Enero con fan­tas­mas

Perfil (Sabado) - - ESCRITORES - RA­FAEL SPREGELBURD

Enero es fan­tas­mal. To­do aque­llo que di­ciem­bre iba a pa­rir en enero des­apa­re­ce. Las no­ti­cias, igual de gra­ves, se tor­nan pro­vi­so­rias, co­mo si en su enun­cia­ción que­da­ra im­plí­ci­to el “ya al­guien se ha­rá car­go”. El trá­fi­co cam­bia; no me­jo­ra ni em­peo­ra, so­lo cam­bia de di­rec­cio­nes y de horarios. Si­gue sien­do im­po­si­ble es­ta­cio­nar en nin­gún la­do pe­ro la ciu­dad es­tá va­cía en­tre co­mi­llas. Los clá­si­cos obs­tácu­los de la vi­da si­guen allí pe­ro in­vi­si­bles, aban­do­na­dos, a la es­pe­ra. La gen­te que lla­ma por cues­tio­nes ur­gen­tes, di­ga­mos por tra­ba­jo au­dio­vi­sual, no es­pe­ra res­pues­ta a su ur­gen­cia; sa­ben que si al­guien no con­tes­ta es que no es­tá o que no pue­de o que no le im­por­ta. Por­que to­dos es­ta­mos y to­dos po­de­mos y a to­dos nos im­por­ta, pe­ro en enero na­die le pi­de na­da a na­die.

No obs­tan­te, en la mu­ta­ción cli­má­ti­ca que no­so­tros mis­mos he­mos pro­vo­ca­do, el pai­sa­je de enero es más sal­va­je año a año. La neo tro­pi­cal iza ciónd el país acom­pa­ña su aba­na­na­mien­to. Lo que eran llu­vias en el cam­po aho­ra son tor­na­dos y hu­ra­ca­nes. Al­gu­nos ár­bo­les son arran­ca­dos de cua­jo por­que sí, por­que es enero: las to­rres de elec­tri­ci­dad y te­le­fo­nía se de­rrum­ban y na­die es­pe­ra que el ser­vi­cio vuel­va pron­to.

La ciu­dad ru­ge de mur­gas que en­sa­yan sus pro­tes­tas, unos rit­mos que no pa­re­cen te­ner ni bus­car es­pec­ta­do­res: to­dos son par­ti­ci­pan­tes y se mur­guean en­tre sí y para sí.

Enero to­do lo sa­ca de fo­co. Al­gu­nos vi­ven es­ta dis­lo­ca­ción co­mo es­pe­ran­za: se­rá que los de­seos de Año Nue­vo qui­zás se ha­gan reali­dad.

Yo ya sé por otros años que esa es­pe­ran­za du­ra has­ta fe­bre­ro, o has­ta la se­ma­na que vie­ne.

Has­ta en­ton­ces.

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