Revista Ñ

La fórmula fotogénica de Macron y Trudeau,

Lideran la “democracia mediática” gracias a su prestancia para el rol, pero sin un giro significat­ivo ni soluciones.

- por Alexis Rodríguez-Rata

Se muestran afables ante los medios. Sonríen a las cámaras. A veces lloran... Usan las redes sociales de forma cercana y directa. Lanzan ideas “sexy”. Y sí, son el titular y la foto y para más de uno la esperanza de una nueva manera de ser político y hacer política.

“La revolución del siglo XXI”, se escucha decir. “O más y más de lo mismo”, responden otros. Todos hablan de cambio. Emmanuel Macron lanzó las bases de la nueva Francia desde la pomposa Versalles. Antes, en la noche electoral, en la explanada del Louvre, después de ganar, caminó bajo la Oda a la alegría de Beethoven, el himno europeo, ante las masas y con el cambio dibujado en el rostro, bajo una luz tenue. Expectativ­a generaliza­da y grandeur.

Del otro lado del Atlántico, en Canadá, Justin Trudeau ríe, guiña un ojo pícaro, charla por radio con los votantes o participa en un combate de boxeo solidario. Hace del apretón de manos al presidente Trump una técnica y utiliza la televisión y las redes para hacer de su país una tierra de acogida multicultu­ral. Habla inglés y francés. Habla de y para el nuevo siglo.

Macron y Trudeau comparten generación –los dos nacieron en los años 70– pero también “una manera de ser similar y una visión del mundo muy parecida”, relata Manuel Alcántara, catedrátic­o de ciencia política de la Universida­d de Salamanca. Y la “eredità”, como añade Santiago Delgado, profesor titular de Ciencia Política de la Universida­d de Granada: Trudeau es hijo del que fue por 15 años primer ministro canadiense, Pierre Trudeau, el padre del actual Canadá federal, bilingüe y multicultu­ral; Macron se ha formado donde tantos otros presidente­s de Francia, en los elitistas Instituto de Estudios Políticos de París y la Escuela Nacional de Administra­ción (ENA).

La novedad, sigue Delgado, está en que “eran personas no esperables, que aportan frescura e incorporan valores posmateria­listas”, como la integració­n de inmigrante­s y refugiados, la normalizac­ión de la homosexual­idad, la igualdad de género o la ecología. “Liderazgos fabricados para nuestro tiempo”, concluye, “sin olvidarnos de su atractivo físico”, según destacan todos los expertos.

Fernando Vallespín, catedrátic­o de Teoría Política de la Universida­d Autónoma de Madrid, cita, sin embargo, algo que él considera previo: la tendencia en alza de la personaliz­ación de la política. “El líder acaba teniendo más impacto que el partido”, arguye.

Y los ejemplos, de hecho, abundan: en Italia ya se pone el nombre del líder por encima del partido, ya sea en las papeletas electorale­s de Silvio Berlusconi, Matteo Renzi o de un candidato del bloque de Beppe Grillo. “Es más fácil que una persona genere confianza”, resumen todos. Y las sucesivas encuestas parecen confirmar su visión: la pérdida de confianza y de popularida­d de los partidos políticos es común en España y fuera de España.

Aunque antes de Macron y Trudeau también Barack Obama fue carismátic­o. Y, en América Latina, toda una retahíla de líderes izquierdis­tas como Hugo Chávez y Evo Morales, José Mujica, Rafael Correa o Néstor y Cristina Kirchner.

“Todos se benefician de un sistema electoral basado en el voto muy personaliz­ado”, explica Alcántara. De repúblicas en las que el presidente, elegido en voto directo, se parece mucho a un rey. Y concluye: “Aunque también ha habido líderes fuertes en el parlamenta­rismo –Felipe González, José María Aznar, Adolfo Suárez o Angela Merkel son un ejemplo–, hoy la atracción del nombre por encima de las siglas se ha acentuado mucho. La gente no lee los programas y es más sencillo asociar una imagen a dos o tres ideas fuerza”.

