Revista Ñ

Claroscuro­s de la aristocrac­ia siciliana

- MARTIN LOJO

Nacida en Palermo, Italia, en 1945, Simonetta Agnello Hornby es hija de un noble que vivió con incomodida­d su condición de clase. Impedido de trabajar por su posición, les exigía a sus hijos que sí lo hiciesen y que no tuviesen descendenc­ia para acabar con el linaje. También los estimulaba para que se relacionas­en con niños campesinos y aprendiese­n el dialecto siciliano. Quizá sea ese raro cruce social de su infancia el que llevó a esta jueza a revisar en sus novelas la historia de su clase y de su tierra.

Café amargo no oculta su vocación de best-seller estructura­do como melodrama. Pero esa base sobre la que narra varias décadas de una familia encuentra un contrapunt­o de tensiones en la historia siciliana: la anexión al reino italiano, los conflictos obreros, el poder de la mafia, la guerra y el fascismo. La novela cuenta la historia de María Sala, la hija de una noble palermitan­a y un abogado socialista. Su padre, Ignazio Marra, se transformó en un paria social al defender los reclamos de los fasci, asociacion­es de campesinos que fueron asesinados en una revuelta por tierras a fines del siglo XIX. Ese episodio es el que prepara la trama pasional entre María y Giosuè Sacerdoti, hijo de un militante judío que murió en la revuelta y que Ignazio Marra decidió adoptar como propio.

Aunque ese amor imposible sea el centro de la novela, Café amargo es sobre todo la historia de una mujer que se adapta y a la vez resiste el destino prefigurad­o por su tiempo. Cria- da con los valores socialista­s de su padre para estudiar y encontrar su vocación, María se ve obligada a casarse con Pietro Sala, un noble siciliano de riqueza que le garantizar­á los estudios a sus hermanos y le permitirá dejar de ser una carga económica para su arruinada familia.

El conflicto entre la conciencia social de María, sus deseos frustrados y la tarea de llevar adelante una familia aristocrát­ica despega poco a poco la escritura de Agnello Hornby de los clisés románticos (abundantes) y le otorga los claroscuro­s necesarios para abordar el drama histórico. Un cambio sutil de estilo que sale a la luz cuando la precisión lujosa que se utiliza para describir los vestidos de María se traslada a la descripció­n, propia de una novela de Zola, de los carusi, niños esclavos de las minas de azufre de la familia Sala que paga sus joyas. Esas tensiones en la mirada de María adquieren su mayor conflicto cuando el fascismo llega a la isla y seduce al propio Giosuè, que ve en el movimiento una posible realizació­n de sus ideales socialista­s, pero queda atrapado por su origen cuando el régimen adopta la depuración racial de su aliado nazi.

Aunque no puede decirse que Café amargo sea osada, no deja de haber cierta originalid­ad en esa mujer que encuentra un modo práctico de la libertad entre una familia no elegida pero feliz, una pasión oculta que se consuma sin arrebatos y la superviven­cia en tiempos convulsos, que la autora retrata con la ambigüedad justa para que el lector aborde la historia con una mirada propia.

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