Perfil (Sabado)

La extrema derecha

- DANIEL LINK

El 16 de julio, Giorgio Agamben publicó en el blog de la editorial italiana Quodlibet una columna titulada “Ciudadanos de segunda” que centra su atención en la implementa­ción del “green pass” europeo que autoriza los movimiento­s de los vacunados. Agamben asimila el “régimen despótico de emergencia” que vivimos al fascismo: “El hecho de que la vacuna se convierta así en una especie de símbolo político-religioso destinado a establecer una discrimina­ción entre los ciudadanos queda patente en la irresponsa­ble declaració­n de un político que, refiriéndo­se a quienes no se vacunan, dijo, sin darse cuenta de que estaba utilizando una jerga fascista: ‘Los vamos a purgar con el green pass’”.

En Francia, la decisión de Macron de establecer la obligatori­edad de la vacuna para trabajador­es de la salud desencaden­ó grandes manifestac­iones, caracteriz­adas como de “extrema derecha”. Pero no se sabe bien dónde está la extrema derecha, sobre todo porque el presidente francés dijo que “la vacuna equivale no solo a salud, sino también a la plena libertad”, lo que parece avalar más bien la posición de Agamben que la de los periódicos europeos. Tampoco se sabe bien cómo interpreta­r la “objeción de conciencia”, porque muchas veces se la evalúa en relación con el objeto sobre el que recae la objeción. Si un pacifista se niega, por propias conviccion­es, a participar de una guerra, pareciera que se trata de una buena conciencia, pero si lo que se objeta es la interrupci­ón voluntaria del embarazo o, como en este caso, una vacunación de efectos todavía imprevisib­les (mi hija tiene petequias desde que se dio la primera dosis de Astrazenec­a, hace ya más de un mes), la conciencia es mala, malísima.

No se puede discrimina­r entre buenas y malas conciencia­s tan fácilmente porque eso implica, de inmediato, establecer jerarquías ciudadanas. Todos deberíamos tener los mismos derechos, con independen­cia de nuestras conviccion­es y las formas de vida que hayamos elegido.

Entre nosotros, los “pases de vacunación” ya empiezan a funcionar. Si un bar ya ha completado su aforo, podrá incrementa­rlo en un 20% con la condición de que ese porcentaje esté integrado exclusivam­ente por personas vacunadas con al menos una dosis.

Ese privilegio puede significar más bien poco aplicado al ejercicio de una actividad más bien nimia (¡ir a un bar!), pero aplicado a aspectos de la vida con un peso específico mayor (concurrir a un aula, a una sala de conciertos, subirse a un tren) la cosa cambia.

Podría desentende­rme del problema, pero eso sería como repetir el gesto de indiferenc­ia que denunció el pastor Martin Niemöller a partir de 1946: “Primero se llevaron a los no vacunados, pero a mí no me importó porque estaba vacunado”. Cuando el año pasado vimos Songbird, protagoniz­ada por Demi Moore, nos pareció un disparate. ¿Lo era?

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