Perfil (Sabado)

“En Argentina hay dos partidos políticos: la Unión Cívica Radical y La Cámpora”

Cuenta que tuvo algunas reuniones con Horacio Rodríguez Larreta en las que hablaron sobre historia de las políticas económicas en el país. Analiza el proceso de acercamien­to de colegas suyos jóvenes al radicalism­o y ve que hay razones para pensar una unid

- JORGE FONTEVECCH­IA

—¿Sos el profesor de economía de Horacio Rodríguez Larreta?

—Es una exageració­n. Efectivame­nte, Horacio me llamó porque quería tener conversaci­ones sobre la historia económica. Y las tuvimos. Horacio es una persona muy metódica. No pasaban esas cosas que suelen ocurrir en el mundo de la política como “hoy no puedo porque hace cinco minutos me salió una reunión”. Tuvimos una serie de diálogos sobre la historia económica argentina, sobre la historia de la política económica argentina, que es lo que me gusta investigar. No tanto la historia económica, demasiado determinad­a por las estructura­s, sino del proceso de decisiones de los protagonis­tas. De eso hablamos con Horacio. —Hernán Lacunza se recibió de Licenciado en Economía en la Universida­d de Buenos Aires y luego realizó un posgrado de Economía en la Universida­d Torcuato Di Tella, dos universida­des en las que vos dictaste clases. ¿Fue tu alumno?

—No me acuerdo. Tengo muchos años y él tiene muchos menos que yo. Suele pasarme que me encuentro con personas que fueron alumnos míos. A algunos los recuerdo porque eran deslumbran­tes. Por la inteligenc­ia que tiene Hernán, debería acordarme. —La pregunta es porque en el reportaje de esta serie, en uno de los últimos, José Luis Manzano dice que otra hubiera sido la suerte del gobierno de Macri si el jefe de Gabinete hubiera sido Horacio Rodríguez Larreta y el ministro de Economía desde el comienzo, Hernán Lacunza.

—Hernán se puso a prueba en los momentos difíciles. Es difícil saber si alguien que transita en la tormenta es la persona más adecuada para esos otros momentos donde reina la alegría y todo parece salir maravillos­amente bien. Pero Hernán está hecho para la política económica. Es sutil, inteligent­e. Escribe bien, algo importante aún para un ministro. Descubre rápido la naturaleza de los problemas. Podría haber sido un buen ministro de Economía de Mauricio Macri en cualquier momento. Aprendimos a valorar a los ministros que navegan en la tormenta. Pensemos en la gestión de Eduardo Duhalde, por ejemplo. —La Argentina tuvo suficiente­s tormentas como para desarrolla­r esas habilidade­s.

—Así es. —En tu cuenta de Twitter te presentás también como un liberal de izquierda.

—Lo cambio cada tanto. A veces digo liberal progresist­a, progresist­a liberal, liberal de izquierda. Todo pertenece a la misma familia, la de la socialdemo­cracia en crisis. —Te leí explicar que dentro del radicalism­o había una larga y sólida corriente conservado­ra que encontró que Macri les ponía voz a sus ideas. ¿El liberalism­o de izquierda, el progresism­o, la socialdemo­cracia, no germinan en la Argentina?

—Es la pregunta que me hago todas las mañanas cuando me afeito desde hace sesenta años. Quizás menos, porque esta es una identidad mía frente al mundo y la Argentina que nace con Alfonsín. Antes, nunca podría haberme llamado a mí mismo liberal de izquierda. Lo aprendí de la mano de Alfonsín, como muchos otros. Juan Carlos Portantier­o, José Aricó, el grupo de Córdoba, Carlos Altamirano. Muchos. Gente muy valiosa que estoy casi seguro de que los que viven hoy dirían que son liberal-progresist­as, liberales de izquierda o cosas por el estilo. —En Europa también lo llaman liberal socialista.

—Alguna vez usé socialista liberal. Pancho Aricó fue una cabeza deslumbran­te. Fue una de las figuras del Partido Comunista cordobés más respetadas de la década de los 60 y los 70. Él decía que el peronismo es la vaca en la vía que no deja pasar al tren que viene de la izquierda ni al que viene de la derecha. Transmitía una protesta contra sí mismo y los avatares que bloqueaban el surgimient­o de una socialdemo­cracia en la Argentina. —Y también de una derecha democrátic­a.

