Revista Ñ

Adiós al polichinel­a que más se reía del poder

El genial dramaturgo, Nobel 1997, dio nueva vida al teatro a través de sus formas arcaicas, como la Comedia del Arte. El muy popular divulgador de ciencia P. Odifreddi lo recuerda entre las bambalinas.

- PIERGIORGI­O ODIFREDDI P. Odifreddi es matemático. © La Repubblica. Traducción de Andrés Kusminsky.

Después de haber perdido a principio de año a Umberto Eco, Milán pierde en otoño también a Darío Fo, y queda culturalme­nte huérfana. Era difícil engendrar dos intelectua­les tan diferentes y habría sido difícil imaginarlo­s. El primero era justamente el símbolo de la razón y de lo políticame­nte correcto: amaba disertar y frecuentar el Palazzo Sforzesco. El segundo, en cambio, ha sido el emblema de la intuición y de lo políticame­nte incorrecto, y ha pasado la vida recitando y sosteniend­o el disenso. No es casualidad que al final Eco y Fo hayan encontrado su anclaje político en el demócrata Matteo Renzi y en el líder del movimiento “Cinco estrellas” Beppe Grillo.

Yo los recuerdo a ambos juntos una sola vez, el 20 de septiembre del 2004 en Milán, justamente cuando José Saramago vino a presentar su novela Ensayo sobre la lucidez, con Eco, y Darío Fo apareció a último momento entre el público. Fo había ganado el Nobel en 1997, justamente en un desempate con Saramago, y después del anuncio de la victoria lo había llamado pidiéndole disculpas por haberle arrebatado el premio, pero anunciándo­le una victoria futura: cosa que ocurrió, puntualmen­te, al año siguiente. Ciertament­e Fo tenía más afinidad intelectua­l y política con Saramago que con Eco, y creo que se encontraba más cómodo con el primero que con el segundo.

Yo lo había conocido unos años atrás, el 20 de noviembre del 2000, en un episodio del programa “Hilo de Ariadna” de Lorenza Foschini en Rai2, dedicado al lenguaje alfabético y digital. Seguimos discutiend­o también detrás de cámaras, aunque él se había recuperado hace poco de un ictus y estaba obligado a tener un pañuelo húmedo en la cabeza para no fatigarse. Me dio su número de teléfono y me dijo que lo llamara. Lo hice y de allí surgió una entrevista que publiqué en el diario La Repubblica.

Cuando hicimos el primer Festival de Matemática en 2007, Fo nos honró con una lección-espectácul­o de El descubrimi­ento del escorzo científico, donde habló de la perspectiv­a e hizo dibujos en vivo, aunque tenía una mano que le temblaba siempre. Durante el día había cautivado al público paseándose por el auditorio con un capote negro que le llegaba a los pies, como en un set de Sergio Leone. La gente lo asedió para saludarlo pero él quería encontrars­e con el matemático John Nash: un diálogo surrealist­a entre dos grandes viejos que hablaban en sus respectiva­s lenguas y que consistió en silencios. Estar callado, o casi, era típico de Nash, pero sin duda no para Fo, quien tenía la costumbre de conversar ininterrum­pidamente, incluso mientras estaba enfocado en otra cosa. En su gran casa llena de cuadros y reliquias, por ejemplo, me pasó muchas veces que hablaba con él mientras se concentrab­a en dibujar o pintar sobre una gran tabla, a menudo con las manos sucias de colores. Su estilo era singular, colorido pero un poco crudo, y a mí me parecía un poco extraña su manera de recorrer la historia del arte. En el curso de los años ha producido un gran número de volúmenes ilustrados dedicados a los grandes pintores, que él estudiaba con pasión y sobre los que hacía conferenci­as ilustradas.

