“Mi obra siem­pre ha te­ni­do cohe­ren­cia”

A 50 años de Tucumán Ar­de, el fo­tó­gra­fo ro­sa­rino ex­po­ne ‘Re­cuer­do (creo)’ en el Pa­la­cio Dio­ni­si. Un ar­tis­ta mar­ca­do por la van­guar­dia de los ‘60.

Perfil Cordoba - - Cultura Y Espectaculos - —¿Por qué? —Na­die.

Due­ño de un ba­jo per­fil y una mo­des­tia po­co usual, Norberto Puzzolo ha­bla de la ex­pe­rien­cia co­lec­ti­va que mar­có el fu­tu­ro de sus obras ar­tís­ti­cas y hace es­pe­cial hin­ca­pié en que es­ta mues­tra es su pro­pio re­la­to y pue­de di­fe­rir del de otros com­pa­ñe­ros y com­pa­ñe­ras.

Su­ce­de que Tucumán Ar­de no fue una obra me­ra­men­te con­tem­pla­ti­va, sino que ins­ta­ló la dis­cu­sión y el de­ba­te en el mar­co de un con­tex­to his­tó­ri­co de ebu­lli­ción -la gue­rra de Viet­nam, la Cu­ba re­vo­lu­cio­na­ria, el re­cien­te ma­yo fran­cés- que in­fluen­ció a los mo­vi­mien­tos de van­guar­dia de la épo­ca. La obra do­cu­men­tó y ex­pu­so el cie­rre de 11 in­ge­nios azu­ca­re­ros con su con­se­cuen­te mo­no­po­lio a la vez que des­en­mas­ca­ró la com­pli­ci­dad de los me­dios de co­mu­ni­ca­ción. Inau­gu­ra­da en no­viem­bre de 1968 en la CGT de los Ar­gen­ti­nos de Ro­sa­rio, fue vi­si­ta­da por mi­les de per­so­nas.

El más jo­ven de los ar­tis­tas in­te­gran­tes de es­ta van­guar­dia, re­cuer­da jun­to a PER­FIL CORDOBA su pa­so por es­ta ac­ción co­lec­ti­va, a cin­cuen­ta años de su rea­li­za­ción.

—¿Cuál es el eje del tra­ba­jo de es­ta mues­tra?

—Tie­ne que ver con có­mo ve un hom­bre de 70 años lo que pa­só en­tre sus 15 y sus 20. La in­ten­ción -y oja­lá eso se vea en el tra­ba­jo- es de mu­cho res­pe­to a esos com­pa­ñe­ros por­que no fue un tra­ba­jo in­di­vi­dual. En el vi­deo soy yo quien ha­bla y cuen­ta sus re­cuer­dos; y co­mo son mis re­cuer­dos pon­go en­tre pa­rén­te­sis (creo) en el nom­bre de la mues­tra. Es un gui­ño a Bor­ges tam­bién, por­que así co­mien­za Fu­nes, el Me­mo­rio­so: Re­cuer­do (creo) sus ma­nos afi­la­das de tren­za­do...

—¿Có­mo se ges­tó Tucumán Ar­de?

—A tra­vés de una bús­que­da vin­cu­la­da a qué po­día ha­cer un gru­po de ar­tis­tas para apor­tar a las lu­chas que se ve­nían desa­rro­llan­do con los es­tu­dian­tes, tra­ba­ja­do­res, pro­fe­sio­na­les.

—¿Sen­tís que es­ta ex­pe­rien­cia mar­có el res­to de tu obra?

—Así co­mo Freud di­ce que los pri­me­ros años de vi­da lo mar­can a uno, creo que mis pri­me­ros años de vi­da en el ar­te fue­ron esos. Yo no ten­go for­ma­ción aca­dé­mi­ca; por en­ton­ces ha­bía em­pe­za­do el ta­ller de (Juan) Gre­la, y co­no­cí a un gru­po de ar­tis­tas allí, a los que me in­cor­po­ré; ese creo que fue el lu­gar don­de em­pe­zó a ges­tar­se Tucumán Ar­de.

Por otro la­do, es­tu­ve des­de mis 20 a mis 35 años sin tra­ba­jar en ar­te.

