toy de­fi­nien­do. To­do el mun­do me im­pul­sa a co­rrer 42K, pe­ro no sé si los po­dría dis­fru­tar. Me pa­re­ce mu­cho. Qui­zás co­rra una ca­rre­ra de aven­tu­ra.... Pe­ro es­toy abier­ta a que la vi­da me sor­pren­da.

“Ca­da en­tre­na­mien­to es un re­fle­jo de lo que es mi vi­da. Aho­ra sé que soy yo la que se po­ne los pro­pios lí­mi­tes. Co­rrer me em­po­de­ró, me for­ta­le­ció y me vol­vió más cons­cien­te”.

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