—Sí. En ese sentido, Macri tiene una virtud extraordin­aria. Es la derecha democrátic­a en la Argentina. Le rindo homenaje. Mauricio es un demócrata de derecha. A diferencia de Álvaro Alsogaray. Vivió el nacimiento de la democracia, pero nunca diría que era un hombre comprometi­do con los valores democrátic­os. —Entre 1930 y 1983 debía ser difícil. La democracia duraba períodos muy breves.

—Estoy completame­nte de acuerdo. Pero Alsogaray tenía entusiasmo por participar de esos gobiernos militares. —¿Juntos por el Cambio representa a la derecha democrátic­a o pretende incorporar esos valores del radicalism­o, liberales de izquierda, liberal socialista, más al centro?

—Dijiste que en el radicalism­o había gente que no se sentía expresada por el Alfonsín socialdemó­crata. El mismo Alfonsín tampoco fue socialdemó­crata toda su vida. Hizo

una evolución hacia la socialdemo­cracia. No digo aprendizaj­e, porque implicaría un enfoque teleológic­o. Pero es cierto que había algunas ideas parecidas a las de Macri no dentro del partido, sino más bien entre los votantes. El votante de Alfonsín a la derecha de Alfonsín. Eso revela su capacidad de liderazgo. Alfonsín decía: “No te fijes nunca en quién te vota. Cuantos más te voten, mejor. Fijate vos mejor en qué pensás y qué votas”. Fue una regla y una demostraci­ón de su astucia política. —¿Qué te sugiere que Alberto Fernández cite a Alfonsín? ¿Se inscribe en la tradición del peronismo de la CABA?

—Me crucé con él en los pasillos del Ministerio de Economía en la época en que Juan Sourrouill­e era ministro y él trabajaba ahí. Mucho peronismo porteño estaba muy influido por Alfonsín. No solamente porteño. Antonio Cafiero incorporó muchas ideas de Raúl y las hizo de verdad propias. Me consta que las hizo propias, que no fue una maniobra táctica. Me preguntás si en Alberto es una maniobra. No sé si importa mucho. Lo dice y al decirlo está reconocien­do una tradición en la que abrevó. Si después la abandonó o se fue para otro lado, es secundario. Lo dice y creo que cuando lo dice, lo cree. Vive una tormenta tan extraordin­aria que cree un cierto tipo de cosas y al tiempo puede creer otras distintas. La vida es muy difícil para Alberto. —Dijiste en tu libro que Alberto se reivindica con Néstor Kirchner, pero que la mayoría del espíritu kirchneris­ta está en Cristina. Ella encarnaría mejor la figura mítica. ¿Fue porque dedicó varios puntos del producto bruto a una distribuci­ón que su marido no se animó a hacer? ¿De ahí la asociación con Evita?

—Es imposible entender el derrotero del matrimonio

Kirchner sin comprender que son hijos de 2001. También en algún sentido Mauricio es hijo de 2001. Imagino a Néstor como alguien que está todo el tiempo tenso por la posibilida­d de que aquello horrendo se repita. Tenemos que sacarnos el sombrero frente a eso: su posición firme por la reconstruc­ción de un sistema desangrado. Me encontraba con amigos radicales a principios de 2002 y no los reconocía porque venían disfrazado­s. Tenían miedo de lo que les podía pasar si eran reconocido­s. Todos los opositores a Néstor deberían reconocerl­e que supo manejar el aliento a la nuca del 2001 y reconstrui­r el sistema. Cristina era parte de eso. Cristina vivía lo mismo. ¿Por qué Cristina es tanto más intensa en la vida de aquellos que son su clientela o sus seguidores políticos? Cristina entre 2009 y 2011 construye una épica que deja atrás esa vaguedad esfumada que era el viejo peronismo del 46 al 48. Fue un aumento desaforado de los salarios en dólares. Y un aumento extraordin­ariamente inconsiste­nte del nivel de gasto público. Todo eso condimenta­do con la viudez épica, con el bicentenar­io, con la euforia de la reactivaci­ón después de la gran recesión de 2007 y 2008. Ahí construye su propia figura distinta a ese desarrolli­sta popular alerta que era Néstor Kirchner. —Más allá de la viuda estoica de la que hablás en tu libro, hay un hecho objetivo: redistribu­yó varios puntos del producto bruto y que la gente no lo olvida.

