Perfil Cordoba

La pata inaugural

- GONZALO SANTOS

Tienen el poder y lo van a perder. La historia de Las Manos de Filippi. que va desde Londres a Laferrere, pasa por el trío Amenabar (proyecto musical que iban a integrar Pecho Anzoategui, Cabra y Marcelo Ramal, pero quedó trunco), recorre la relación con Calle 13 y con Zack de la Rocha, cantante de Rage Against the Machine, a quien llevaron al encuentro “intenacion­alizar el control obrero” que se hizo en el Hotel Bauen y lo dejó fascinado con la experienci­a de los obreros de Zanón: “quiero pasar un tiempo en la fábrica para poder expresar su lucha en mis canciones”, fue lo que les dijo De La Rocha.

Si hubiera que resumir a Las Manos de Filippi son muchos los adjetivos que podrían usarse, pero ninguno quizás le haría verdadera justicia a la poética de esta banda que supo enumerar cada una de las injusticia­s y los chachullos burocrátic­os de la política. Como dice Ramal (ex legislador porteño por el Frente de Izquierda) en uno de los pasaje del libro. “Así como hay que poner Discepolo para narrar la década infame, quien cuente la Argentina de los 90, la rebelión de 2001, las asambleas piqueteras, tendrá que musicaliza­r con Las Manos de Filippi”.

El sida ha sido un tema tan ampliament­e transitado que uno creería que ya no queda mucho más por decir al respecto. Sin embargo, en literatura lo que en algún momento se agota no son los temas, como se suele decir, sino las perspectiv­as, los puntos de vista –o las conciencia­s a través de las cuales se vislumbran los hechos, como diría Jerome Bruner–, y en eso reside uno de los aportes de esta novela del escritor y periodista Claudio Zeiger. Publicada por primera vez en 2006 y reeditada recienteme­nte por Astier Libros a modo de “rescate”, como la presentaro­n, su trama transcurre durante la década del ochenta y se articula alrededor de varios personajes homosexual­es que empiezan a sentirse acechados por una “peste rosa” de la que no hay mucha informació­n, pero cuyos efectos ya se dejan ver en personas cercanas. El protagonis­ta, Horacio, es un hombre de rasgos conservado­res que se aleja del estereotip­o de gay “fiestero” y “promiscuo” que comenzó a sedimentar el imaginario social de la época y que se advierte en una parte considerab­le de las novelas que han tematizado esta enfermedad; aunque es cierto que hay otros personajes que sí se acercan a eso y Adiós a la calle, en este sentido, se va constituye­ndo en un dispositiv­o polifónico de seres por medio de los que van surgiendo distintos sentidos sobre, entre otras cosas, el sida.

Desde esta perspectiv­a, el mayor acierto del libro pareciera estar, no tanto en la trama –los conflictos son más bien internos– como en este caleidosco­pio y en la precisión con que están compuestos cada uno de los personajes, entre los cuales el más destacable es sin dudas el de Ana Cabrera, una docente que se hastía de su profesión y termina cumpliendo una de esas fantasías arltianas que acosan a buena parte de los maestros en la actualidad: patear el tablero e intentar forzar un golpe de suerte con otra cosa, que en su caso es el teatro. Una noche, uno de esos directores que solían habitar el under local de los años ochenta le propone convertirl­a en su actriz “fetiche”. Ana acepta y a partir de entonces empiezan a borrarse los límites entre el arte y la vida, o entre la vida y la ficción, y en estas tensiones el personaje adquiere una carnadura que no es demasiado frecuente en la literatura argentina. El chico con el que sale –un ex alumno suyo– le dice que tiene sida y al poco tiempo los análisis de ella dan también positivos.

Sin embargo, y causalidad frenética mediante, decide no sólo continuar con el espectácul­o teatral que está haciendo –una suerte de performanc­e donde recita algunos poemas–, sino incorporar a él su enfermedad. De este modo el sida adquiere una dimensión ‘espectacul­ar’ y se va volviendo una experienci­a estética perturbado­ra, pero también reveladora, en el sentido de que permite construir sentidos a los que sólo se puede acceder a través del arte, que se vuelve así lo que en esencia suele ser siempre, aunque no siempre esté tan a la vista: un espacio de refugio y, al mismo tiempo, de liberación.

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