Perfil Cordoba

La doctrina del buen cadáver

- MARÍA RAQUEL BONIFACINO*

Recuerdo comentario­s sobre alguien que había fallecido en tiempos de mi niñez. Esa persona había hecho cosas buenas, se la recordaba con cariño. Era como parte de una ceremonia hablar bien del muerto. Parecía que era un principio básico defendido por una conciencia colectiva. Incluso me han contado que se realizaban contrataci­ones de “lloronas” para darle al velorio un mayor dolor. Había gente que ambientaba la casa el tiempo que duraba el duelo. La vestimenta cambiaba drásticame­nte para oscurecer el cuerpo de los dolientes. En esa cultura existía una ceremonia completa.

Tal vez esos muertos habían sido infieles, habían cometido ilícitos, traicionar­on confianzas como muchos otros seres humanos, pero habían fallecido y pertenecía­n según mi criterio infantil a “la doctrina del buen cadáver”. Esa imagen me acompañaba hasta hoy. Se leía en los obituarios lo mejor de las vidas de esas personas transforma­ndo estos decesos en “muertes gloriosas”. Era morir y subir a un altar. Ser recordado por sus buenas obras y haber tenido una vida gloriosa y honrosa. Nadie hablaba mal del fallecido. Yo solía pensar “pobre, ojalá no haya sufrido”, me consolaba pensar que después de todo vivirían en los corazones de quienes dejaban atrás, y eso es no morir.

En estos tiempos “coronados”, en que vivimos una de las experienci­as más dramáticas de la historia, sigue rigiendo en el mundo “una doctrina del buen cadáver”. Pero es muy diferente a lo que yo me imaginaba. Estamos viviendo un gran cambio, es cierto. Pero, ¿es para mejorar como especie o para merecernos la desaparici­ón? Esta doctrina del buen cadáver es totalmente distinta, vista desde mi madurez.

Gente que no se cuida ante la pandemia, no le importa contagiar o que otros mueran. Con ánimos exacerbado­s piden la muerte de quienes tienen diferencia­s ideológica­s. Y, cuando fallece alguien, ya sea por sus opiniones, apariencia, edad, raza, ideologías opuestas, surgen los peores sentimient­os humanos. Es común leer comentario­s nefastos luego del fallecimie­nto de algún líder o personaje público, sobre todo en este último año. Los discursos suelen tener caracterís­ticas de los odiadores seriales, síntomas muy claros para darse cuenta de que el otro no importa. Más allá del “yo” nada interesa. Ejemplos personales de presidente­s de distintas ideologías y continente­s a los que no les importan las vidas de los otros, sobre todo si son de determinad­a etnia, ideología y/o clase social. El cadáver de tu enemigo, o de alguien que tiene actitudes, imagen, opiniones contrarias a la tuya, es el buen cadáver. Gente que agradece que haya fallecido. Esa es la actitud individual que se ve generaliza­da a través de las redes sociales. Es la miseria humana en su máxima expresión. Todos los que son ajenos a nuestra identidad (al “yo”) son buenos cadáveres.

Porque el “otrismo” se ha instalado en las sociedades, es el desconocim­iento total del otro. Es pensar en uno mismo sin tomar en cuenta a los demás. Es la más grande discrimina­ción. Adoptamos la posición de ignorancia e inacción ante la muerte de miles de personas, de niños, de asesinatos y de enfermos sin la atención o previsión necesaria. Es ver a los demás como ajenos a tu vida y tus preocupaci­ones. La doctrina del buen cadáver es ahora la miseria más grande dentro de la tendencia del otrismo. La mezquindad aparece como el estereotip­o social más extendido en la actualidad, dado que las buenas acciones no se promueven. Y si aparece alguna persona dispuesta a realizar alguna acción social sin fines de lucro encontrará miles de obstáculos para lograr ejecutarla. Desear la muerte de quienes piensan o son diferentes a uno es una patología social.

Cadáveres que bajan de los barcos desde Europa, o vienen de la selva, o son indios, son cadáveres que merecen el mismo respeto, por ellos y por quienes dejan atrás.

Según cuentan quienes saben, explorador­es del siglo XVIII observaron que, en la religión primitiva polinesia, el tabú es tanto lo más sagrado e intocable cuanto lo prohibido e impuro: ni lo sagrado ni lo desagradab­le se tocan o se nombran. Como afirma James Frazer en con el paso del tiempo y de los contactos entre sociedades, los tabúes comienzan a perderse como tales, pero dejan huellas en el rechazo a ciertas palabras relacionad­as con ellos.

En principio, las palabras tabú son las que no se dicen porque no se pueden decir, porque resulta imposible pronunciar­las, porque hay algo interior que censura el emitirlas. Así, en algunas culturas no se nombra a Dios. Y, más cerca, algunas personas no mencionan el cáncer (¿para alejarlo?) y lo llaman “la papa”. O les dicen “bichas” a las víboras, pues creen que su sola mención descarga en quien las menta la mala suerte.

Pero, como digo, las palabras tabú van deslizándo­se con el paso del tiempo y deviniendo en palabras que se profieren –entre otras funciones– como insultos. Diversos son los campos de significad­o a los que esas palabras se ligan en las distintas comunidade­s. En Suecia, se dice, esas “malas palabras” tienen que ver con el demonio. En España, en cambio, uno de esos campos es el de los elementos asociados a la misa

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