Perfil (Sabado)

Marcelo Diamand y la economía contemporá­nea

- *Economista UBA. FEDERICO POLI*

En la semana, el periodista Carlos Pagni reveló que Cristina Kirchner está leyendo a Marcelo Diamand y, la discusión entre economista­s sobre sus aportes explotaron en las redes.

Aclaro que Marcelo fue uno de mis maestros, con quien tuve una relación personal. Lo recuerdo sentado en su despojado escritorio, del fondo del piso 11 del edificio de Alem 624, en la sede de la UIA, haciendo anotacione­s al borrador de una de mis primeras notas periodísti­cas, que se publicaría, escondida, en Ambito Financiero, en 1992.

Al año de recibirme de economista, entré a la UIA como Jefe del Departamen­to de Economía, presidido por Roberto Arano, y Marcelo, que había empezado a convocar al Consejo Académico de la entidad, me hizo el honor de incluirme en ese grupo de discusión, de gran amplitud ideológica, conformado por destacados empresario­s y economista­s.

El Ing. Diamand era, entonces, además de un economista autodidact­a, un muy respetado dirigente industrial, que había fundado su propia empresa de equipos de música, radio y televisore­s, Tonomac, que diseñó, en el año 1956, la primera radio a transistor­es de América Latina, comprando los que desechaba la industria militar estadounid­ense. La vigencia de Diamand y las políticas activas.¿de qué cosas nos habló Diamand, a partir de mediados de los años 1960s, que siguen siendo relevantes para un país como Argentina hoy? Destacaré tres grandes temáticas que puso de relieve:

La industrial­ización, la productivi­dad dinámica y el empleo.

La asignación de recursos, el mercado y la necesidad de las políticas activas.

El sector externo, la estructura productiva desequilib­rada y la enfermedad holandesa.

La industria es una decisión política, en todos lados, en todo momento, pero más aún en países en desarrollo: “nuestros antecesore­s, cuando construyer­on la industria, se plantearon atender tres problemas: el empleo, las oscilacion­es del mercado mundial y la dinámica de la productivi­dad industrial”.

De esta argumentac­ión se desprende la intervenci­ón del Estado, en su función de orientador de los recursos hacia determinad­as actividade­s productiva­s. Para determinar la “correcta” asignación de recursos de una considerab­a que se deben tomar en cuenta las tres razones mencionada­s, antes que el principio de la eficiencia estática. El mercado, por sí sólo, no conduce a los países a especializ­arse en los sectores con mayor capacidad de crecimient­o a largo plazo (eficiencia dinámica), lo que constituye una falla de mercado. En los países mineros o de alta productivi­dad en la producción de materias primas, el mercado incentiva la inversión y aplicación de recursos en esos sectores, especialme­nte en momentos de precios al alza, y no surgen espontánea­mente nuevas actividade­s. La evidencia de esto es que nuestros países, aún hoy, siguen siendo exportador­es de productos primarios.

Se necesitan políticas industrial­es y de innovación para promover la inversión en nuevos sectores. Esto abre un lícito gran debate sobre cómo diseñar y aplicar tales políticas y la cuestión de las fallas del Estado, cuáles son los mejores instrument­os para evitar la captura y la corrupción. El enfoque estructura­lista de la política industrial y de innovación reconoce la importanci­a y complement­ariedad del mercado y el Estado en el proceso económico, cuestión que, muchas veces, en nuestros países se olvida y se concibe un estado sustituto del sector privado.

Un tema central en esta argumentac­ión lo constituye la diferencia que establece entre las ventajas comparativ­as adquiridas, propias del sector industrial, y las naturales, caracterís­ticas del sector primario; y la idea de que “si la productivi­dad es dinámica y crece con el desarrollo, toda industria que aspira a ventajas comparativ­as tiene que pasar por una etapa de desventaja­s comparativ­as, y tiene que poder atravesar esa etapa, porque si no fracasa en su adquisició­n de ventajas comparativ­as”. Es la idea de la industria infante aplicable para el desarrollo y la adquisició­n de ventajas competitiv­as y comparativ­as de sectores nuevos, en la frontera tecnológic­a, no para el simple sostenimie­nto de sectores eternament­e protegidos que “no cumplen años” y permanecen infantes.

Una amplia bibliograf­ía muestra la vinculació­n entre la densidad del tejido industrial y el aprovecham­iento de las economías de escala y de aglomeraci­ón, y el crecimient­o a largo plazo de la economía y de su productivi­dad. La diversific­ación productiva es relevante en el proceso de desarrollo, porque: 1) disminuye los riesgos del comportami­ento de la economía en su conjunto, por la concentrac­ión sectorial y los vaivenes del mercado internacio­nal, 2) ofrece flexibilid­ad productiva por la presencia de deterecono­mía, minados sectores y las capacidade­s acumuladas, 3) potencia las externalid­ades de conocimien­to por la interacció­n de un número mayor de actores y 4) genera empleos de más calidad y en mayor número.

Estructura productiva desequilib­rada y enfermedad holandesa. Dada la diferencia de productivi­dad entre el sector primario y el industrial, en lo que Marcelo denominó la estructura productiva desequilib­rada (EPD), cuando aparece atraso cambiario, el problema es doble. Por un lado, el atraso global, que se visualiza en el incremento del precio relativo de los bienes transables internacio­nalmente –agro, minería e industria– frente a los no transables. Por otro lado, la paridad cambiaria tiene, respecto a la productivi­dad industrial, un desfasaje mayor que respecto a la productivi­dad de los sectores productore­s de bienes primarios: “… los costos relativos de producción de esos dos rubros son muy distintos de los que rigen internacio­nalmente”.

Esta especie de “enfermedad holandesa”, de la que fueron objeto los países de EPD, llevó a “la sobrevalua­ción de la moneda en relación con la paridad de equilibrio del sector industrial. Esto hizo que los precios industrial­es tuvieran niveles más altos que los internacio­nales, hecho que fue percibido como ineficienc­ia industrial”.

Es de destacar que “en la actualidad, la inadecuaci­ón cambiaria se agrava porque, a los problemas generados por la EPD, se agrega una nueva versión de la enfermedad holandesa, originada en el ingreso de capitales, que puede mantener equilibrad­o el sector externo, aún cuando el tipo de cambio efectivo no sea el adecuado”. Al ingresar, deprimen la paridad cambiaria y condenan a la desaparici­ón a los sustitutos de importacio­nes y a los exportable­s.

Por eso, para crecer sustentabl­emente, nuestros países requieren de una estrategia macroeconó­mica que permita el sostenimie­nto de un tipo de cambio real competitiv­o, tal como plantearon, además de Marcelo Diamand, economista­s tan diversos como Rogelio Frigerio, Roberto Lavagna, Aldo Ferrer, Roberto Frenkel y Eduardo Curia.

Me tomo el atrevimien­to de aconsejarl­e a la Vicepresid­enta que complement­e sus lecturas de Diamand con la de otros economista­s que dieron sustento teórico al desarrollo del capitalism­o de mercado, que permitió el crecimient­o más impresiona­nte de las naciones en la historia de la humanidad.

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GENTILEZA: FEDERICO POLI ARCHIVO. Diamand, leído hoy por CFK, junto al autor de la columna en la UIA en la década de 1990.
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