Revista Ñ

Esa rara conexión con la soledad. Sobre la muestra “Diane Arbus. En el principio”, en Malba

Una exquisita selección de cien fotos muestra en el Malba sus comienzos, cuando recorría Nueva York desentraña­ndo sueños y secretos.

- JULIA VILLARO

Una mujer en medio de la calle mira, aguarda, aparta la mirada. Contra el tapado negro se aprietan los guantes blancos, el collar de perlas, la pequeña cartera de señora de la Quinta Avenida. Hacia el fondo la ciudad se fuga, o se desvanece. Su rostro y sus manos, su postura –su pose– es lo único que permanece en una quietud desoladora. Del otro lado de la cámara Diane Arbus le pide ahora que no la mire. Aguarda, ella también, que algo –algo que desconoce, y al mismo tiempo reconoce como verdadero– le sea revelado. Es la fotógrafa que interpela: a diferencia de los otros fotógrafos, agazapados detrás de sus cámaras, buscando muchas veces pasar inadvertid­os, Arbus quiere, espera, que sus sujetos, ¿las personas? ¿los personajes? en el visor de su cámara, le devuelvan la mirada y, por un instante, construyan con ella una intimidad única, singular, anónima. El tipo de intimidad que sólo la soledad permite construir.

Las más de cien fotos que integran En el principio, ese hermoso bosque de pequeñas imágenes que es la exposición que

viajó desde el Metropolit­an Museum de Nueva York hasta las salas del Malba, pertenecen a la época en que Arbus tomaba sus fotos en la calle. Después vendrían los gigantes, los enanos, las gemelas, la gente que retrató durante años, que visitó en sus casas, con quienes estableció un vínculo directo a través del tiempo y las historias. Las imágenes de esta muestra –que pertenecen al Archivo Arbus, que además contiene sus diarios, sus negativos, sus cartas y sus cuadernos de citas, y que desde 2007 conserva el departamen­to de fotografía del Met– son las primeras: las que Arbus comienza a tomar con la cámasortos ra 35 mm que su marido le regala en 1956; las que toma hasta 1962, cuando cambia a una Rolleiflex de formato cuadrado, y cruza el umbral de la puerta por la que se viene asomando a ver el mundo. Las que Arbus revela, copia y olvida en un cuarto de su casa, hasta que sus herederos descubren. Las fortuitas. Las que dan cuenta del inicio de una mirada.

Casi como un epílogo, hacia el final de la muestra también pueden verse nueve de las diez fotos que integraron el portfolio Una caja de diez fotografía­s que Arbus realizó entre 1962 y 1970. Las imágenes que logró vender (apenas) en vida y ubicar en algunas coleccione­s, las que la hicieron famosa y le dieron un espacio protagónic­o en la historia de la fotografía. Son las únicas que se disponen en la pared, por fuera de las columnas que van del suelo al techo cruzando la sala y obligando al espectador a detener el paso y entablar una relación frente a frente con cada imagen.

Cámara en mano, Arbus camina las calles de la Nueva York de los 50 –los subtes, los bares, los colectivos, pero también los festivales, los hospitales, la morgue– como si fuera un ángel o un fantasma que sólo algunos advierten. Uno podría pasarse la muestra entera separando las fotos entre estos dos tipos: aquellas en las que las personas fotografia­das la miran, y aquellas en las que esos personajes, ab-

en el delirio citadino, ni la advierten. De un lado de esa barrera estarían sus retratos de mujeres melancólic­as, de lanzallama­s, de parejas en el fragor de la pelea o del abrazo. Del otro quedarían los niños, los transformi­stas, el acomodador de cine y el falso Papá Noel de alguna tienda, más o menos desconfiad­os, más o menos cómplices, siempre devolviénd­ole el guiño. Pero reducir a eso estas imágenes

sería perdernos de tanto. De la textura arenosa de cada foto que ella misma copió en su laboratori­o; de los sutiles contrastes entre luces y sombras, de los más drásticos entre foco y fuera de foco. Del modo en que cada uno de esos contextos –el del camarín de un teatro o el del cordón de la vereda– la ayudan a convertir a cada persona en un personaje, y a cada personaje de esa gran tragicomed­ia que fue (que es) el sueño americano, en una persona.

En medio de una playa atestada de gente un hombre en traje de baño, medias y sombrero la mira desde una distancia considerab­le. El resto de la imagen es de una porosidad imprecisa. El hombre parece recortado del fondo. Es un gesto muy sutil pero a la vez implacable que se reitera en otras fotos: el contexto, los objetos, todo lo que define, todo aquello a lo que nos aferramos, se desvanece. Ni siquiera nombre tienen estos sujetos. Arbus titula con descripcio­nes básicas (“Hombre gritando en Time Square”, “Pareja discutiend­o en Coney Island”) que en su sencillez dan cuenta del grado de anonimato del vínculo establecid­o; también del deseo de despojar, a los que están del otro lado de su lente, de todo lo que no sea, en esencia, ellos mismos.

Arbus camina y mira como si fuera una extraña, una extranjera. Su cámara (¿o es la vulnerabil­idad de la mirada?) habilita a los sujetos a cuestionar­se, a viajar del “¿quién soy yo para que esta mujer tome mi foto?” al “¿quién soy yo?” liso y llano, existencia­l. En la pregunta, como en la imagen, no están solos. Cada foto es la alquimia entre quienes están a un lado y al otro de la lente. Cada secreto (“la fotografía –escribía Diane– es un secreto sobre otro secreto”) es también en parte el suyo, al igual que lo es cada pequeño atisbo de revelación. “Yo no oprimo el disparador –también escribió en su diario–, lo hace la imagen. Y es como si me tocara delicadame­nte”.

 ??  ?? Hombre con sombrero, traje de baño, zoquetes y zapatos, 1960.
Hombre con sombrero, traje de baño, zoquetes y zapatos, 1960.
 ??  ?? Stripper con el pecho desnudo sentada en su camarín, 1961.
Stripper con el pecho desnudo sentada en su camarín, 1961.
 ??  ?? Mujer en un colectivo, Nueva York, 1957.
Mujer en un colectivo, Nueva York, 1957.
 ?? THE METROPOLIT­AN MUSEUM OF ART. © THE ESTATE OF DIANE ARBUS,LLC. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS ?? Niño bajando el cordón de la vereda, Nueva York, 1957-58.
THE METROPOLIT­AN MUSEUM OF ART. © THE ESTATE OF DIANE ARBUS,LLC. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS Niño bajando el cordón de la vereda, Nueva York, 1957-58.
 ??  ?? Transformi­sta con guantes largos, Hempstead, Long Island, 1959.
Transformi­sta con guantes largos, Hempstead, Long Island, 1959.
 ??  ?? Mujer con guantes blancos y un libro de bolsillo, N. York, 1 956.
Mujer con guantes blancos y un libro de bolsillo, N. York, 1 956.

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