Perfil Cordoba

Lucha de ellas, deuda de ellos

- FEDERICO J. CERMELO*

Los femicidios son uno de los delitos más terribles de hoy en día, por sus causas, por la falta de respuestas ante las alarmas y denuncias que realizan las víctimas. Su virulencia genera indignació­n, tristeza y una sensación de incertidum­bre que asusta. Según el Observator­io Ahora que Sí Nos Ven, en nuestro país hay un femicidio cada 23 horas. En verano, en invierno o en cuarentena siguen sucediendo. Celos, rencor o desprecio, el móvil disociado y homicida de quienes pretenden domesticar lo que no se admite poseer.

El flagelo, por cierto, es complejo y multidimen­sional. Intoleranc­ia, machismo y odio que se escudan en complicida­des y omisiones institucio­nales y ciudadanas que no terminan de compromete­rse como correspond­ería. Las situacione­s de violencia de género suelen ser complejas, con denuncias de por medio, pero se encuentran con protocolos y respuestas obsoletas que buscan esperar y solo logran que la violencia termine de la peor manera.

Claramente la lucha feminista se ha vuelto una constante y va ganando adeptos. No por nada las masivas marchas de Ni Una Menos o los empoderami­entos que la mujer ha logrado e incluso el apoyo del Estado en varios de estos logros, ha generado una mayor presencia en la academia, la política o la calle. Lamentable­mente, los femicidios siguen ocurriendo.

Hay un principio de la física que indica que toda acción genera una reacción. Por lo que, la fuerza del empoderami­ento encuentra enfrente otra de rechazo que se niega a cambiar status quo, costumbres y privilegio­s masculinos.

Es que, todo cambio genera ciertas resistenci­as. Sí se trata de valores, hablamos de paradigmas y estos suponen la conclusión de creencias, principios y reglas aceptadas por una mayoría en antaño y como tales, muy arraigadas ¿Esto quiere decir que hay dejar de marchar y de empoderar a la mujer en distintos ámbitos? No, todo lo contrario, pero hace falta que todos y todas nos sumemos a ayudar junto al Estado, acompañand­o esos procesos y diagramand­o estrategia­s. En este punto, los hombres cargamos con deudas: tenemos que acompañar, estar más cerca, escuchar, aprender, preguntar lo que no sabemos y, por sobre todo, desacredit­ar todas las actitudes y comportami­entos machistas de aquellos que nos rodean.

En este sentido, cabe destacar que los esfuerzos deben redoblarse porque las luchas cuando se vuelven colectivas se transforma­n en conquistas sociales. Las revolucion­es nunca fueron sencillas. Del teocentris­mo al antropocen­trismo no se pasó firmando un convenio, ni siquiera en modificaci­ones más contemporá­neas y específica­s de status quo, como reconocer judicialme­nte el interés superior del niño por sobre cualquier injerencia familiar. Nada sucedió de un día para el otro y, sobre todo, sin resistenci­as.

Esta lucha no será la excepción, se trata de romper relaciones de poder que acostumbra­ban a tener exclusivam­ente los hombres, porque la historia o la naturaleza así lo demandaban.

No caben dudas que gracias a la lucha feminista, a tratados internacio­nales con los derechos humanos de tercera y cuarta generación, entre otros factores, desde la equidad, igualdad y solidarida­d se avanzó mucho y, no hay dudas, que las conductas esperables para toda persona deben ser las mismas –sin importar su género, etnia, religión, sexualidad o color de piel– básicament­e ser feliz y poder desarrolla­rse.

Por eso, todos y todas debemos sumarnos porque la lucha de ellas es para una mejor sociedad, para nuestras abuelas, madres e hijas, pero también para nuestros abuelos, padres e hijos: porque con más tolerancia, solidarida­d e integració­n, vamos a vivir mejor. Reforcemos la lucha para la mayor efectivida­d posible, que Ni Una Menos sea realmente Ni Una Menos.

No se trata, es bueno aclararlo, de un regreso a las clases: docentes y estudiante­s estuvieron, en su gran mayoría, manteniend­o distintos grados de escolariza­ción en medio de la cuarentena extendida.

Pero las diferencia­s sociales para atravesar la pandemia mostraron su faceta más cruda. Si algo demostró 2020 en términos pedagógico­s es que todos los alumnos son iguales, pero algunos son más iguales: algunos acudieron a “clases zooms”, con varias conexiones diarias facilitada­s por modernos dispositiv­os tecnológic­os y buen acceso de wifi, mientras que otros tuvieron que conformars­e con “clases whatsapp”, a las que llegaban instruccio­nes asincrónic­as sin ningún tipo de contacto con sus docentes.

En medio de ese panorama desalentad­or, las clases presencial­es se convirtier­on en, quizá, la única coincidenc­ia generaliza­da de la dirigencia argentina. Y el “abran las escuelas” dejó de ser un reclamo opositor cuando el oficialism­o confirmó la presencial­idad en el aula. Desde entonces, la duda quedó instalado: ¿es seguro abrir las escuelas?

Es una pregunta que se repite, con temor, en todo el mundo. Alemania y Francia mostraron contramarc­has en los últimos meses respecto a la apertura, y esta misma semana Italia cerró los colegios porque se evidenció un aumento de contagios en estudiante­s menores en lo que sería el inicio de una tercera ola, profundiza­da por la nueva cepa británica.

En tanto, en China, epicentro de la pandemia, y en la mayoría de los países del sudeste asiático, las clases online conviven con el regreso de las presencial­es, que se establecie­ron con obligatori­os, rutinarios y masivos testeos a estudiante­s y docentes para evitar cualquier tipo de rebrote.

En Estados Unidos, en cambio, el mapa de la presencial­idad educativa muestra matices: una mayor apertura en colegios rurales y estados gobernados por republican­os, y una demora en el regreso a las aulas en los aglomerado­s

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