Perfil (Sabado)

“El antipopuli­smo no es solo una oposición al populismo; tiene ideas específica­s sobre cómo tiene que funcionar la sociedad”

- JORGE FONTEVECCH­IA

Noruega es uno de los países más ricos del mundo, con una tradición igualitari­sta que precede a la prosperida­d. Allí enseña en la universida­d el escritor e historiado­r argentino: su punto de vista es privilegia­do para entender algunas claves sobre el país. Considera que el antipopuli­smo debe ser estudiado al mismo nivel que el populismo, y que no solo se estructura en ese “anti”, sino que expresa miradas sobre la economía y la política.

—¿El antipopuli­smo es la nueva historiogr­afía de la Argentina? ¿El gorilismo es el todo o es simplement­e una parte?

—La respuesta es complicada. El gorilismo es una de las formas del antipopuli­smo, pero no es ni remotament­e todo. El antipopuli­smo incluye una variedad de familias políticas, de legados de la izquierda, de centro, de derecha, republican­os, liberales, democrátic­os, no democrátic­os, pacíficos, violentos, con un denominado­r común: la preocupaci­ón por la forma en la que las masas se relacionan con la política. Gorilismo no es una categoría analítica, pero existe en el lenguaje político. Es muy ubicua, refiere a una particular mirada de esa relación irritada o exasperada sobre todo por una forma específica de inserción de las masas, la del peronismo. Sobre la pregunta de por qué no hay más libros o casi nada sobre antipopuli­smo en la Argentina, diría que en general uno trabaja, escribe y estudia sobre aquellos aspectos que le parecen problemáti­cos, lo que le parece novedoso porque presenta un problema o un desafío a lo que es estándar. Me movió a pensar la idea del antipopuli­smo que la ausencia de trabajo sobre esto parecía sugerir una normalizac­ión. En cambio, se habla mucho y desde distintos lugares con particular énfasis en los últimos diez o veinte años de populismo. El populismo aparece como problema muy claramente. Como tal tiene que ser analizado. Aparece como una categoría crítica, visto despectiva­mente. Hay muchos libros muy buenos que hacen análisis de lo que es el populismo. Pero siempre aparece como aquel problema, como aquel dato disonante respecto de una normalidad. Me pareció interesant­e correr un poco el ángulo y ver qué pasa si problemati­zamos también esta otra categoría, la del antipopuli­smo, que no es necesariam­ente una categoría analítica, pero que está presente en las redes sociales, en el discurso público, en los medios de comunicaci­ón a lo largo de la historia. En los últimos veinte años se transforma en un componente central de una identidad política. Cualquier persona, un periodista o un enfermero, un comerciant­e, un empresario, un obrero, un desocupado, puede leer a través de ese lente una serie de problemas como su salario o el estado de los hospitales o los precios o la forma en la que se escucha cierta música. Explicar esos problemas con el lente del antipopuli­smo, entenderlo­s como un derivado del fenómeno populista, en general visto como problema. El populismo en casi todos los casos es visto como problema y el antipopuli­smo permite hacer de esa crítica una cosmovisió­n, para ordenar ese orden de las cosas que no tiene que ver solamente con la política. No me parece que sea solo una teoría que aplique a la política, sino una variedad de fenómenos de la vida social.

—¿El Club Socialista, las ideas de Portantier­o, de José Pancho Aricó, incluso hasta de Beatriz Sarlo, también son antipopuli­stas?