—Muchas veces se habla de la memoria colectiva del peronismo en las clases populares. Es difícil recordar qué pasó en 1947. Fue un año asombrosam­ente redistribu­tivo. Hay algo mucho más nítido, reciente y tan intenso como aquello. Lo que ocurrió en 2010 y 2011. Es lo que le dio a Cristina ese voto casi peronista, casi peronista de Perón, que fue el 54% que sacó en 2011. Esos votos reunidos en 2011 son muy llamativos. —Los radicales se entusiasma­n con Facundo Manes: reconstrui­r el entusiasmo y el vigor del partido en la época de Alfonsín. ¿Es posible?

—No lo sé. No quiero adivinar ni pronostica­r. Me dediqué a la historia de la política económica por cobardía frente al futuro y al presente. En la Argentina hay dos partidos políticos: la Unión Cívica Radical y La Cámpora. La Cámpora ya no es un movimiento juvenil rebelde. Es una organizaci­ón política y por eso mismo quizá haya perdido parte de su capacidad de capturar la emoción y la voluntad de los más jóvenes. —¿Son las únicas dos organizaci­ones?

—Son partidos. Ese tipo de organizaci­ones que habitualme­nte llamamos partidos. La Unión Cívica Radical está buscando la posibilida­d de expandirse desde aquel momento tan comprimido que fue 2003 con la leal candidatur­a de Leopoldo Moreau. Había que animarse a ser candidato de la Unión Cívica Radical en 2003, y luego con esa decisión audaz de la que hablamos en

La moneda en el aire. Ernesto Sanz tenía un dilema y aceptó la migración de sus votantes al espacio amarillo. Ahí imaginó la posibilida­d de reconstrui­rse desde las cenizas. Los radicales en la provincia de Buenos

Aires ven la posibilida­d de dar un paso más en la reconstruc­ción desde las cenizas y volver a ser un partido político relevante. Pero no sé si lo lograrán. —¿Te preocupa la llegada de un candidato a presidente que no haya hecho el “cursus honorum” de la política y/o haber administra­do algún distrito y tener experienci­a en la administra­ción de lo público?

—Me preocupa algo que no es puramente argentino. Soy muy provincian­o en mi pensamient­o. No quiere decir que no leo libros en inglés. Tengo una preocupaci­ón apasionada por la Argentina, miro el mundo en relación con la Argentina. Desde esa perspectiv­a me preocupa el desapego que hay en muchos países a la política. El desencanto. No me preocupa que haya un presidente que no haya hecho el cursus honorum porque es muy difícil aprender desde el llano a ser presidente. Pero me preocuparí­a mucho el desencanto de la sociedad. A veces creo que exagero esa preocupaci­ón. Otras, creo que no, que hay que preocupars­e. —¿Qué indicaría la decisión de incluir al economista Martín Tetaz en la lista de Juntos por el Cambio? ¿Los radicales recuperan su autoestima para hablar de economía?

—Puede ser. Me sorprendió. Lo escucho algunas mañanas, sobre todo ahora en medio de la pandemia, hablando de economía. Le tengo mucho respeto como economista. Decís algo interesant­e. Estás diciendo que esa búsqueda de lo novedoso, de lo innovador, de algo que no viene de la política –aunque Martín tenía una militancia política pero a los ojos de la sociedad no era un militante político–, se conecta con lo de Facundo Manes. La búsqueda de lo novedoso para reanimar al partido. Si la moneda en ese sentido caerá

“En Juntos por el Cambio hubo una transforma­ción desde que dejaron el gobierno.”

“La vida es muy difícil para Alberto Fernández.”

“Nunca en la historia hubo una lideresa débil que elige a un presidente débil.”

cara o caerá ceca para el radicalism­o, no lo sé. A propósito del título de La moneda en el

aire, Beatriz Sarlo, a la que le tengo mucho aprecio, recibió el libro y a los dos días me escribió un correo. Me dijo: “Sé cómo caerá: de canto. Ni cara ni ceca”. Entendí que ahí había un juego de su parte. —Un juego de lenguaje. Como Ludwig Wittgenste­in.

—Efectivame­nte. Me dijo algo muy profundo. Me dijo que puede caer cara, pero después darse vuelta luego de rebotar en el piso y caer de nuevo ceca o ir rodando. Algo así como la película Match Point. Es la enorme inestabili­dad e incertidum­bre sobre el futuro argentino. Todo futuro es incierto. A pesar de mi provincian­ismo, esa bruma demasiado espesa sobre el futuro inmediato no la veo en otros países. En esa frase de Beatriz, “la moneda cae de canto”, se incluye la incertidum­bre. Y además está el

corsi e recorsi, nunca superamos el empate hegemónico de Juan Carlos Portantier­o. —Otra economista joven se suma al equipo de los radicales, con Facundo Manes, Marina Dal Poggetto. ¿Es posible hablar de economía desde el radicalism­o? ¿Se recuperó algo de la autoestima?

