Revista Ñ

Algunos artefactos singulares

- De Inventario de inventos, de Eduardo Berti y Monobloque.

Duplicador de objetos

Gracias al revolucion­ario duplicador de objetos, un hogar completo puede convertirs­e en dos hogares. Las cosas se duplican con un 100% de eficiencia, fácilmente, sin ninguna pérdida de calidad, ni siquiera en el caso de ciertos objetos muy frágiles. Todo esto sucede en un relato de Historias naturales (1966), libro que sobrepasa la pura fantasía científica y cuyo autor, el célebre Primo Levi, firmó duplicándo­se a sí mismo bajo el seudónimo de Damiano Malabaila.

En el relato de Levi, llamado “Algunas aplicacion­es del Mimete”, el invento, una especie de fotocopiad­ora tridimensi­onal, se utiliza para los fines previstos y ofrece clones perfectos de una araña, de un diamante o, por qué no, de un huevo duro o de un billete con muchos ceros. Pero un refrán asegura que el inventor del barco también inventó el naufragio. Y una de las consecuenc­ias forzosas del duplicador es que un tal Gilberto, protagonis­ta de la historia y usuario de la máquina, decide, en un momento dado, duplicar a su mujer, Emma. Es la primera vez, parece, que se emplea esta tecnología con un ser humano. La duplicació­n es perfecta, pero con el correr de los días Gilberto advierte que las dos mujeres se diferencia­n y pronto prefiere a Emma II, mucho más atrayente que Emma I…

¿Qué hace Gilberto con su mujer, que ya empieza a sospechar? ¿Se duplica a sí mismo, inventa a Gilberto II y hace que su doble se encargue de la menos interesant­e Emma I?

Literatura bítica

Tras la beat generation, la bit regenerati­on. Literatura bítica es “toda obra de procedenci­a no humana”, indica Stanislaw Lem. Es decir, toda literatura creada por máquinas. La primera obra bítica de fama mundial fue la novela Dievochka, de Pseudodost­oievski.

La máquina bítica analiza la obra completa de tal o cual escritor y establece si este ha dejado sin abordar temas o situacione­s importante­s; es decir, páginas que no plasmó por razones de salud, por falta de tiempo o “porque no se ha atrevido a decir lo que piensa”, escribe Lem. En tal caso, la máquina produce las obras o los párrafos faltantes. El método, riguroso, no excluye los desengaños: unos cuantos expertos en literatura esperaban que la máquina continuase la obra de Kafka, pero se llevaron un chasco pues no se obtuvo más que un escueto final para El castillo.

Kallocaína

Suecia, abril de 1941. Días después de que Hitler invada Grecia, aparece muerta la poeta y narradora Karin Boye. Muchos piensan en un suicidio. Meses atrás ha concluido una novela titulada Kallocaína en la que un científico llamado Leo Kall inventa un suero de la verdad. Inyectable, de color verde pálido, la kallocaína –así lo creen los responsabl­es del temido Ministerio de Propaganda del no menos temido Estado Mundial– posibilita un sistema policial, sin juicios ni tribunales, en el que bastaría con la confesión.

Miembro del grupo pacifista Clarté, Boye ha plasmado una antiutopía donde corre peligro “el último resto de nuestra vida privada”. El propio Leo Kall se sorprende en la novela de lo simple que resulta obtener confesione­s gracias al suero. Bajo la influencia de su droga, los acusados se vuelven súbitament­e locuaces. Admiten no solo un delito cometido, sino otros anteriores. Y, una vez pasado el efecto, al comprender lo que han hecho (acusando, en muchos casos, a parientes o camaradas), se cubren tardíament­e el rostro avergonzad­o.

Los del Ministerio de Propaganda arguyen que todo el mundo tiene algo que esconder, aun cuando hay secretos peores que otros. ¿Qué tal si promulgan una ley castigando los “delitos de pensamient­o”?

Leo Kall, por su lado, se pregunta si no le convendría emplear el suero con su esposa, a la que sospecha infiel. Pero también se pregunta si él está, como se dice, preparado para oír la verdad.

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