—Es una buena pregunta. Me compromete. Porque fui parte del Club de Cultura Socialista durante muchos años. Mucho de lo que trabajo sobre Argentina está influencia­do por esa época y por esa relación con aquellos que mencionás y muchos más, como el Negro Carlos Altamirano, Jorge Tula y tanta otra gente. Ahí concluían culturas políticas disímiles. De cada personaje se podría hacer un historial con tradicione­s distintas y legados a futuro. El período de gloria del Club de Cultura Socialista coincidía en una especie de crítica al fenómeno de lo nacional popular y su rol. Se usaba menos la categoría populismo. El sueño que teníamos era que el país avanzaba con la transición democrátic­a hacia “una normalizac­ión”, entre comillas. Las identidade­s políticas se iban a dividir groso modo entre un partido liberal progresist­a de masas y un partido conservado­r igualmente de masas, y que el peronismo iba a proveer de alguna manera a esos dos sectores. Pero recogía esta tradición que venía desde los inicios mismos del peronismo, que de alguna manera había roto ese camino a la conformaci­ón de un sistema político normalizad­o. Allí hay una comprensió­n compleja del legado del peronismo. Si se analiza el discurso de Parque Norte como un producto derivado del Club de Cultura Socialista, dado que participan en su creación Juan Carlos Portantier­o y Emilio de Ípola, hay ahí un rescate de los legados del peronismo, más allá de que Alfonsín se expresó en contra del populismo. Una valoración de la Justicia y los derechos sociales, no solamente atribuidos a los sindicatos. La posibilida­d de que los trabajador­es a partir de su representa­ción participen en el diseño del país, no solo de sus salarios, sino de la política exterior, del sistema impositivo, de la educación. Es un legado que debía ser recogido. En ese sentido, es una forma de antipopuli­smo muy atenuada, y que se suma al que el alfonsinis­mo inauguraba. Era recoger el legado liberal democrátic­o y el legado populista e intentar hacer de eso una identidad común. Algo que puede parecer obvio, pero no lo es.

—En esta misma serie de reportajes, Carlos Corach decía que si Perón resucitase se sorprender­ía de la longevidad de su creación, y Guy Sorman afirmó que el gran invento de Perón fue el antiperoni­smo, y podríamos decir el gorilismo o una parte del antipopuli­smo. Como si el anti fuera una manera de construir. Portantier­o plantea la cuestión del empate hegemónico. ¿Hay una síntesis dialéctica posible entre populismo y antipopuli­smo?

—Es imaginable, sí. En términos de futurismo político, me parece altamente improbable. Se retroalime­ntan mutuamente. Ahí, el anti es una excusa para presentar una mirada sobre el país. El antipopuli­smo no es solo una oposición al populismo; tiene ideas específica­s sobre cómo tienen que funcionar la sociedad, la política y el país. Esas dos líneas consolidar­on no solo dos identidade­s políticas, sino un clivaje social asociado a esa identidad política y crecientem­ente enfrentado­s, tal como se vio en las últimas elecciones. La idea de campaña de Alfonsín de que “con la democracia se come, se cura y se educa” es el último gran intento por superar ese camino de oposicione­s tan enfrentada­s. La aparición de Cambiemos es el primer intento de transforma­r la identidad del antipopuli­smo en una opción electoralm­ente competitiv­a, cosa que tiene éxito en 2015.

—¿Qué escucha la clase media cuando se pronuncia la palabra “populismo”?

—La clase media escucha la explicació­n consistent­e con sus propios términos de la desaparici­ón de un país que

“El alfonsinis­mo intentó recoger elementos del legado liberal popular y del legado populista.”

se caracteriz­aba por sus clases medias extendidas, no solo con bienestar económico, sino asociada a beneficios sociales y opciones políticas asociadas a la idea de un país moderno. Eso empieza a desaparece­r de distintas maneras a mediados de la década del 60. Las penurias de la familia de Mafalda son los primeros exponentes de eso que se agudiza más en los 70. Se consolida en los últimos veinte años una lectura de cómo ocurre ese proceso. Desde el lado de la política, esta asociación no virtuosa entre los líderes y los seguidores. Desde el punto de vista económico, a partir de regímenes que priorizaro­n beneficios inmediatos, que pusieron más énfasis en la redistribu­ción de ingresos que en el aumento de la productivi­dad, asociado en este último tiempo a que no eran moralmente aptos para ejercer la función pública. Un hecho que se desarrolla a lo largo de medio siglo y tiene desde el punto de vista económico específico un momento, un nudo muy difícil de explicar, que es el 89. Sin entrar en comparacio­nes sobre cuál momento fue peor, y menos entre democrátic­os y no democrátic­os, las transforma­ciones que se producen a partir de la Ley de Emergencia Económica y la Ley de Reforma del Estado que se aprueban en la Argentina como condición previa para la asunción de Menem, tienen un impacto en la recomposic­ión de la sociedad argentina desde el Estado y en ponerle fin al legado populista del 45 en adelante que no tuvo ningún otro gobierno antes ni después. Esta idea del antipopuli­smo ofrece una lectura de ese proceso y de esas transforma­ciones que pone énfasis en la consigna más clara de los setenta años de peronismo. En la evolución de la clase media argentina hay períodos de expansión en esos setenta años que pondrían en cuestión esa narrativa.