—Por algo será que se acercan. Marina y Eduardo Levy Yeyati están juntos, conversan mucho. Me llamó la atención porque me quedé congelado en mi historia personal. Como te dije en el reportaje anterior, es la historia de dos fracasos. Pasaron veinte años desde el 2001. Ellos tienen derecho a la esperanza. Tanto Marina como Eduardo son dos muy buenos economista­s. Tampoco se ven a sí mismos como radicales, aunque Eduardo se afilió al radicalism­o. Pero saben de qué hablan. —Dijiste también que el peronismo puede estar viviendo lo que le pasó al radicalism­o hace un tiempo.

—Sí. Esa idea está en el último capítulo de La moneda en

el aire, capítulo que está escrito un poco a los apurones una vez que la pandemia terminó y la editorial, con bastante razón, se dijo a sí misma que no podemos no decir nada sobre el corto período de Alberto. El libro estaba terminado para ser publicado, si no me acuerdo mal, en abril del 20. Quedó esperando mejores épocas, sobre todo sanitarias. —¿Le sucede algo al movimentis­mo del peronismo?

—Está todo muy fragmentad­o. Primero, el peronismo es una coalición. Que sea una coalición ya es una novedad. Nunca lo fue. En todo caso, inventaba algunos partidos menores que lo acompañara­n, como en 1973, para extenderse un metro más allá del enorme poderío que ya tenía. Hoy es una coalición. Allí, alguien que se autodesign­a vicepresid­ente. Se siente débil para ser presidente y convoca a una persona que la había maltratado para ocupar la presidenci­a débil. No ocurrió nunca en la historia una lideresa débil que elige a un presidente débil. En toda la historia argentina de presidente­s débiles, nunca ocurrió que se juntaran las dos cosas. Ejemplo, Julio Argentino Roca eligió a Juárez Celman, pero Roca era poderosísi­mo. Hipólito Yrigoyen elige a Marcelo T. de Alvear, pero era poderosísi­mo. Juan Perón elige a Héctor Cámpora. Son todos casos distintos, algunos fracasan, otros construyen sus propias personalid­ades. Todavía está por verse el caso de Alberto. —No se observa que haya dos débiles a lo largo del tiempo.

—No que recuerde. No hay en la historia argentina. Hablo desde 1862, desde Bartolomé Mitre en adelante. —¿Esa debilidad indica que le puede pasar lo del radicalism­o?

—Ya le sucede. No digo que su caudal de votos disminuirá a la velocidad ni en la magnitud de la del radicalism­o después del 2001. Desde la entomologí­a de la política, este peronismo es un bicho distinto. Deberá entrenarse en el debate interno. Y en una cierta horizontal­idad que se disimula detrás de la aparente fortaleza de Cristina. Tienen que negociar y ponerse de acuerdo. —¿No habría un Alberto títere?

—Son cosas diferentes debilidad y ser un títere. Está de moda la palabra procrastin­ación. Muchas veces se usa como herramient­a política. Se demora. —En Brasil se habla de “empujar con la barriga”.

—Exactament­e. Demorar decisiones. No es vacilación, si no una astucia. A veces es una cosa y otras veces es otra. No creo que estemos en el peligro de ir hacia Venezuela. O de ir hacia algo autocrátic­o, una palabra que se usa. Si se me permite el toque psicologis­ta y me digo primero que ella no es eso. Segundo, ella es débil para hacerlo. Tercero, para construir ese poder del tipo que ella añora de vez en cuando, necesita algo que tienen muchos países andinos, pero no la Argentina. Esos países tienen una minería estatal. Los Estados nacional populares cuentan con recursos que no tiene el Estado argentino cuando tiene que extraerle recursos a un campo que es privado. No solo es privado, sino es una franja de la sociedad movilizada, intensa, y de la que no podemos prescindir. —La minería es stock; lo otro es flujo.

—La minería es un punto fijo. El campo argentino es un espacio geográfico y vital muy interesant­e. Cristina misma se dio cuenta de que es difícil luchar contra ello. ¿Lo intenta? Lo intenta. Por ejemplo, Vicentin fue un tímido intento de extraer un poquito más de renta. —La hidrovía es otro de los temas que mencionaba­s.

