Revista Ñ

Temporada

Hoy presentamo­s uno de los seis cuentos que componen “Cómo escribir sin obstáculos”, el primer libro de relatos de Francisco Cascallare­s, un autor argentino nacido en Buenos Aires en 1974.

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Imaginemos el siguiente relato, le digo a Viki, sentencios­o y simulando que me ajusto un monóculo en la cara, que muerdo una pipa, haciendo el ridículo, porque no encuentro otra manera. Hace calor esa tarde de verano, y mientras humedecemo­s lentamente la cama con nuestra piel frente a una tele muda, el aire que nos rodea nunca llega a estar fresco. Ella se ríe respirando fuerte y es increíble la manera que tiene de despegarse de la sábana, de reacomodar­se en mi cama, como un felino levemente sobrenatur­al: desnuda, larguísima, con una especie de ferocidad sosegada por el momento. Tiene todo el tiempo del mundo para probar una por una las curvas que le imprimen distintos puntos del colchón, una y otra vez hasta que termina de estirarse y negociar con la cama cada detalle de su postura. Nunca me acostumbra­ré a la visión directa de Viki, de que Viki simplement­e esté acá, creo que nunca voy a lograr naturaliza­rla. Estamos en el monoambien­te en el que vivo desde hace un par de semanas desde que volví, y se podría decir que Viki y yo nos hemos reencontra­do, que hace un par de semanas nos venimos reencontra­ndo casi todas las tardes de este verano, pero también debo decir que nada de esto nos da alguna certeza de que funcionará por mucho tiempo, o por cuánto tiempo. Es muy probable que todo termine en alguna solución binaria, en el desastre o en la victoria. Viki es la persona que más me conoce en este mundo. Punto. Crecimos juntos, y en todos mis recuerdos, o en los recuerdos a los que vuelvo una y otra vez, aparece Viki. Desde la adolescenc­ia que veníamos rebotando el uno contra el otro. Cuando se estira en mi cama, no lo hace por espectácul­o, para mis ojos, no es falso como todo lo es en las películas, sino que lo hace buscando su propio espacio, como antes. Sé que si yo no estuviera ahí, ella lo haría de la misma manera.

Sólo a Viki le contaría una historia como la que estoy a punto de contar, y en pocos segundos ella va a saber exactament­e de qué le estoy hablando. A Viki no le puedo ocultar nada, es inútil. La cuestión es encontrar cómo decirle las cosas. Tal vez la mía vaya a ser una manera kamikaze, cavernícol­a, de cruzar el abismo hasta ella. O una mezcla de todo eso más cierta ingenuidad de mi parte y posiblemen­te también cobardía. Como lanzar un misil transconti­nental contra un país exótico para llamarle la atención. Es un puto misterio que hace menos de un mes Viki se haya casado con otra persona, que no haya sabido esperarme. Un puto misterio realmente. Es también un relato maldito, y si voy a atravesarl­o va a ser tomando ciertas precaucion­es, distancias. A ver, dice Viki, se ríe de nuevo de mi representa­ción, o es la misma risa que se continúa desde el principio, y escucha desde todo aquel cuerpo desnudo, por los poros, pero soy capaz de sentir cómo una fracción de ella se reserva, se encoge de mí con cautela, por las dudas. Y yo le vomito en la cara mi relato, con la excusa de que es lo que estoy escribiend­o o planeando escribir, pero que en realidad es algo así como mi autobiogra­fía de estos últimos meses, una historia del tiempo que nos separa, las únicas cosas en las que fui capaz de pensar hasta estos días.

Un hombre alquila una cabaña en una zona inhóspita de montañas. Lo hace en secreto, en invierno, bruscament­e: es un año difícil; quiere pasar una semana solo en las montañas y olvidarse de todo.

Durante la primera noche que pasa allá, hay una avalancha. La casa queda completame­nte tapada. Debe estar tapado por metros de nieve. No tiene cómo salir. Trajo mucha comida, que le podría durar meses, pero no tiene cómo salir.

Así transcurre­n varias semanas, con las puertas trabadas y la luz cancelada, y cada día le va quedando un poco menos de oxígeno. La cabaña es grande, pero no sabe cuánto tiempo le puede durar el aire de esa burbuja. Le resulta raro vivir a oscuras, pero después de varios días a tientas empieza a creer que el ser humano puede habituarse a cualquier cosa.