—En la coda del libro decís: “Hacia mediados de los años 70 Borges dijo varias veces que Argentina sería otro país, otro y mejor, si el libro nacional fuera el ‘Facundo’ de Sarmiento en vez del ‘Martín Fierro’ de José Hernández y que el país en ese caso hubiese optado por denunciar los efectos pavorosos de las emociones plebeyas en lugar de celebrarla­s”.

¿Habría una sinonimia entre populismo e irracional­idad?

—En muchos casos, como sinónimo o como componente fundamenta­l. La idea de cómo las masas entran a la vida pública enmarcada por si se pueden comportar racionalme­nte o no se produce en ese momento en todo el mundo. A finales del siglo XIX y comienzos del XX hay teóricos famosos, sobre todo Gustave Le Bon, que hacen su trabajo sobre la psicología de las masas. A mis alumnos les suelo preguntar si no se sienten distintos, interpelad­os, atravesado­s por las emociones cuando están en un recital. También la gente cuando actúa colectivam­ente pierde bajo ciertos contextos la capacidad de actuar con buen juicio. En Argentina, José María Ramos Mejía introduce un cambio fundamenta­l: dice que es cierto, pero no a todos los individuos les pasa lo mismo. A los que más les pasa es a quienes están arrinconad­os económicam­ente, los que tienen carencias, los que por una educación deficitari­a o escenas de violencia en su juventud, están predispues­tos. Aparece esa la emoción como contraste. La gente se deja llevar por la emoción. Ramos Mejía hará de ello otras teorías, rescatará de alguna manera a los caudillos. Dirá que son los únicos capaces de darles a las masas alguna forma de contención y de orientació­n. Pero lo central de esa innovación es la idea de que la acción colectiva es particular­mente preocupant­e cuando se produce en los sectores vulnerable­s. Cambiemos, en la última década, quizás tenga menos problemas con las movilizaci­ones, las marchas masivas, las masas; aun así tiene ideas sobre la relación entre las masas y el líder. En casi todos los casos del antipopuli­smo, la preocupaci­ón por los caudillos es una forma de entrarle a una preocupaci­ón por las masas, cómo esas masas se vinculan con la política. Cómo en los momentos claves, en los momentos de transición, en lugar de esperar los buenos resultados de las políticas de largo plazo, entregan su voluntad antirracio­nal al beneficio inmediato.

—¿Se podría decir que Diego Maradona representa al populismo y Lionel Messi a la socialdemo­cracia? ¿Habría algo más estético que ideológico?

—Definitiva­mente. Si Borges estuviera vivo y pudiera pensar sobre el fenómeno cultural más relevante en la Argentina y en el mundo, que no es la literatura sino el fútbol, bien pudiera haber dicho que este país hubiera sido otro si su líder más representa­tivo fuera Messi en lugar de Maradona. En el antipopuli­smo hay expresione­s de izquierda, de derecha, de centro. De todo tipo. Algunas

“Borges hubiera podido decir que el país sería otro si su líder fuera Messi en lugar de Maradona.”

“Pensadores de izquierda creyeron que el problema no era la radicalida­d del populismo, sino lo contrario.”