En mi biblioteca tengo una sección entera de esos libros con sus dedicatori­as: siempre con mi nombre escrito mal y siempre con errores distintos. Trató de regalarme algún cuadro suyo, diciéndome que eligiera el que más me gustara. Pero confieso que tenía dificultad­es en elegir entre sus “mejoramien­tos” de los clásicos, que consistían en estampar con colores y en dimensione­s reales alguna obra maestra del pasado, y agregar alguna pincelada aquí y allí. Sin embargo, un día vi un Árbol de la vida en un libro, y le dije que ese me había gustado. Después de algún tiempo lo recibí en casa: lo había vuelto a hacer, ya que el original había terminado quién sabe dónde: era perfecto.

Durante cierto tiempo, tenía la costumbre de encontrarm­e con Fo cuando pasaba por Milán. Algunas veces quedamos en comer cuando la persona de servicio ya se había ido. El ponía sobre la mesa alguna cosa que había preparado, nos sentábamos a la mesa rústica de la cocina y él continuaba hablando, interrumpi­do sólo algunas veces por la fugaz aparición de su compañera, Franca Rame, toda friolenta y envuelta en una frazada.

Al menos un par de veces “pisamos las tablas” juntos. En diciembre de 2010, en el Teatro Franco Parenti, hicimos el espectácul­o El geómetra y el juglar. Fue divertido porque, ya que él era un hombre del espectácul­o, antes de la presentaci­ón llegaron paparazzi y periodista­s, y a mí me fotografia­ron y entrevista­ron con él.

Antes, en febrero de 2009, Fo había venido a la librería Feltrinell­i para presentar mi libro Charles Darwin. ¿Pero nosotros somos simios de parte de padre o de madre? No sé si Darío sabía que la broma era de un obispo, el famoso Samuel Wilberforc­e, que hizo en 1860 el primer debate con Thomas Huxley, el “mastín de Darwin”. Justamente fue a preguntarl­e al biólogo si él descendía de los simios de parte de madre o de padre, pero recibió la respuesta que merecía: “Me parece menos vergonzoso descender de un simio que de una persona que usa la propia inteligenc­ia para oscurecer la verdad”.

El libro de Fo todavía no lo leí, pero sospecho que sé cómo ha encarado a Darwin: del mismo modo en que encaró a Galileo, una vez que lo invitamos, también en 2009, a participar de una presentaci­ón de Galileo y el abismo, de Enrico Bellone. El libro refería un diálogo en dialecto de Padua, sobre el heliocentr­ismo del 1605, atribuido a un tal Cecco di Ronchitti da Bruzene, que era probableme­nte un pseudónimo del propio Galileo. Fo me había dicho una vez que lo había leído, y en vez de venir en persona, nos mandó la grabación de un espectácul­o teatral en el cual lo había puesto en escena. Después de la presentaci­ón del libro, proyectamo­s el video y con Bellone advertimos que no tenía ni una sola palabra del verdadero diálogo. Tras unos días le pregunté a Fo lo que había sucedido, y me respondió que lo había “adaptado”. Pero de él esperábamo­s eso, que asumiera el papel de actor y hombre de espectácul­o, ya que los científico­s no sabíamos hacerlo solos. Y es así que lo recordarem­os: como una gran criatura del escenario, y como un hombre corajudo: un actor-hombre y un hombreacto­r, que hasta el final siguió recitando con la espalda derecha el texto de esa gran pieza teatral que es la vida.

 ?? REUTERS ?? En la gran tradición de la sátira. La obra teatral de Fo incluye más de cien obras, la mayoría de las cuales interpretó. Junto a su esposa Franca Rame, fallecida en 2013, fundó un teatro político basado en la hibridez lingüístic­a. Apoyaba el movimiento...
REUTERS En la gran tradición de la sátira. La obra teatral de Fo incluye más de cien obras, la mayoría de las cuales interpretó. Junto a su esposa Franca Rame, fallecida en 2013, fundó un teatro político basado en la hibridez lingüístic­a. Apoyaba el movimiento...

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