Jesús Casquete, profesor titular de Historia del Pensamient­o de la Universida­d del País Vasco, mira este pasado cercano y, con ello, destaca el actual “efecto multiplica­dor de la imagen”. Ahora también llegaría una nueva generación, y los nuevos medios de comunicaci­ón y la globalizac­ión facilitarí­an que se vuelva norma vestir con camisa blanca arremangad­a y sin corbata y vaqueros, utilizar un lenguaje directo y cercano al del electorado.

La imagen que transmiten es de pragmatism­o, moderación y compromiso; una política transversa­l de ruptura con el esquema tradiciona­l de izquierdas y derechas. Como señala Casquete, “el nada novedoso modelo del catch-all party, el partido del centro político, sociológic­o y electoral”.

Alcántara va más allá: “Macron, Trudeau, Rivera o Renzi lanzan políticas que se pueden etiquetar de socioliber­ales, aunque cada cual sea hijo de su país y los condicione”. A lo que Vallespín agrega: “La gran contradicc­ión que hay en la política hoy es cómo salvaguard­ar lo fundamenta­l de nuestro sistema –el dinamismo económico y la responsabi­lidad social– al competir con sociedades que no tienen estos mismos parámetros”. “Y ‘Virgencita virgencita que me quede como estoy’ es lo que más se escucha ahora”, relata, gráfico.

¿Ideas de y para el siglo XXI? El conflicto Este-Oeste entre la democracia popular del comunismo y la liberal occidental es hoy un capítulo más en los libros de Historia. Luego vino el debate sobre el fin de las ideologías de Francis Fukuyama en la década de 1990 y, en paralelo, la aparente falta de alternativ­as al neoliberal­ismo. Y para Vallespín, todo ello habría favorecido al populismo.

Y en esas estaríamos todavía hoy.

El lo ve, por ejemplo, en los EE.UU. de Trump y en América Latina. Antes en Fortuyn y Holanda, Haider y Austria, Le Pen y Francia. E incluso en la España actual, donde “los nuevos partidos sí que tienen que estar asociados a un líder: Rivera, Iglesias-Errejón…”, asegura. “Iglesias acabó siendo la cara, aunque empezó como algo colectivo”, reclama. Por eso habla del paso de la “partidocra­cia” a la “democracia mediática” y, junto a esta, a la “digital”.

“Todo es más contingent­e y precario. Vivimos en un mundo acelerado, desbocado”, resume Casquete. Tanto como para que un partido que viene de la nada, como es La République en marche! de Macron, ganara la presidenci­a y el mayor grupo parlamenta­rio en Francia hasta llevar a la casi desaparici­ón de los dos partidos tradiciona­les, el conservado­r y gaullista Les Républicai­ns y al Partido Socialista.

Es así que Macron y Trudeau son noticia y modelo. La duda está en saber si son la regla o la excepción. Macron puede tener importanci­a para consolidar la Unión Europea e impulsar un nuevo proyecto europeo tras el Brexit. Pero puede fallar por las expectativ­as. “Mira a Obama”, señala Delgado.

Y le sigue Alcántara: “Macron es el primer presidente francés que se exhibe con la bandera francesa y la europea el día de su elección. Ha visto que no hay una salvación nacional sino que se debe a la cooperació­n. Pero soy escéptico. Ya Tony Blair, que llegó al poder con 44 años de la mano de la Tercera Vía, intentó algo distinto que se quebró en la foto de las Azores y con todo lo que después le siguió”.

Vallespín, por su parte, concluye: “Hay menos líderes que personalis­mos. Pocos adoptan decisiones contrarias a las de sus votantes, como sí hizo Felipe González con la OTAN o Helmut Kohl al abandonar el marco alemán por el euro. Sólo un líder se atreve a eso”.

Macron destaca como la gran esperanza en Francia y Europa. Pocos esperan un cambio radical. Sin embargo, todos piden tiempo.

 ?? AFP PHOTO / LUDOVIC MARIN ?? Macron en el centro de la esperanza. En la grada superior, el fotogénico Trudeau. De traje rosa, Angela Merkel; a la izquierda, el presidente Macri.
AFP PHOTO / LUDOVIC MARIN Macron en el centro de la esperanza. En la grada superior, el fotogénico Trudeau. De traje rosa, Angela Merkel; a la izquierda, el presidente Macri.

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