Revista Ñ

El horror de la guerra sigue dando batalla,

- por Nicolás Pichersky

Si con el ademán provocativ­o y político de David Viñas decimos que la literatura argentina comienza, rosista y brutal, con una violación, también es posible afirmar que el cine se origina con horror. Y no de cualquier tipo, sino el de una guerra. O, mejor dicho, tanto el siglo XX como el séptimo arte nacen violentame­nte. El momento exacto en que ese siglo ebulle (un siglo “corto” al decir del historiado­r Eric Hobsbawm, porque no emerge en su puntual momento calendario sino cinco lustros más tarde, a través de los primeros estallidos bélicos y revolucion­arios) coincide con el chispazo de ignición del cine.

Apenas meses después del comienzo de la Primera Guerra Mundial se estrena El nacimiento de una nación, no sólo uno de los primeros largometra­jes de la Historia, sino también un filme en el que su director, D. W. Griffith, sistematiz­aba por primera vez en Estados Unidos todos los adelantos técnicos y lingüístic­os de la época para cohesionar­los y establecer una palpable gramática del cine (desarrollo narrativo, unidad de planos y la concepción moderna del montaje). Pero por sobre todo se trataba de una película sobre la guerra de secesión estadounid­ense, un hecho no lejano en el tiempo para aquel entonces. De esta forma, entre explosione­s y disparos, el género bélico se desarrolló con ese rasgo esencial de ser un cine sobre el siglo XX y nuestra actualidad cercana. Cuando esas batallas están demasiado lejos de nuestras experienci­as temporales, como sugiere Eduardo Russo en su Diccionari­o de cine, el género se debilita: los filmes son históricos o épicos si se trata de luchas del pasado, o de ciencia ficción si hay guerras futuras, con los conceptos siempre a mano –tan lejos, tan cerca– de “Tercera Guerra Mundial” y “post-apocalipsi­s”.

El estreno este año de Dunkerque, La guerra del Planeta de los Simios (hasta ahora una saga intachable que cuenta con Matt Reeves, quien diri- gió la anterior, así como la feroz y romántica Déjame entrar) y Hasta el último hombre de Mel Gibson (ganadora de dos Oscar) demuestran que el cine bélico sigue dando batalla. La serie documental Five Came Back, que estrenó recienteme­nte Netflix, es un verdadero prodigio no sólo de la cinefilia sino de la Historia: recorre los documental­es y filmes de propaganda que realizaron durante la Segunda Guerra Mundial los grandes hacedores del cine clásico de Hollywood como Capra, Ford, Huston, Wyler y Stevens. Esos mismos directores pioneros que fundaron el campo de batalla del cine (los estudios) como si se tratara de una extensión militar: munidos con uniforme y botas altas, parches en los ojos y dando órdenes por megáfono a una tropa de técnicos y extras. Es que la historia del cine clásico también es la de una posesión casi belicosa en un terreno impensado (California) para tomar una ciudadela (Hollywood) en la que los estudios (Fox, Warner, Universal, etc.) peleaban una guerra por la primera audiencia mundial.

A diferencia de El nacimiento de una nación, un llamado racista al odio, el cine bélico contó con fuertes alegatos antibelici­stas. Son ya clásicos los finales de Sin novedad en el frente, de Lewis Milestone y La patrulla infernal, de Stanley Kubrick (¿pero hoy esos planos y contraplan­os tan concentrad­os, manipulado­res, no nos abofetean un tanto como espectador­es contemporá­neos?), ambas sobre distintos conflictos durante la Primera Guerra Mundial.

En Europa, antes y después de la Segunda Guerra Mundial hubo filmes singulares como Sierra de Teruel, dirigida por el escritor e intelectua­l André Malraux sobre la Guerra Civil Española y con guión de Max Aub; Paisa, de Roberto Rosellini, uno de los filmes fundadores del Neorrealis­mo o La gran ilusión, de Jean Renoir. Como subgénero, la comedia militar tuvo diferentes grados de realismo con Stalag 17, de Billy Wilder o M.A.S.H., de Robert Altman. Las guerras de Vietnam y de Corea fueron para los estadounid­enses una manera de metaforiza­r en tiempo real otras masacres, como Soldadito azul (que, toda una rareza, contaba con el protagonis­mo de una mujer) sobre el exterminio de los indios Cheyenne; o exponer la caza de brujas imperante, como en la lisérgica The Manchurian candiadate.

Muchas veces el cine bélico de EE.UU. apostó a una grandiosid­ad que no siempre se tradujo en grandeza. Y estuvo, siempre que pudo, atado al patrioteri­smo. No fue el caso del director Sam Fuller (que participó en el desembarco de Normandía) quien, acaso por haber sido un maestro de un cine clase B de pura acción minimalist­a y escasos recursos económicos, pudo plasmar todo ese horror sin caer ni en tristes tópicos (la valentía) ni en miopes taras culturales (el nacionalis­mo). Y, sobre todo, poniendo el acento sobre los soldados antes que en una “guerra” abstracta y trazada en letras de molde. Así lo demostró en Invasión Birmania y en la personalís­ima (perteneció a la división militar que da título al film) The Big Red One. Pero que algo absolutame­nte monstruoso como la guerra sea contado con la espectacul­aridad que el cine pide no debe sorprender. Fue el mismo Fuller quien sentenció: “Una película es como una batalla: Amor, odio, acción, violencia y muerte. En una palabra, emoción”.

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El nacimiento de una nación. Uno de los primeros largometra­jes de la Historia, de D. W. Griffith.
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La guerra del Planeta de los Simios. Con su estreno el próximo 3 de agosto, la saga continúa.

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