Quién sa­be

Perfil (Sabado) - - IDEAS - CAR­LOS ARES*

Ca­da uno es­cri­be el guion de su me­mo­ria con los recuerdos y ol­vi­dos que eli­ge para que ella nos fil­me en nues­tro me­jor pa­pel. Esa pe­lí­cu­la es un clá­si­co que nos pa­sa­mos una y otra vez a la som­bra de la no­che in­di­ca­da, en­tre fi­nes y prin­ci­pios de años. Con lo que cues­ta pro­du­cir­la, bien ga­na­do te­ne­mos el de­re­cho a ver­nos in­ter­pre­tar el rol del va­lien­te mu­cha­chi­to pro­ta­go­nis­ta que ha llegado has­ta acá su­peran­do to­das las di­fi­cul­ta­des sin trai­cio­nar sus idea­les.

Tan sa­bi­das te­ne­mos las mis­mas es­ce­nas de ries­go y ri­sas de la in­fan­cia y ado­les­cen­cia que des­pués de los 50 años nos dor­mi­mos a la mi­tad, cuan­do to­da­vía no nos vi­mos cum­plir los 30. La re­pe­ti­da pro­yec­ción, ba­jo los efec­tos del al­cohol, los gri­tos de los pi­bes, el cue­te que re­vien­ta cer­ca, irri­ta el so­ni­do y en la se­gun­da par­te ya no nos es­cu­cha­mos bien. El co­lor de las imá­ge­nes lu­ce des­vaí­do. La pan­ta­lla se vuel­ve tan blan­ca a la luz del ama­ne­cer del nue­vo año que las si­lue­tas y los per­fí­les se di­fu­mi­nan y los he­chos se des­va­ne­cen, se con­fun­den o di­rec­ta­men­te se pier­den.

De pron­to, un abue­lo o al­gún ami­go de la in­fan­cia, un go­la­zo que ha­bía si­do, la com­pa­ñe­ra del se­cun­da­rio, aque­lla mu­jer en­tre­vis­ta­da, ca­ras, for­mas y su­ce­sos ex­tra­or­di­na­rios que la úl­ti­ma vez que la vi­mos es­ta­ban ahí, sa­lían ca­si en pri­mer plano, so­lo ha­cen un cameo o cum­plen ro­les se­cun­da­rios.

Aque­lla vi­da tan ví­vi­da se gra­bó en la sus­tan­cia de un ce­lu­loi­de su­til, de­li­ca­do, muy in­fla­ma­ble. Si ob­ser­va­mos cua­dro por cua­dro con una lu­pa a la luz del ama­ne­cer, ba­jo el sol in­cle­men­te, la ru­ti­na de en­ton­ces se incendia y es­fu­ma.

De­ci­mos el año que vie­ne co­mo si hu­bie­ra un año que vie­ne. “Y si vie­ne, por­que no lo es­pe­ra­mos acá”, reía el va­go con el vie­jo chis­te re­con­ver­ti­do en iro­nía, can­sa­do de ir ha­cia don­de sos­pe­cha­ba que to­do era un en­ga­ño. Si le da­ban a ele­gir, era me­jor ser y es­tar acá que allá, quién sa­be dón­de. To­do lo que su­ce­de pa­sa don­de es­tán los pies. No hay más atrás, ni más ade­lan­te, ni más cer­ca, ni más le­jos.

De­ci­mos el lu­nes co­mo si hu­bie­ra un lu­nes, o un jue­ves, o un día para el que que­da­mos en ver­nos y de­ja­mos el abra­zo que de­be­mos dar­nos. De acuer­do, cla­ro, es ver­dad, no hay tiem­po para to­do. Es que de eso se trata, no hay tiem­po para to­do.

No soy un aca­ba­do Quién para me­ter­me en una pe­lí­cu­la aje­na, pe­ro tam­po­co soy tan Qué co­mo para no de­cir lo que pien­so. De ser so­lo un Qué, la ma­sa de grasa, vís­ce­ras, múscu­los, se­sos, se iría ar­te­rioes­cle­ro­san­do, coa­gu­lan­do, des­hi­dra­tan­do. Que­da­ría he­cha un mon­don­go, una ge­la­ti­na vis­co­sa, una toa­lla hú­me­da pe­ga­da a los hue­sos. El cue­ro de la piel, cur­ti­do por las cre­mas, la tin­tu­ra, el ma­qui­lla­je, los ges­tos de re­sig­na­ción que exi­ge la ac­tua­ción en las si­tua­cio­nes co­ti­dia­nas, se res­que­bra­ja­ría y re­du­ci­ría a fino pol­vo de na­da.

Eso es un Qué al fin, so­lo pol­vo. Ya lo di­cen los que es­tán en el gru­po de What­sApp del Se­ñor: de pol­vo so­mos. La nie­bla de ce­ni­za del pa­sa­do ro­da­do en gris cae co­mo fi­na llo­viz­na de cas­pa cuan­do se ve ve­nir el the end y se van en­cen­dien­do las lu­ces.

No sé si soy tan Quién para de­cir­lo, pe­ro es la par­te de un Quién la úni­ca que per­ma­ne­ce en nues­tra mo­des­ta his­to­ria. La que re­zu­ma la vo­lun­tad de se­guir y te man­tie­ne tra­tan­do de hacer/ser lo que se pue­da con lo que te to­ca. Tal vez sea ese, el Quién, nues­tro otro yo, el pro­duc­tor, director y ac­tor prin­ci­pal de la pe­lí­cu­la. Ha­brá que po­ner su nom­bre, nues­tro nom­bre en los cré­di­tos, y con­ver­sar a so­las para es­cri­bir jun­tos las pró­xi­mas es­ce­nas y los mo­nó­lo­gos en voz ba­ji­ta.

Ya sa­ben có­mo es el Quién de la gen­te, que se me­te don­de no la lla­man. Con esa ex­cu­sa de “Per­dón, no soy Quién para de­cir­lo, pe­ro creo que us­ted es­cu­cha vo­ces y ha­bla con ellas, ¿aca­so se cree to­da­vía un ni­ño para te­ner a es­ta edad un ami­go ima­gi­na­rio?”.

¿Có­mo ex­pli­car­le? Es el Quién de ca­da uno. Te­ner de­seos de na­da es te­ner­los de to­do. Esa es la ten­sión con la que hay que con­vi­vir y so­bre­vi­vir. El Qué pue­de lle­gar a acep­tar­se co­mo es, pe­ro al Quién siem­pre le fal­ta al­go. Y por eso es­ta­mos aquí no­so­tros dos aho­ra. Un par de Quié­nes desean­do, ami­go por ami­go, que­ri­do por que­ri­do, que de ver­dad ven­ga ese año que vie­ne en el que po­da­mos vol­ver a que­dar al­gún día para dar­nos el abra­zo que de­ja­mos. *Pe­rio­dis­ta.

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DI­CHOS Y REFRANES. De­ci­mos el año que vie­ne co­mo si hu­bie­ra un año que vie­ne.

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