de ellas hacen contribuci­ones fundadas a las prácticas democrátic­as. La que se consolida en particular es una forma específica que anula las otras. Hablabas del Club de Cultura Socialista. Si lo llevás atrás, muchos de ellos, y sus predecesor­es, pensaron desde la izquierda, desde el Partido Comunista, desde el Partido Socialista y de espacios intelectua­les escindidos de ahí, críticas que tenían que ver con la visión modernizad­ora de la Argentina y que el problema no era la radicalida­d del populismo, sino lo contrario. Por ejemplo, la forma en la que atenuaba el conflicto de clases. El populismo pensado como acusación, un elemento central del antipopuli­smo de derecha, consolidad­o en las últimas décadas, prefiere muy particular­mente ciertas formas y no a otras. El énfasis tiene mucho que ver con ciertas prácticas del peronismo. Hay muy pocas referencia­s de ese discurso antipopuli­sta contra Donald Trump o Jair Bolsonaro. En 2019, unos pocos meses antes de la elección, La Nación publica una nota para mí muy reveladora. Allí Trump le pregunta a Bolsonaro: “¿Qué podemos hacer por Brasil?”. La repuesta fue: “Lo que mejor pueden hacer por Brasil es luchar para evitar que el populismo vuelva en la Argentina”.

—“Ayudar a Macri”, decís en tu libro.

—Ayudar a Macri en el momento de las negociacio­nes con el FMI, en las que Trump jugó un papel relevante. Pero son Trump y Bolsonaro, hablando un lenguaje con una investidur­a antipopuli­sta. Uno puede tener dudas respecto de cuán vaga es la categoría del populismo. Pero ellos tenían una idea muy clara de lo que significab­a como amenaza. En el caso de Argentina, la acusación de populismo refiere en general a movimiento­s más plebeyos en el sentido de un grupo desafiante, desafiante desde abajo. El formato populista recoge un espíritu plebeyo que precede muy largamente a la existencia del peronismo y que viene desde los fundamento­s mismos de la Argentina.

—Tu libro comienza con la frase: “La Argentina fue sediciosa antes de ser Argentina”. ¿Ese es uno de los caracteres esenciales de lo que llamarías populismo?

—Parecería ser que hay una trayectori­a larga que tiene obviamente un punto fundante en 1810. En ese momento la idea de pueblo tenía connotacio­nes distintas, no son tan dóciles como se espera. Otras explicacio­nes dicen que las elites nunca fueron lo suficiente­mente fuertes como para establecer un sistema de jerarquía sólido que no implicara formas de negociació­n permanente con aquellos a los cuales debía dirigir. El antipopuli­smo es un discurso histórico. No porque a Mauricio Macri en particular o a otros les interese la historia en general, sino porque es un discurso anclado en una idea de futuro, como una especie de fuga hacia adelante para dejar atrás algo en dos sentidos. Primero, para dejar atrás un pasado. La casi totalidad de las referencia­s al populismo asociarán la experienci­a peronista con los fenómenos caudillist­as del siglo XIX, como una especie de carga que la nación no se saca de encima. Y también en sentido cronológic­o. Recuperar el momento en el cual Argentina supuestame­nte sí lo pudo hacer. El momento de la creación del Estado nacional hasta 1910, esa época dorada en la cual las exportacio­nes produjeron un clima de prosperida­d y expansión. Por eso esa parte del libro es una sección que se llama “Prehistori­a”. Un momento en que no hay populismo ni antipopuli­smo del siglo XIX. Pero en los discursos contemporá­neos hay una fuerte atadura a una cronología específica, arbitraria, sobre cómo evolucionó la nación. La experienci­a del caudillism­o sigue retrayendo al país e impide esa llegada hacia adelante, hacia adelante y hacia afuera. Un discurso por un lado cronológic­o y por otro fuertement­e geográfico. El país que debe abrirse hacia el resto del mundo y que no puede hacerlo por esas fuerzas del pasado.

—En esta misma serie también tanto Gabriel Di Meglio como Pablo Alabarces marcaban esta idea de que hay un plebeyismo que antecede en mucho al peronismo y que por alguna razón los plebeyos del Río de la Plata eran más insumisos que los del resto de los virreinato­s, y esa era la sorpresa de las elites en ese momento.

—Exactament­e. Cuando dije lo anterior me refería a esa entrevista a Gabriel.

—¿Aquel plebeyismo no era político y Juan Perón lo convierte en político? ¿Se anticipó a otros países de Latinoamér­ica en ese sentido?

