Un año (más) de re­des so­cia­les

Perfil (Domingo) - - CIENCIA - SIL­VIA RA­Mí­REZ GELBES*

Las re­des o me­dios so­cia­les pa­re­cen ser, si se me per­mi­te la me­tá­fo­ra, el ac­ti­vo con más po­ten­cia­li­dad pa­ra la co­mu­ni­ca­ción. Al me­nos, en lo que se re­fie­re a los pró­xi­mos años.

Ese es el pa­no­ra­ma que se vie­ne cons­tru­yen­do des­de que Fa­ce­book se abrió al uso uni­ver­sal allá por 2006. Es ver­dad que la de Mark Zuc­ker­berg no fue la pri­me­ra red so­cial. Pe­ro tam­bién es ver­dad que Fa­ce­book ter­mi­nó de dar el pun­ta­pié de ini­cio a una es­pe­cie de ¿mo­da? que no de­ja de ex­ten­der­se.

Fue­ra de las pla­ta­for­mas de men­sa­jes ins­tan­tá­neos (What­sApp o IP­ho­ne Mes­sen­ger, por nom­brar ape­nas un par) y sin ol­vi­dar la exis­ten­cia de al­gu­nas re­des que, aun­que ca­si des­co­no­ci­das por aquí, tie­nen una pre­sen­cia inex­cu­sa­ble en vas­tas re­gio­nes del pla­ne­ta –co­mo V Kon­tak­te en Ru­sia o Q Zo­ne en Chi­na–, las do­mi­nan­tes en el mun­do no son más de cin­co o seis. Fa­ce­book rei­na, sí, pe­ro re­co­no­ce a su la­do los pe­sos pe­sa­dos de Ins­ta­gram (pro­pie­dad del im­pe­rio de Zuc­ker­berg), Twit­ter, YouTu­be y Snap­chat, to­das con más de 250 mi­llo­nes de usua­rios.

¿Có­mo las des­cri­bi­ría? Se me ocu­rre ha­cer­lo –ad­mi­tien­do que las re­des so­cia­les cons­ti­tu­yen, en reali­dad y so­bre to­do, re­des de in­fluen­cia sim­bó­li­ca– se­gún dos fun­cio­nes com­ple­men­ta­rias: la le­gi­ti­ma­ción de una agen­da in­for­ma­ti­va (im­pues­ta, a ve­ces, por los me­dios ma­si­vos; im­pues­ta, otras ve­ces, por las pro­pias re­des) y la le­gi­ti­ma­ción de unos in­di­vi­duos (sus usua­rios).

#Trump (con el sor­pre­si­vo –pa­ra ca­si to­dos– re­sul­ta­do de las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les en los Es­ta­dos Uni­dos), el ver­nácu­lo #Co­paDa­vis2016 (con el triun­fo de la mu­cha­cha­da al­bi­ce­les­te en Za­greb) o el re­cien­te y do­lo­ro­so #Mal­do­na­do (con su an­gus­tia­do re­cla­mo en tono de con­sig­na “Soy [nom­bre pro­pio] y es­toy en [ubi­ca­ción]; lo que no sé es dón­de es­tá San­tia­go Mal­do­na­do”) han si­do, a qué du­dar­lo, al­gu­nos te­mas de esa agen­da in­me­dia­ta. Mien­tras @cris­tiano (Ro­nal­do), @sha­ki­ra y nues­tro @ leo­mes­si (en or­den de­cre­cien­te de se­gui­do­res en Fa­ce­book) son al­gu­nos de esos usua­rios que, de mo­do cir­cu­lar, le­gi­ti­man a y son le­gi­ti­ma­dos por las re­des.

Di­cho es­to, el as­pec­to que qui­sie­ra des­ta­car en esos me­dios, si del úl­ti­mo año se tra­ta, es mu­cho más su­til. No son los fi­gu­ro­nes ni los gran­des acon­te­ci­mien­tos. No son los li­kes ni las fu­sio­nes. Es, más va­le, el len­to pasaje (ca­si im­per­cep­ti­ble) del dis­cur­so es­cri­to al au­dio­vi­sual.

Qui­zá no sea sor­pren­den­te. La asis­ten­cia en los men­sa­jes ins­tan­tá­neos de los emo­jis, que re­em­pla­zan pa­la­bras y fra­ses en­te­ras, ve­nía –tal vez– a preanun­ciar­lo. Lo cier­to es que la ex­plo­sión de Snap­chat con sus sto­ries gra­ba­das (vi­deos cor­tos y efí­me­ros que se com­par­ten y des­apa­re­cen de la pan­ta­lla a las 24 ho­ras) de­jó en cla­ro que ha­cia allí va la co­sa. Y, ni cor­ta ni pe­re­zo­sa, Ins­ta­gram (la red de las fo­tos) se apro­pió del for­ma­to y le ga­nó a la red del fan­tas­mi­ta en su pro­pia can­cha: a juz­gar por el de­cli­ve de Snap­chat, pa­re­ce cla­ro que le sa­có se­gui­do­res.

Fren­te a es­tas no­ve­da­des, tam­po­co pue­de sos­la­yar­se que las imá­ge­nes y los vi­deos es­tán ga­nan­do te­rreno en las re­des con más (mi­cro)tex­to, Fa­ce­book y Twit­ter. Co­mo si las pa­la­bras des­nu­das, sin los apo­yos vi­sua­les, ya no ofre­cie­sen sino men­sa­jes aus­te­ros y des­an­ge­la­dos. En un mun­do en el que el tiem­po es un va­lor cons­pi­cuo, en el que “una ima­gen va­le más que mil pa­la­bras”, pa­re­ce que to­dos quie­ren de­cir al­go y que quie­ren de­cir­lo ya. Na­da me­jor, pa­ra eso, que la es­pon­ta­nei­dad de un gui­ño o una mue­ca fren­te al ce­lu­lar. Na­da peor, pa­ra eso, que el ges­to de­mo­ra­do de la es­cri­tu­ra.

La pro­fu­sión de los vi­deos más per­so­na­les en las historias de Ins­ta­gram y Snap­chat y la de los vi­deos más ge­ne­ra­les en Twit­ter y en Fa­ce­book ter­mi­nan ri­va­li­zan­do así con el gran tan­que au­dio­vi­sual, YouTu­be. Es que, al fin y al ca­bo, con re­des que com­pi­ten y que se com­ple­men­tan al mis­mo tiem­po, es­te presente tan dis­cur­si­vo pa­re­ce pro­nos­ti­car una co­mu­ni­ca­ción más oral aun en las om­ni­pre­sen­tes pan­ta­llas del fu­tu­ro cer­cano. ¿Se­rá así? *Doc­to­ra enLin­güís­ti­ca y di­rec­to­ra de la Maes­tría en Pe­rio­dis­mo de la Uni­ver­si­dad de San An­drés.

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