Se re­fu­gió en la man­sa pie­dad de un ho­ri­zon­te

Poe­sía. Un bre­ve vo­lu­men reúne tres li­bros de ver­sos de la ori­gi­nal es­cri­to­ra No­rah Lan­ge, au­to­ra de Cua­der­nos de in­fan­cia, ca­paz de lí­neas so­be­ra­nas, ol­vi­da­das de cual­quier jui­cio ajeno.

Revista Ñ - - LECTURAS -

A mis pies to­do el pai­sa­je ren­di­do de luz. Yo me he aso­ma­do a las ven­ta­nas de tus ojos y he vis­to tu al­ma en­vuel­ta en mi ima­gen, co­mo un ni­ño. Los ge­mi­dos de tus pa­sos apa­gan el fue­go de la tar­de. La tar­de con fie­bre de ro­man­ce as­pi­ra la tris­te­za de tu al­ma. Yo reúno tus mi­ra­das pri­ma­ve­ra­les pa­ra ador­nar mi jar­dín de oto­ño.

Te ale­ja en­tre le­guas de si­len­cio. La tie­rra es­tá sem­bra­da de gri­tos. Se adi­vi­na la no­che cual os­cu­ra ple­ga­ria en­tre las ho­jas. Hoy no hay lu­na en mis ma­nos. Por mi jar­dín co­mo un co­ra­zón gran­de van so­li­ta­rios los en­sue­ños. El pai­sa­je ama­ri­llo so­lo ha re­co­gi­do mis quejas y ha­cia el oto­ño de un po­nien­te ca­ye­ron co­mo pé­ta­los mis re­zos.

El si­len­cio se ten­dió a dor­mir. El po­nien­te se ahon­dó en tus ojos ro­jo co­mo re­li­gión de sa­cri­fi­cio. La po­bre luz co­mo una can­ción co­no­ci­da se re­fu­gió en la man­sa pie­dad de un ho­ri­zont y tu re­cuer­do lle­gó a mí des­nu­do de ca­ri­ño co­mo un ár­bol an­ti­guo.

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