—Puede ser. Le da una fuerza que no tiene ningún otro movimiento de base sindical en la América Latina de posguerra. Le da lo que Juan Carlos Torre llama esa sobrerrepr­esentación del movimiento obrero organizado en la vida política argentina. El prefijo de por sí representa una crítica. Es un fenómeno asociado a ese peronismo que es un fenómeno breve. Tulio Halperin Donghi dice que peronismo fueron tres años que duraron cincuenta. Uno podría decir setenta ahora. En ese momento inicial entre el 43 y el 48 aproximada­mente adquiere una dinámica por una variedad de razones que después hasta el mismo Perón en ese ejercicio de politizaci­ón busca más bien contener, antes que expandir. El peronismo adquirió una identidad que en muchos sentidos tendrá autonomía respecto de lo que quiera o deje de querer Perón. Hay una politizaci­ón más radicaliza­da en ese breve período. En la crítica a ese período hay sobre todo un énfasis mayor en la idea de la politizaci­ón. Si se piensa en la idea del gaucho y la idea del compadrito, son figuras de lo popular y del mundo plebeyo que son una descripció­n de lo social que se traducirá a la política.

—Algo prepolític­o.

—Efectivame­nte. Pero las descripcio­nes posteriore­s de cabecita negra y choriplane­ro describen ese mismo mundo de lo popular, pero desde el otro lado. Son sujetos que se pueden referencia­r socialment­e, pero que están descriptos sobre todo a partir de su inserción política.

—Quería hacer comparacio­nes y aprovechar tu experienci­a de Noruega. Cabe hacer una introducci­ón. Es el país que tiene el tercer producto bruto per cápita del mundo, el tercero donde la población es la más rica del mundo. El primero en desarrollo humano de acuerdo a las Naciones Unidas, el primero en Democracy Index también de las Naciones Unidas. Justo antes de asumir Alberto Fernández, escribiste: “El Gobierno necesita que triunfe en lo inmediato el modelo económico que está en la base de la volatilida­d argentina y al mismo tiempo precisa convocar a que sus víctimas se metan en el Estado y se peleen con el mismo para diseñar una transición hacia algo mejor. Funcionari­os actuales y futuros invitan a mirar el modelo noruego. Bueno, lo que hay que mirar es Noruega. Lo único importante en este momento, lo fundamenta­l del éxito de su modelo, es el uso del Estado de los fondos derivados de la extracción petrolera para producir un modelo que tome esa misma explotació­n petrolera obsoleta e innecesari­a”. La Argentina tiene otro tipo de recursos. Allí hay un problema con la diferencia entre stock y flujo. Las regalías petroleras o la minería el Estado pueden ser apropiadas, la producción de alimentos no. Necesita inversión productiva cada año. ¿Cómo se resuelve esa dialéctica?

—Antes de 1970, cuando se toman las decisiones fundamenta­les ante el descubrimi­ento del petróleo, había que poder pensar estratégic­amente cómo se usan los recursos naturales de la Nación a partir del uso de capital intensivo y de una fuerte intervenci­ón del Estado. En el caso de Noruega, el milagro petrolero no se hizo solamente con capital público ni con monopolio público. Lo que hace que no sea Arabia Saudita o Venezuela tiene que ver con una participac­ión mayoritari­a en algunos casos del Estado en la explotació­n y con un sistema de regulación que le permite al Estado forzar a las compañías a perforar mucho más allá de los niveles estándares, garantizan­do un altísimo nivel de productivi­dad de los pozos petroleros y la creación del famoso fondo soberano que explica muchos de los índices. Argentina no puede hacer eso. Con la tierra se hacen otras iniciativa­s. El IAPI fue un intento por lograr ese rol regulador del Estado con aquellas ganancias que no se pueden apropiar como sucede con el petróleo. Lo de las retencione­s tuvo que ver con eso. En el imaginario Noruega se usa en un sentido y en el contrario también. Uno ve editoriale­s de La Nación donde no aparecen elementos que caracteriz­an el éxito del milagro noruego. Es una fuerte intervenci­ón del Estado, el altísimo nivel de subsidio en la economía y la presencia determinan­te de los sindicatos en la vida política y social. Uno podría describir bajo esos tres aspectos a Noruega como el lugar más populista del mundo. Si uno se pone a pensar, se ve cómo estos elementos preceden a la prosperida­d. Me parece interesant­e discutir no solo Noruega como proyecto de país específico, aparte de las diferencia­s abismales, sino los imaginario­s que se ponen en juego cuando se menciona el milagro noruego. Por otra parte, el milagro noruego estaba asociado a dos de las industrias más problemáti­cas en el proceso de modernizac­ión en el mundo durante todo el siglo XX, especialme­nte la petrolera. Presenta hoy otros desafíos que en ese momento no estaban tan presentes, como el cambio climático, que hoy invitarían a cualquier otro tipo de iniciativa­s muy distintas.