—Des­pués de Tucumán me fui al ser­vi­cio mi­li­tar. Mis obras si­guien­tes fue­ron con la lle­ga­da de la de­mo­cra­cia. Y si bien creo que la vi­da no es una lí­nea rec­ta sino que es si­nuo­sa y tie­ne vai­ve­nes, con­si­de­ro que uno en la me­di­da de lo po­si­ble de­be co­lo­car­se en un an­da­ri­vel, no an­dar a los ban­da­zos. Y creo que mi obra siem­pre ha te­ni­do al­gún ti­po de cohe­ren­cia. He tra­ba­ja­do mu­cho en lo que no quie­ro que se vea, más que en lo que quie­ro mos­trar. La obra es po­li­sé­mi­ca, tie­ne mu­chas lec­tu­ras, mar­ca­das por el sa­ber del que mi­ra, de su cultura, de su ex­pe­rien­cia. Siem- pre me preo­cu­pó más lo que yo que­ría que el otro no vie­se, que lo que vie­se, por­que es­to úl­ti­mo es siem­pre una cons­truc­ción a tra­vés de sus sa­be­res.

Una de mis obras (Los unos

y los otros) mues­tra un bos­que muy gran­de con unos hu­mos que se es­tán apa­gan­do. Y por su­pues­to que eso tie­ne que ver con cues­tio­nes so­cia­les pe­ro tam­bién con­mi­go, por mi edad. Sin em­bar­go, se acer­có una chica jo­ven y me di­jo “pe­ro un fue­go que se es­tá apa­gan­do, vie­ne un vien­to y lo en­cien­de”. Yo pro­po­nía una es­pe­cie de oca­so, de ex­tin­ción y ella hi­zo esa lec­tu­ra, que a mí me pa­re­ció muy in­tere­san­te. Ahí la po­li­se­mia de la que te ha­bla­ba. Por otro la­do, siem­pre me ha gus­ta­do tra­ba­jar con la me­tá­fo­ra: pre­fie­ro que ca­da uno pue­da ver a tra­vés de su pro­pia ex­pe­rien­cia.

—En to­dos tus tra­ba­jos hay un com­pro­mi­so po­lí­ti­co y so­cial muy fuer­te, ¿de dón­de te vie­ne eso?

—Creo que pue­de ser de la ex­pe­rien­cia de Tucumán... De to­dos mo­dos, el ar­te tie­ne dos con­tras muy gran­des: una es el fe­ti­chis­mo que con­lle­va y otra, que ter­mi­na siem­pre sien­do ab­sor­bi­do por la ins­ti­tu­ción.

—In­clu­so los mo­vi­mien­tos de van­guar­dia…

-Sí. Cuan­do de­cía­mos que el ar­te ha­bía muer­to, ha­blá­ba­mos de la muer­te del ar­te co­mo mer­can­cía, por­que es­te es­ta­ba en la ca­lle. Por eso hi­ce esa obra con la pla­tea que mi­ra a la ca­lle (Nde­lE: Las si­llas, obra con la que abrió el Ci­clo de Ar­te Ex­pe­ri­men­tal en ma­yo de 1968). Por su­pues­to, el tiem­po ter­mi­na ab­sor­bien­do to­do. En una épo­ca ha­cía­mos obra que na­die po­dría que­rer com­prar, lle­var­se a su ca­sa…

—Co­mo cuan­do ex­pu­sis­te La lí­nea...

—Cla­ro. ¿Quién po­dría que­rer com­prar­la? (Nde­lE: en el mar­co de El Ar­te por el Ai­re,

“He tra­ba­ja­do mu­cho en lo que no quie­ro que se vea, más que en lo que quie­ro mos­trar”.

rea­li­za­da en 1967 en Mar del Pla­ta, Puzzolo co­lo­có una tan­za col­ga­da des­de el te­cho has­ta el pi­so, que re­pre­sen­ta­ba le­ve­dad y li­ge­re­za).

—Y sin em­bar­go es­tá en una co­lec­ción ex­tran­je­ra. ¿Por qué? Por el fe­ti­chis­mo y por­que creo que el ar­te en un pun­to -y ha­blo des­de la pu­ra ig­no­ran­cia-, se em­pa­ren­ta con la an­tro­po­lo­gía: qué se hi­zo en de­ter­mi­na­da épo­ca, qué fue lo que ocu­rrió.

—Al­gu­na vez di­jis­te que en­con­tra­bas en lo co­lec­ti­vo un motor crea­ti­vo muy fuer­te, más que lo in­di­vi­dual…

—Y lo sos­ten­go. A fi­na­les del '82 cuan­do re­to­mé el tra­ba­jo me cos­ta­ba mu­cho es­tar so­lo en mi es­tu­dio, al pun­to que hay mu­cho autorretrato muy frag­men­ta­do, muy roto. Por eso in­sis­to en que uno es uno en la do­ble acep­ción de la pa­la­bra: uno co­mo uni­ci­dad y uno co­mo per­so­na. Yo su­frí mu­cho la fal­ta de si­ner­gia que pro­du­ce un gru­po. Pe­ro ade­más, es re­to­mar al­go que en es­te país, du­ran­te la dic­ta­du­ra nos es­tu­vo ve­da­do: nos acos­tum­bra­ron a es­tar so­los, no se po­día ni ca­mi­nar en gru­po. Era el in­di­vi­dua­lis­mo ex­tre­mo.

