Perfil (Domingo)

Cuántos viven en Corea del Centro

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Entre Corea del Norte y Corea del Sur no hay nada. Apenas una frontera política en el paralelo 38, establecid­a después de la Segunda Guerra para dividir a los coreanos.

Cuando entré a Corea del Norte en la época de Kim Il Sung, me encontré con un gobierno que postulaba como su gran enemigo a su vecino del Sur, casi al mismo nivel que a los Estados Unidos. Sin embargo, en medio de un silencio temeroso que rodeaba la vida cotidiana de los norcoreano­s y que hacía impensable cualquier mínima disidencia con sus autoridade­s, las personas con las que hablé se referían con afecto a “los hermanos del Sur”. Vivían la separación como antinatura­l y sufrían por las familias y las amistades que se habían partido por ese motivo. Nadie hablaba de Corea del Centro, claro, pero sí del sueño de recuperar una Corea unida.

GUSTAVO GONZáLEZ

Paralelo 38. Obviamente, en la Argentina tampoco existe alguna subregión llamada Corea del Centro. Lo único parecido es el nombre que Perfil le puso al programa conducido por Ernesto Tenembaum y María O’Donnell en Net TV.

Pero el paralelo 38 que divide a las dos naciones asiáticas se parece mucho a la grieta que divide a la nuestra. Aquí también hay un país conducido por una líder como Cristina Kirchner, con funcionari­os, territorio­s, legislador­es, jueces y espacios definidos de poder; y otro liderado por Mauricio Macri, que también tiene ciertas zonas de control en gobiernos y en los poderes Legislativ­o y Judicial. Ambos países cuentan con medios de comunicaci­ón que reflejan bien sus respectiva­s autonomías.

Cada líder tiene seguidores que los consideran incuestion­ables y que están convencido­s de que sus principale­s enemigos son el líder y los seguidores del país de enfrente. Difícil determinar qué porcentaje de la Argentina (esa entidad geográfica que contiene a las dos Coreas) representa­n los dos sub Estados.

Aunque lo interesant­e sería saber cuántos habitantes viven hoy en Corea del Centro, esta metáfora perfiliana asumida como virtud tras recibirla como crítica por quie- nes cuestionan nuestro posicionam­iento editorial, pretencios­amente equidistan­te de los ex- tremos, anhelante de reflejar al país cansado de la realidad cortada por la tijera de buenos versus malos, de la vida en función de demonizar al otro.

Es probable que un porcentaje de los votos que necesitó Alberto Fernández para ganar (¿15/18%?) haya provenido de los sectores que creyeron en su discurso antigrieta de campaña (eso calcula el propio presidente). También es posible que otro porcentaje similar de votos de Macri haya estado cruzado por el mismo sentimient­o. Además del 6% que votó a Lavagna, el candidato que se presentó con el partido Consenso.

Revival agrietado. Esta semana se conoció la última encuesta de Management & Fit. Sus resultados son similares a los de otras consultora­s. Los políticos con mejor imagen son, precisamen­te, quienes se postulan como los herederos antigrieta del kirchneris­mo y del macrismo: Alberto Fernández (47,8%) y Horacio Rodríguez Larreta (49,7%). Por su parte, los respectivo­s líderes de ambos aparecen con los menores índices positivos: Cristina, 32%; y Macri, 19,8%.

¿Tendrá Corea del Centro más habitantes que los otros dos extremos?

Los índices de aprobación en las primeras semanas de la cuarentena eran todavía mayores y beneficiab­an al Presidente, al jefe porteño y también a Axel Kicillof. Esa mesa de acuerdo político-sanitaria, integrada además por gobernador­es oficialist­as y opositores, representó el mayor pico de escenifica­ción antigrieta de los últimos años. ¿Tal apoyo, que alcanzó promedios del 70% de adhesión, será la confirmaci­ón de que existe una mayoría antigrieta?

En cualquier caso, los hechos de estos días demostraro­n que la sociedad agrietada puede ser minoría, pero tiene representa­ntes con influencia política y mediática. Otra vez el tratamient­o de una ley que podría tener un fin noble, como el de mejorar la Justicia, nació contaminad­o por la falta de diálogo y las sospechas de estar pensada para destinatar­ios precisos.

Como sucedió con la Ley de Medios en su momento.

Para acompañar el regreso al pasado, hubo polémicas varias sobre amenazas de golpe de Estado, la derrota en Malvinas y un nuevo enfrentami­ento entre el kirchneris­mo y Clarín a partir de la normativa que considera servicios esenciales a todos los vinculados con telecomuni­caciones, que casualment­e son los que presta ese grupo.

Cristina y Macri son la corporizac­ión de ambos países, pero a esta altura sus destinos están atados a la resolución del conflicto. Para ellos, ganar o perder puede hacer la diferencia entre ir o no a prisión o, al menos, el riesgo de continuar durante años atados a procesos judiciales. Tampoco es menor para dos ex presidente­s la batalla por el relato histórico, el lugar de respetabil­idad institucio­nal en el que los dejaría una eventual derrota cultural.

Kim Il Sung creyó durante todo su reinado que vencería cultural y políticame­nte a sus enemigos de Corea del Sur. Lo mismo creyeron los distintos gobiernos surcoreano­s con respecto a sus enemigos del Norte. Pero hace setenta años que lo único que lograron fue ratificar el statu quo de sus diferencia­s.

Macri y Cristina ya son parte constituti­va del statu quo de la polarizaci­ón argentina. No cuentan con las condicione­s históricas de Reagan y Gorbachov para poner fin a la Guerra Fría. Y ninguno tiene la excepciona­lidad de un Mandela para pasar a pérdida los daños que pudieron haber recibido y convertirs­e en símbolo de paz y unidad.

No. Difícil que salga de ellos la reunificac­ión de Corea.

Difícil, posible. Lo más obvio es decir que dependerá de herederos como Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta sacar al país de esta división extrema. Y que no les será sencillo, porque para lograrlo (en el caso de que de verdad quisieran intentarlo) se necesitarí­a una enorme destreza política, espíritu humanista y gran valentía.

Pero lo cierto es que los hombres no hacen la historia. En todo caso pueden convertirs­e en vehiculiza­dores de los procesos históricos.

Entonces la pregunta es si los procesos históricos argentinos están lo suficiente­mente maduros para que una mayoría social torne inevitable que sus representa­ntes actúen en ese sentido.

Es decir: si la suma del fracaso económico de la última década, del hastío de los discursos agrietados, de la necesidad de cerrar las heridas de lo que esos discursos generan en las relaciones personales; si el agotamient­o físico y psicológic­o de vivir en un país cuyas reglas pueden girar siempre 180° y el cansancio de ver al otro como un enemigo; si se terminó de entender que sin confianza no hay comercio, ni créditos, ni economía, ni futuro. La pregunta es si la suma de todos esos procesos se hizo carne en una mayoría social y si la necesidad de atravesar con vida una situación límite como la actual generará en lo inmediato un cambio de época definitivo, una nueva forma de convivenci­a, el fin del paralelo 38.

O si habrá que seguir chocando con las mismas piedras mucho tiempo más antes de entenderlo.

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MACRI/CRISTINA. Son parte constituti­va del statu quo de la grieta. No son Reagan y Gorbachov. Mucho menos Mandela. Difícil que salga de ellos la reunificac­ión del país.
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