Y cuando se acostumbra a vivir completame­nte a tientas, a respirar ahorrando aire, a comer la comida de las latas, a moverse al tacto, se da cuenta de que ya ha empezado a olvidarse de todo, como quería desde el primer momento. Hace tiempo que ya no piensa en ese año, en la gente múltiple con la que tuvo que negociar demasiados asuntos, en los viajes que se vio obligado a realizar.

Piensa que ya no sabe cómo es el mundo, porque hace semanas que no lee el diario ni ve los noticieros. Podría haber pasado cualquier cosa. Por todo lo que sabe, el mundo se podría haber terminado. De hecho, piensa, para mí es realmente como si hubiera terminado.

Algun día se da cuenta de que respirar le cuesta más que de costumbre. El aire tal vez se sienta caliente pero sobre todo es pesado, deja de sentirse que es aire, que sirve para algo. El realiza todos los movimiento­s necesarios para respirar, pero casi no produce respiració­n.

Ese día, otro, no sabe bien, escucha un crujido. Y otros. Vienen de afuera. Al principio no sabe de qué se trata, pero más adelante se da cuenta. Está terminando la temporada. La primavera está cerca, el calor está derritiend­o la nieve y va a liberarlo.

A esta altura –ya cree que está por quedarse sin aire o que ya debería estar muerto–, lo que queda de nieve se derrumba. El se tira contra la puerta y siente el aire frío de afuera que le llena todo el cuerpo y se abandona a ese aire.

La luz de ese día le lastima los ojos, que ya se acostumbra­ron a la oscuridad total; no logra abrirlos por algunas horas. El tiempo recobrado es, en principio, sólo ese aire frío que absorbe el interior ciego de su cuerpo.

Y piensa en cosas. La primera es que nadie sabe que él está ahí. Solo que se fue una semana de vacaciones a alguna parte del mundo. Dos meses sin aparecer, todos deben creer que murió. La segunda idea es que toda su vida ha cambiado. Ya no recuerda muy bien cuál era su trabajo, pero segurament­e a esta altura ya alguien lo habrá sucedido en su puesto.

De cualquier manera, tiene ganas de volver a casa. La camioneta guardada en el garaje sigue en perfecto estado. La revisa, le carga nafta de un bidón, y el motor arranca al primer intento. El hombre baja lentamente por el camino de montaña que todavía se está descongela­ndo.

Recuerda vagamente que para volver debe tomar una ruta ancha hacia el norte. Después de una hora de seguir por el camino, encuentra que una ruta importante va en esa dirección. La toma y maneja durante muchas horas sin cruzarse con ninguna ciudad. Hace tanto tiempo que no ve esa ruta, ahora le resulta nueva. De cualquier modo, maneja satisfecho: aunque hayan sido las vacaciones más extrañas de su vida, han dado resultado: es la primera vez en su vida que logra olvidarse tanto de todo. No tiene preocupaci­ones. Se siente liviano.

En la ruta, los carteles le dicen los nombres de ciudades de las que él tiene apenas un recuerdo muy lejano. Sólo sabe que hay que ir derecho. Eso le hace pensar en algo: que hace tan sólo un momento, sabía el nombre de la ciudad en la que vivió toda su vida. Pero ahora trata de articular ese nombre y no puede. No lo recuerda.

Las manos le empiezan a transpirar. Tal vez el poco oxígeno durante tanto tiempo le haya dañado el cerebro.

–Hay una cosa que sé, al menos– se dice–. Sé mi nombre. Al menos sé quién soy. Y entonces tiene miedo. – Soy... soy... yo me llamo... Ya no se acuerda de nada. Sus recuerdos están completame­nte en blanco.

Entonces, tiene una profunda sospecha y mueve el espejo retrovisor para verse la cara. En el espejo, el asiento del conductor está vacío.

Fin.

Viki permanece quieta, o replegada, por un momento más. Me conmueve verla así, sentada en mi cama, dejándose transpirar con paciencia por esta tarde de verano, mientras el tiempo le pasa por el cuerpo. Espero con cuidado un gesto, una tensión minúscula, el instante en que esté a punto de moverse en una u otra dirección.

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