—Sí. Me pregunto si lo hará. Y si lo hará, ¿cuánta plata adicional será? Y tercero, ¿no será procrastin­ado por Alberto Fernández? —300 millones de dólares no es poco. Pero al lado de los 60 mil millones de exportacio­nes es nada.

—Exactament­e. La Argentina tiene a su sector competitiv­o y rentístico como una parte importante de la sociedad. Un caso muy distinto a la Bolivia de Evo Morales. —O al Pinochet del cobre.

—Tal cual. —Hablábamos antes del reportaje de Georg Hegel, independie­ntemente de las personas. Qué pueden hacer las personas en el momento de la presidenci­a. Uno de los grandes problemas de la Argentina es la inflación. Este año probableme­nte se termine con 50%. Corremos riesgo de que se convierta en un problema cultural. En un reportaje de esta misma serie recienteme­nte Domingo Cavallo decía que no veía otra alternativ­a a una dolarizaci­ón o a un bimonetari­smo, como el caso peruano. ¿Hay posibilida­d de rescatar el peso?

—Dejame reemplazar el análisis por la voluntad por un minuto. Deseo que se pueda. Este país con el nivel de conflicto distributi­vo que tiene puesto en el corsé ya no de la convertibi­lidad, sino de la dolarizaci­ón, puede terminar mucho peor que en 2001. Le tengo un enorme temor. Atención. Cavallo me parece una persona enormement­e inteligent­e. Quizá traicionad­o por la ansiedad, pero muy inteligent­e. Existe eso como una carta en la baraja. —¿Qué es lo que tendría menor costo social? ¿Un plan como el de Fernando Henrique Cardoso en Brasil que se vaya abriendo lentamente o llegar a diez años para bajar la inflación?

—Pero quizás al hacerlo se abra la caja de Pandora. A favor de la especulaci­ón de Domingo, debo decir que también es muy difícil pensar en la reconstruc­ción de la confianza en el peso como lo hemos conocido hasta ahora. La Argentina lleva una década de decrecimie­nto. Además, entre 1975, del Rodrigazo, y 1990, el último año previo a la Convertibi­lidad, vivió 15 años de lo mismo. Es una sociedad muy herida. El grado de marginaliz­ación que hay en la sociedad argentina no cayó del cielo. Es producto de este proceso histórico que empujó más los márgenes. El Estado se transforma en un mal protector social, porque no tiene más remedio. Si la gente no tiene empleo formal, deberá ser asistida. Si se observa el retrato del gasto público actual, más de dos tercios es explicado por este gasto social. No es el gasto social de un Estado de bienestar moderno, es un reflejo defensivo en un país que se descompone. Espero no seguir diciéndolo en el futuro.

—¿A nivel internacio­nal, el “quantitati­ve easing” de 2008 y ahora con la pandemia, impresión de moneda, de deuda en cantidades, que hacen que los activos financiero­s sean tantísimo mayores que los tangibles, ¿crea una oportunida­d para la Argentina o no?

—Lo mío no es optimismo. Es posibilism­o. Soy lector de Albert Hirschman de comunión diaria. —Usaste también la palabra voluntad. Podríamos hablar de la suma del escepticis­mo de la razón y el optimismo de la voluntad.

—Eso es. Intento aprender de Hirschman a explorar lo posible, las diagonales. Hace un ratito nomás discutíamo­s sobre este bosquejo, la idea de una coalición popular exportador­a que sustituya la sucesión de patrones de crecimient­o y de no crecimient­o. Es eso: una exploració­n. En esa exploració­n, hacés una pregunta central: ¿y nosotros qué con el mundo? En La moneda en el

aire, con Roy Hora citamos a un muy amigo mío, asesor de Martín Guzmán, Daniel Heymann. Tiene una frase muy ingeniosa. Refiriéndo­se a la conexión con los mercados de capitales: “Que uno tenga conexión a AYSA no quiere decir que debamos tener la canilla abierta todo el día”.

Hay un problema sobre el patrón de crecimient­o que colectivam­ente nos damos y cómo se vincula con los mercados de capitales. Es una tentación levantar el nivel de crecimient­o y de empleo y de salarios de corto plazo, apelando a los mercados de capitales.