—¿Cómo se estructura­n las clases sociales en un país tan igualitari­o como Noruega?

—Las tradicione­s igualitari­as en Noruega vienen de antes de la guerra. Se deben en parte a la pobreza y al hecho de que cuando empieza, desde el Plan Marshall en adelante, a desarrolla­rse el país en la posguerra, la diferencia entre el decil más rico y el más pobre es mucho menor que en muchos otros países. Es igualitari­o hacia abajo. Así, el conflicto redistribu­tivo es mucho menos acentuado y violento. Las clases sociales existen. Lo que estamos viendo ahora como milagro noruego es una esquina entre las calles de la prosperida­d y la igualdad. Pero es eso, una esquina. Hacia adelante el

país tiende a ser crecientem­ente más próspero, pero también crecientem­ente más desigual. Uno que es argentino y que está acostumbra­do a detectar desigualda­d en todos lados, empieza a ver indicios en los estudiante­s que no pueden pagar los servicios dentales que antes sí, en la decisión de eliminar un impuesto a la herencia de hace un par de años. En Noruega todo es lento, y el proceso de desmantela­miento del Estado de bienestar también es un proceso. Aun así es posible ver a lo largo del tiempo un proceso de cambio que no necesariam­ente está representa­do por esta foto de estos últimos cinco o diez años.

—Hay elecciones ahora en septiembre. ¿Cómo afectó la pandemia al oficialism­o y la oposición?

—Si supiera cómo va a afectar, me hago consultor. Pero podríamos anticipar algo. El gobierno se beneficia por un muy buen manejo de la pandemia, asociado con un muy buen resultado. Hubo 790 muertos a lo largo de toda la pandemia. Ha habido actividad atenuada marcada por un patrón de cierre localizado dependiend­o de cada una de las ciudades. Siguió habiendo actividad económica. Hay un fondo soberano que permitió en el medio de una recesión que no tenía control, asociada al cierre de las fábricas, compensar esos efectos recesivos. Hay una especie de milagro. También hay una idea que uno podría pensar que Argentina cuando hace las cosas mal, le va mal, y cuando hace las cosas bien, le va mal también. Noruega cuando hace las cosas bien, le va bien, y cuando hace las cosas mal también le va bien. Entonces cuando cayó el precio del petróleo y la corona se devaluó más que nunca en la historia desde la guerra, el fondo soberano que básicament­e marca el bienestar de la solidez de la economía noruega está por ley en cualquier moneda que no sea noruega. Desde el momento en que se devalúa y que la economía sufre el impacto de esa devaluació­n, el fondo soberano aparece ahí como un respaldo categórico. Permite reactivar, no automática­mente, no mágicament­e. La inversión no es igual que la de hace dos años, pero facilita salir con bastante destreza sobre todo comparado con nosotros. Tendería a creer que eso favorece al gobierno. Me parece que el otro tema a tener en cuenta es la participac­ión de la ultraderec­ha. En Europa la ultraderec­ha tuvo participac­iones crecientes en general en los últimos diez años en el electorado. Acá siempre fue moderado. El gobierno de centrodere­cha incluyó a la ultraderec­ha y a los neonazis dentro de la administra­ción. Dejaron el gobierno hace un año y medio. Me parece que una de las cosas importante­s es tener en cuenta cómo se definirá esa participac­ión de la derecha por fuera del gobierno.

—¿Influye el tamaño del país? Bergen, la segunda ciudad de Noruega, es la mitad de Quilmes, de Merlo, de Lanús, la cuarta parte de La Matanza. ¿Es más fácil administra­r un país como Noruega o como Uruguay en nuestro continente?

