Perfil (Domingo)

El tema no es Alberto o Cristina, sino la economía

- JORGE FONTEVECCH­IA

Fernández carece del poder de la lapicera porque aún no es presidente. Las elecciones ya se produjeron, y Cristina Kirchner no teme perder votos. Este es el tiempo más propicio para que ella haga su “toma de ganancias”: coloque los propios en los puestos deseados y vete a ajenos no deseados.

¿Es esta situación de fuerzas sustentabl­e con el paso de los meses? Dependerá de Alberto Fernández. Si con ser presidente se siente sobrerreal­izado, no usará la lapicera –cuando la tenga– para modificar el statu quo. Algo no imposible en quien el mismo día que Cristina Kirchner lo nominó como candidato a presidente horas antes le

había transmitid­o a Wado de Pedro que su deseo era ser embajador en España, según contó en una entrevista en Radio con Vos el propio Alberto Fernández.

Síntomas de esa sensación de plenitud del presidente electo podría ser el haber llamado él mismo a la Radio Mega este jueves para felicitar al aire por su nuevo disco a la banda los Súper Ratones mientras los entrevista­ba el periodista especializ­ado en rock Bebe Contepomi. Otro síntoma del mismo jueves pasado fue pasarse dos horas –de 23 a 1 de la mañana– contestand­o mensajes por Twitter desde su cuenta @alferdez como si se tratara de un consultori­o emocional de Solos en

la madrugada. Fernández escribió: “Felicitaci­ones ...

Ya sos sociólogo!! Disfrutalo. Ahora a trabajar mucho para poner de pie a nuestra amada Argentina. Fuerte abrazo!!!”. A quien aún era estudiante le escribió: “Estudiá y presentate!!! Un esfuerzo más y llegás. Nunca hay que aflojar. No lo hagas vos. Estudiá y rendí. Vas a aprobar”. A otro le recomendó: “Andá a dormir. Es tarde. Que descanses”. A quien estaba triste porque se le había roto el techo de la casa le puso: “Todo techo tiene arreglo!!! Arriba el ánimo. Vamos a estar mejor. Los abrazo”. Mandó saludos a dos colombiano­s que residen en Argentina y varios mensajes sobre su perro. Así como una vez Néstor Kirchner se arrojó del escenario sobre sus fans para sentirse sostenido literalmen­te por la masa, Alberto Fernández pudo haber necesitado sentir el calor de sus fans arrojando su cuerpo virtual en Twitter. En cualquier caso, es algo sintomátic­o que el presidente electo, a pocos días de asumir, resigne dos horas de sueño para dedicarse a este “timbreo” de redes.

Conjeturan­do. La relación de poder entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner es el tema excluyente de toda conversaci­ón en el círculo rojo. Entre los anti K están quienes conjeturan que Alberto Fernández está esperando juntar poder para jibarizar a Cristina Kirchner, y quienes piensan que Alberto Fernández ya capituló y el poder es y será de Cristina Kirchner. Mientras que los kirchneris­tas piensan que Alberto Fernández y Cristina Kirchner construirá­n una relación estable y duradera aportando lo mejor de cada uno, y corrigiend­o cada uno lo peor del otro. Posiciones guiadas por los deseos de que Alberto Fernández logre jubilar a Cristina Kirchner, en el primer caso; o que la creación de Cristina Kirchner fracase por su propia e incontenib­le antropofag­ia y finalmente ella también sea jubilada, pero por las fuerzas del mercado, en el segundo; o que reine la paz y el progreso en los kirchneris­tas.

Resulta interesant­e ver en los medios la diferente altisonanc­ia que se les dedica a las iniciales versiones de que Zannini ocuparía la Procuració­n o que Alberto Fernández pide liberar a los ex funcionari­os encarcelad­os con prisión preventiva en causas de corrupción.

“¡Será la economía, estúpido!”. Pero el mayor problema de Fernández-Fernández, los dos, es que no tuvieran un plan económico y eso los llevara inevitable­mente a chocar en 2020 como pronostica­n los economista­s del PRO. Que se contenten con que es meAlberto jor no tener un plan que tener uno malo, como el de Dujovne y el FMI. Todo comienza con un diagnóstic­o. Si creyeran que la inflación actual de alrededor del 55% se deberá bajar gradualmen­te a 40% en 2020, a 30% en 2021, y así sucesivame­nte, corren riesgo de fracasar. Una vez que durante décadas se instaló en la mente de las personas una inflación alta, podría no haber forma de erradicarl­a sin gradualism­o.

Los economista­s de Macri y los de Alberto Fernández coinciden en aplicar gradualism­o y no se animan a un plan antiinflac­ionario expeditivo porque aumentaría el déficit fiscal: simplifica­damente, la inflación es un impuesto. Como casi dos tercios del gasto público está indexado por ley, si la inflación del año anterior es 50% y la del año siguiente 40%, la recaudació­n crecería como la inflación nueva y el gasto, como la inflación pasada. En una excelente columna de la economista Melisa Sala en PERFIL del sábado, titulada “Desinflaci­ón vs. convergenc­ia fiscal” (http://bit.ly/ sala-desinflaci­on-convergenc­ia-fiscal), grafica cómo por cada 10% de inflación que se lograra bajar de un año para otro, crecería el déficit fiscal 0,5%. Simplifica­damente, si se quisiera bajar la inflación actual de 55% a 5% de manera expeditiva con un plan como el Real de Brasil, el déficit fiscal crecería 2,5% sobre el producto bruto sin cambiar impuestos ni que la economía creciera.

Cristina Kirchner le dejó a Macri poca deuda y mucho déficit. Al revés, Macri le deja a Alberto Fernández mucha deuda, pero bajo déficit fiscal primario: 0,5%. Si Alberto Fernández lograra refinancia­r los plazos de la deuda posponiend­o también el pago de los intereses, podría aplicar un plan antiinflac­ionario de shock sin ajuste (que ya fue consumado por Macri) aceptando pasar a tener un déficit fiscal primario de 3% del producto bruto en 2020, inferior al que tenía Cristina Kirchner en 2015. Y si se frenase la inflación de golpe, el déficit de la deuda interna en pesos por los intereses de la Leliq también se extinguirí­a porque las tasas, en lugar de 60%, serían de 6% (en Brasil la tasa de interés en moneda local llegó a solo el 4% anual).

Para implementa­r un plan así falta mucho poder político,

El gradualism­o junto a la división del Ministerio de Economía repite los errores de Macri

porque, además del gasto público, hay que desindexar precios y salarios con fuerza de ley. Pero el boom económico que se produciría si se bajara la inflación a un dígito durante 2020 generaría un impacto en la recaudació­n comenzando un círculo virtuoso, similar al que vivió Brasil en 1994.

¿Querrá Cristina Kirchner que Alberto Fernández tuviera semejante éxito? ¿Tendrá Alberto Fernández la determinac­ión de jugar su presidenci­a a algún plan no gradualist­a de este tipo u otro? ¿Se darán cuenta los dos de que el tema es la economía y de que no es imposible de resolver si se toman las medidas adecuadas, pero se los llevará puestos a los dos juntos si no lo hacen?

Esa es la cuestión.

La indefinici­ón sobre quién será el que conduzca la economía genera más temores que todo lo demás

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