—For­mas­te par­te del Ins­ti­tu­to Di Te­lla y lue­go rom­pis­te ¿Por qué?

—El Di Te­lla aus­pi­cia­ba el Ci­clo de Ar­te Ex­pe­ri­men­tal. Cuan­do el ci­clo se es­ta­ba desa­rro­llan­do, em­pe­za­mos a ti­rar ideas so­bre lo de Tucumán; ha­bía un gru­po con ideas más for­ma­les y otro con el que em­pe­za­mos a pen­sar al­go más con­cep­tual. Es­ta­ba en bo­ga la teo­ría de la co­mu­ni­ca­ción de Mars­hall McLuhan (el me­dio es el men­sa­je) y sur­gió esa idea de la so­bre­in­for­ma­ción. Pe­ro en ese in­ter­ín nos en­fren­ta­mos por­que pen­sá­ba­mos que el Di Te­lla era una avan­za­da del im­pe­ria­lis­mo, en­ton­ces rom­pi­mos no so­lo con el Di Te­lla sino con to­das las ins­ti­tu­cio­nes. Se vo­tó de­vol­ver el di­ne­ro al director del Ins­ti­tu­to -en ese mo­men­to, Jor­ge Ro­me­ro Brest-. Y lo hi­ci­mos un día que Ami­gos del Ar­te, una ins­ti­tu­ción muy con­ser­va­do­ra, lo con­vo­ca a Ro­me­ro Brest para que dé una char­la so­bre el ar­te de van­guar­dia. No­so­tros asal­ta­mos esa con­fe­ren­cia, cor­ta­mos la luz, leí­mos una pro­cla­ma muy en­cen­di­da, le de­vol­vi­mos el di­ne­ro y Ro­me­ro, que era un ti­po muy in­te­li­gen­te, se pa­ró y di­jo: “Yo vi­ne a ha­blar de van­guar­dia, es­ta es la van­guar­dia”.

—Re­cuer­do (creo) es una mi­ra­da re­tros­pec­ti­va a aque­lla épo­ca, ¿En­con­trás hoy en el ar­te esa efer­ves­cen­cia que se res­pi­ra­ba en­ton­ces?

—Me po­ne en un com­pro­mi­so muy gran­de esa pre­gun­ta, por­que se­ría co­mo juz­gar a otra gen­te, a chi­cos jó­ve­nes; yo creo que hay de to­do. Veo gru­pos ha­cien­do ta­lle­res con chi­cos de las vi­llas, por ejem­plo. Pe­ro no exis­te un es­pe­jo; los '60 eran los '60 y hoy es hoy. Creo que hay otras cir­cuns­tan­cias, otras rea­li­da­des. Y siem­pre es una de­ci­sión de ca­da uno qué es lo que hace o de­ja de ha­cer con su tra­ba­jo. En nues­tro ca­so, en aque­lla épo­ca, lo que qui­si­mos ha­cer fue lo que creí­mos que se po­día ha­cer en ese mo­men­to para co­la­bo­rar en esa lu­cha.

—¿En qué es­tás hoy?

—Con es­ta mues­tra, que se pen­só para Cór­do­ba, pe­ro que ex­pu­si­mos pri­me­ro en Ro­sa­rio y aho­ra acá y que sur­gió con la cu­ra­du­ría de Adria­na Lau­ría, que se car­gó al hom­bro la ex­po­si­ción. Ten­go una se­rie de fo­tos que nun­ca ex­pu­se y en las que si­go tra­ba­jan­do pe­ro nun­ca ter­mino. Si sur­ge ex­po­ner­las, lo ha­ré. Y es­toy tra­ba­jan­do tam­bién en una se­rie de vi­deos, con Li­san­dro Puzzolo, mi hi­jo.

“En una épo­ca ha­cía­mos obra que na­die po­dría que­rer com­prar, lle­var­se a su ca­sa…”

AR­TIS­TA EX­PE­RI­MEN­TAL. Puzzolo fue el par­ti­ci­pan­te más jo­ven de Tucumán Ar­de, la ins­ta­la­ción que hace 50 años des­en­mas­ca­ró el mo­no­po­lio azu­ca­re­ro y rom­pió el si­len­cio de la pren­sa.

OBRA. La se­rie ‘Chan­gui­to ca­ñe­ro’ for­ma par­te de Re­cuer­do (creo), la mues­tra que se ex­po­ne has­ta el 10 de mar­zo en el Pa­la­cio Dio­ni­si.

FO­TOS CEDOC PER­FIL

GUILLERMINADELUPI

FINO PI­ZA­RRO

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