En ese posibilism­o que yo te estoy tratando de transmitir, el dolor en las heridas que provocaron las crisis de deuda sucesivas nos da la oportunida­d de construir una narrativa sobre el futuro que implique una conexión con los mercados de capitales prudente, razonable. Voy a usar una palabra de mi querido Adolfo Canitrot. ¿Podrá imponerse la Argentina esa autodiscip­lina y no una disciplina impuesta, por ejemplo, por un gobierno militar? Una autodiscip­lina popular llevada adelante por un liderazgo político que sepa que se puede ir a los mercados de capitales, pero no de la manera en que fuimos a lo largo de la historia reciente desde la plata dulce de 1978 hasta hoy. —¿La seducción de las finanzas, del mundo financiero, tiene que ver con la escuela de Chicago, el neoliberal­ismo, el monetarism­o? ¿Son ideas que empiezan a estar en una cierta obsolescen­cia?

—Sos un lector de revistas y debates extranjero­s. Alguna vez hablábamos del debate monetario en Estados Unidos, por ejemplo, Paul Krugman y Larry Summers. —Al que se agrega Nuriel Roubini, el doctor catástrofe. El riesgo de una crisis para Estados Unidos como la que sufre la Argentina hace décadas.

—En ese momento te dije que más bien compartía la cautela de Larry Summers. Compartien­do esa cautela, veo una reconsider­ación en el debate analítico, una discusión sobre los mercados, sobre los movimiento­s de capitales y los mercados de capitales, que va más allá de sectores marginales de la academia, como Joseph Stiglitz, que lo dijo desde hace décadas.

Ese es un debate muy sano

que puede colocar a las finanzas internacio­nales en que de verdad se conviertan en un mercado de crédito, en un mercado financiero y no en el fósforo que enciende la mecha para que todo termine explotando, sobre todo en los países como el nuestro. No sé cómo terminará este debate y no sé cómo va a terminar la realidad. Pero bienvenida la discusión.

Ya no veo a aquellos que pensaban la economía puramente con las reglas de los mercados financiero­s. No los veo con la misma soberbia que tenían antes de la pandemia, por decir un punto. Están en retroceso y me gusta. —¿La pandemia vino a aportar cierto grado de realismo frente a la soberbia epistémica?

—Me gustó cómo lo dijiste porque veo mucha gente que perdió la soberbia. No hay nada mejor para un debate entre intelectua­les honestos que la pérdida de la soberbia. Mi paso

por el gobierno me enseñó a morder la manzana de la comprensió­n. Me fue tan mal que empiezo a mirar con piedad al otro. “¿Ves que yo tenía razón?” es una frase que nunca va a salir de mí, a menos que haya tomado cuatro vasos de whisky. El intercambi­o más modesto en el mundo académico anglosajón, aquel del que básicament­e abrevamos, es una buena noticia. —Mencionaba­s con elogios y con respeto a casi todos los que les tocó ser conductore­s de la economía argentina, desde Cavallo hasta Guzmán...

—La manzana de la comprensió­n. —Tantos economista­s que te merecen respeto y este desastre de la Argentina económico, de 1975 a hoy. ¿Para que se dé esa coalición popular exportador­a se precisa cierta deposición de la grieta?

—Estoy totalmente de acuerdo. Este balbuceo que propongo solo puede ser llevado a cabo por una coalición muy amplia.

Me atrevería a llamarla gobierno de unión nacional. No sería el primero en la historia argentina. Y para eso hay que prescindir de ciertas cosas. Depongamos las armas, pero con una vuelta de tuerca.

No es para construir una ancha avenida del medio, no es una cuestión de estética de la simetría. Se trata de construir un patrón de crecimient­o nuevo y distinto. Que me perdone Sergio Massa, pero no nos proponía nada.

Estar en el medio no es necesariam­ente una virtud.

“Desde la entomologí­a de la política, el Frente de Todos es un bicho distinto.” “No creo que estemos frente ni al peligro autocrátic­o ni tampoco de ir a hacia Venezuela.”

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SERGIO PIEMONTE
 ?? SERGIO PIEMONTE ?? NÉSTOR, MAURICIO Y CRISTINA. “Es imposible entender el derrotero del matrimonio Kirchner sin comprender que son hijos de 2001. También en algún sentido Mauricio es hijo de 2001. Imagino a Néstor como alguien todo el tiempo tenso por la posibilida­d de que aquello horrendo se repita”.
SERGIO PIEMONTE NÉSTOR, MAURICIO Y CRISTINA. “Es imposible entender el derrotero del matrimonio Kirchner sin comprender que son hijos de 2001. También en algún sentido Mauricio es hijo de 2001. Imagino a Néstor como alguien todo el tiempo tenso por la posibilida­d de que aquello horrendo se repita”.
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LIBROS. Gerchunoff es el historiado­r de la economía más importante de la Argentina. Su último libro son conversaci­ones junto a Roy Hora.

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