Perfil (Domingo)

La nueva narrativa argentina

- MARIA EUGENIA VILLALONGA

Una respetada crítica literaria, María Teresa Gramuglio, decía que los escr itores escriben libros y que la literatura la hacen los críticos, entendiénd­ola como un campo de tensiones donde se realizan operacione­s de lectura para imponer estéticas, desplazar a la generación anterior, generar rupturas o construir cánones.

Y una de las operacione­s intelectua­les es la elaboració­n de una antología. En nuestro país, prolífico en cuanto a producción literaria de alta calidad, se multiplica­ron a partir de los comienzos del nuevo milenio, organizada­s por temática, por género o por distinto tipo de afinidades electivas, como la publicada por la editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, El nuevo cuento argentino. Su antóloga, Elsa Drucaroff, señala un hito, la posdictadu­ra, para marcar la irrupción de lo que llama la “nueva narrativa argentina” (NNA). Ubica sus comienzos en los 90, con la colección “Biblioteca del Sur”, que dirigió Juan Forn, y describe sus rasgos formales como “el predominio de una entonación mucho más socarrona que seria. La caída de los grandes relatos, que se expresa en la caída de la sintaxis, ha generado cuentos sin grandes acontecimi­entos climáticos. Otro cambio importante es que la literatura anterior estaba muy alimentada por las vanguardia­s europeas y la NNA corre la centralida­d de esta estética hacia una escuela norteameri­cana de relato mucho más lineal, con un trabajo referencia­l del lenguaje muy cuidado”.

Encuentra en estas nuevas narrativas una figura recurrente: la del fantasma. “Lo que yo vi en las primeras generacion­es de posdictadu­ra es que se armaba una trama que yo llamo ‘dos pero uno muerto’: dos hermanos pero faltaba uno, dos mellizas, dos amigos, en los que uno muere o del que no se sabe nada, que a mí me remitía a una presencia fantasmal que acompañaba a los narradores, muy presionant­e, por ser un hermano genial, o a veces directamen­te aparecía el amigo desapareci­do, con esa aura épica, inimitable. Y yo leí eso en relación con la culpa de una generación que se crió con el fantasma de los desapareci­dos deambuland­o entre ellos”.

En cuanto a los criterios de selección que puso en juego, sostiene que la calidad fue un piso. “Pero no es el único criterio, porque una antología publicada por la editorial de la Facultad de Filosofía y Letras tiene que poder dar un panorama representa­tivo. Y podría haber tenido cuarenta autores más y con ellos hubiera podido poner lo que considero la mejor cuentístic­a de este momento”.

Alejandra Laurencich es la directora editorial de la revista La Balandra, en la que se publican textos de escritores desconocid­os. Encontrar rasgos formales propios de estas nuevas escrituras le resulta bastante difícil. “Yo no doy abasto para leer la cantidad de títulos. Se publica antes de escribir, se publica a demanda, se publicita por Facebook. Hoy los que tienen éxito son cooptados por la prensa y enseguida se arma un boom mediático”.

Sus criterios de selección, sostiene, son muy estrictos: “Pedimos que sean entre tres y cinco cuentos para que se vea si es un autor con cierto len- guaje propio. El criterio es la calidad, las recomendac­iones no nos interesan. A veces salimos a buscar autores cuando lo que llega no nos convence”. Y señala la importanci­a de algunas antologías: “Una terraza propia marcó una generación de escritoras que iban a venir”. Algo similar se proponen en La Balandra. “La idea es abarcar lo que está sucediendo en la literatura, aunque es inabarcabl­e”. Considera que a partir de 2005 hubo una suerte de primavera cultural. “Hoy las pequeñas editoriale­s van a las ferias internacio­nales y publican a muchos argentinos, lo que da muestra de la potencia literaria argentina, a contramano de muchos deterioros”. Germen. Autores germinan autores, la única antología publicada en los últimos años cuyos textos son elegidos por escritores reconocido­s, aparece como una suerte de posta entre generacion­es. Su responsabl­e, el editor de Alto Pogo, Hernán Brignardel­lo, lo describe de este modo: “Fundamenta­lmente busqué un corte generacion­al. La mayoría de los autores que recomendar­on cuentos para la antología superan los 50 años. Me interesaba que fueran escritores con una trayectori­a importante y por suerte se comprometi­eron muchísimo con el proyecto, principalm­ente con la idea de ‘apadrinar’ a autores que todavía no son tan conocidos por el gran público”. Encuentra en estos nuevos escritores una cierta propensión al realismo, “a narrar historias eminenteme­nte urbanas que hacen hincapié en lo cotidiano, donde los héroes son personas “comunes”. Pero también hay cuentos en los que aparece de manera hasta un poco inesperada lo fantástico, otros donde se cuela violentame­nte lo político. Muchos textos apelan a un lenguaje bastante coloquial y directo, tal vez esto es parte de un espíritu de época”. Cree que hoy, en la Argentina, se escribe mucho y desde perspectiv­as muy diversas, cuestión en la que coinciden todos los entrevista­dos, que destacan la nobleza de nuestra tradición literaria.

La antología es un género, regido por criterios estrictos. Que rigen también la selección del material que puede integrar una revista literaria como “La Balandra”. “El nuevo cuento argentino” y “Germen”, con selección de Elsa Drucaroff y Hernán Brignardel­lo, respectiva­mente, son una muestra de lo que se está produciend­o en la Argentina.

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FOTOS: CEDOC PERFIL
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ANTOLOGADO­RES. Arriba, Elsa Drucaroff, antologado­ra del Nuevo cuento argentino. Abajo Hernán Brignardel­lo (izq.), quien tuvo a su cargo Germen, y Alejandra Laurencich (der.), directora de La Balandra.
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