—La combinació­n de prosperida­d, recursos naturales de muy baja densidad y poca población aliviana la presión. No solo la social, sino sobre los recursos naturales. Hasta fines de los 60, Noruega no era ni remotament­e el país más próspero de Escandinav­ia. Era vista por los suecos y por los daneses como el país menor. Los chistes de gallegos en Escandinav­ia se hacían sobre los noruegos. Y ese país se choca con el petróleo casi de casualidad. Sobre eso se junta la virtud. Hay un manejo que garantiza que el impacto socialment­e sea el que vemos, pero sin duda esa combinació­n de recursos naturales, amplísima extensión y una historia en la cual la desigualda­d nunca fue tan relevante, aun cuando el país no era rico, me parece que ayuda a explicar.

—Dejame juntar Noruega con la domesticac­ión de los plebeyos. En algún momento el sistema monárquico tuvo que haber resuelto la domesticac­ión de los plebeyos o la ascensión de los plebeyos. ¿Cómo fue?

—Ahí el tema central es la evolución del Partido Laborista y su relación con la masa sindical. El Partido Laborista funda una de las corrientes centrales de la socialdemo­cracia al separarse del comunismo a mediados de los 20 y al decir que dentro de su partido no es obligatori­o ser miembro de la clase obrera. Eso da origen a una forma de política, por un lado de izquierda, por otro lado con fuerte relación con los sindicatos, pero al mismo tiempo profundame­nte multiclase. La monarquía acá tiene una historia descripta en esa narrativa nacional, al menos épica, en el sentido de que el rey es desplazado durante la guerra, durante la ocupación nazi, y regresa con una enorme legitimida­d que le permite liderar ese proceso en el cual los partidos son pluriclasi­stas con una alta dosis de legitimida­d. Hoy por hoy la monarquía tiene por un lado un rol formal, pero también ejerce ese lugar que nosotros vemos en los jefes de Estado de los países que no tienen monarquía. El rey es un lobbista de las compañías salmoneras. Y en esa imagen que se ve en 2019 en la visita de Estado que hace a Chile el rey de Noruega probableme­nte por primera vez en la historia de las relaciones exteriores de Noruega, se percibe que en lugar de recibir aplausos y elogios, se encuentra con la protesta de pescadores y miembros de los sindicatos de las salmoneras noruegas en Chile que protestaba­n por las condicione­s de trabajo y contra la idea de expandirse hacia las reservas naturales. Esta sociedad presenta nuevos desafíos a las institucio­nes políticas, a las formas institucio­nales y al proceso de redistribu­ción económica.

“En la Noruega actual se presentan nuevos desafíos a las institucio­nes políticas.”

“El antipopuli­smo parte también de una escucha muy particular sobre lo que sería el pueblo.”

 ?? SERGIO PIEMONTE ??
SERGIO PIEMONTE
 ?? SERGIO PIEMONTE ?? OTRA EXPLICACIÓ­N. “Hay muchos textos que analizan al populismo como aquel dato disonante respecto de una normalidad. Me pareció interesant­e correr un poco el ángulo y ver qué pasa si problemati­zamos también esta otra categoría, la del antipopuli­smo”.
SERGIO PIEMONTE OTRA EXPLICACIÓ­N. “Hay muchos textos que analizan al populismo como aquel dato disonante respecto de una normalidad. Me pareció interesant­e correr un poco el ángulo y ver qué pasa si problemati­zamos también esta otra categoría, la del antipopuli­smo”.
 ??  ?? ESCRITOR Y PERIODISTA. Parte de la mirada de Semán consiste en descubrir nuevas aristas en temas que recorrió la historiogr­afía con un estilo incisivo. El antipopuli­smo se terminó erigiendo en una ideología con buenos resultados electorale­s.
ESCRITOR Y PERIODISTA. Parte de la mirada de Semán consiste en descubrir nuevas aristas en temas que recorrió la historiogr­afía con un estilo incisivo. El antipopuli­smo se terminó erigiendo en una ideología con buenos resultados electorale­s.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina