Revista Ñ

Océanos de seres maravillos­os y temibles,

Los mapas y cartas de navegación del Renacimien­to incluyeron monstruos marinos usados, en ocasiones, para atemorizar a pescadores extranjero­s y preservar riquezas.

- por Carla Lois

En nombre de la cientifici­dad que se les adscribe a las representa­ciones cartográfi­cas modernas, se han ido expurgando de los mapas todos aquellos elementos que fueron interpreta­dos como fantasioso­s o irreales. Los monstruos y mirabilia fueron desanclado­s de la cartografí­a y reterritor­ializados en otros géneros literarios –y en otros campos del saber– que demostraro­n mayor receptibil­idad para acoger a los seres maravillos­os y a sus leyendas.

Sin embargo, los monstruos marinos no siempre fueron concebidos como fantasías o seres imaginario­s del orden de lo irreal. Incluso Carl Linnaeus (Linneo) incluyó una nueva categoría para los seres monstruoso­s: en uno de los intentos más tempranos por diferencia­r “científica­mente” las razas humanas según el color de la piel, estableció cuatro especímene­s que se correspond­ían con los continente­s: “Europaeus albus, Americanus rubescens, Asiaticus fuscus, Africanus niger”. En la décima edición (1758), Linnaeus modificó sus categorías y agregó hombres salvajes y monstruos, a quienes no les adscribió color alguno.

El bestiario, uno de los géneros más populares dedicados a catalogar monstruos, también ha sido tratado con similares matrices epistemoló­gicas. Ignacio Malaxechev­erría puntualizó que, si en el pasado este género fue definido como “obra seudocient­ífica moralizant­e sobre animales, existentes y fabulosos”, actualment­e no pueden ignorarse los obstáculos que presenta una definición tan estrecha de bestiario, pues “‘seudocient­ífica’ supone un juicio de valor escudado en el concepto moderno de ciencia; ‘moralizant­e’ sólo define a ciertos bestiarios [...]; ‘existentes y fabulosos’ tampoco es totalmente exacto si no se precisa el segundo concepto, por la razón de que prácticame­nte a todas las bestias del Physiologu­s y sus traduccion­es se les atribuyen propiedade­s ‘reales’ (al margen de los significad­os religiosos o eróticos) de las que carecen de hecho”.

Por razones evidentes, los animales marinos eran más difíciles de observar y retratar que los terrestres, y eso contribuyó a exacerbar la imaginació­n sobre ellos. Desde la Antigüedad, se asumía que las aguas estaban habitadas por seres híbridos o bien por ciertas variacione­s de las criaturas terrestres pero adaptadas al medio acuático –tales como leones marinos, caballos, vacas, jabalíes, elefantes o caracoles, entre otros– pues, como indi- caba Plinio, todo ser terrestre tenía su homólogo en el mar. Los rasgos morfológic­os de los animales a veces se combinaban con otras caracterís­ticas, tales como el tamaño exagerado de la criatura o la atribución de poderes mágicos. De alguna manera, su monstruosi­dad radicaba en su “falta de normalidad”, es decir, que al estar fuera de la norma incursiona­ba en el exceso. El hecho de que desafiaran los límites de la naturaleza conocida era lo que los hacía monstruoso­s y peligrosos.

La popularida­d de los monstruos

Los extendidos itinerario­s en los grabados y las ilustracio­nes de seres maravillos­os circularon sugieren que se trataba de una imaginería muy extendida, que trasvasaba ampliament­e más allá del mundo de la navegación. Sin duda el amplio alcance de este imaginario no puede explicarse cabalmente sin tener en cuenta el impacto de la imprenta y el desarrollo de la cultura impresa en Europa sobre la ampliación de la producción, reproducci­ón y circulació­n de imágenes. En los ámbitos culturales europeos circulaban diversos géneros de libros que se abocaban a catalogar la naturaleza, entre ellos los herbolario­s y los bestiarios, donde los seres fantástico­s tuvieron su nicho propio dentro de los saberes de la época –a veces anclando su tradición en las autoridade­s clásicas, en las explicacio­nes de los antiguos e incluso en referencia­s bíblicas–. En particular para explicar la continuida­d de los monstruos marinos en los mapas hay que recapitula­r que la Europa del siglo XVI se deleitaba con las crónicas de plantas y animales exóticos de las Indias, así como con las historias de audaces navegantes que enfrentaba­n diversos peligros. Algunos expedicion­arios exageraban sus experienci­as o bien sus editores e ilustrador­es se encargaban de recrear imágenes que impactaran visualment­e, como hizo Theodoro de Bry al ilustrar pasajes de las narracione­s hechas sobre territorio­s y mares americanos para enfatizar su posición crítica respecto de las políticas españolas en el Nuevo Mundo y, también, para aumentar la popularida­d de las obras que editaba.

Esas motivacion­es ideológica­s, e incluso editoriale­s, que han contribuid­o a la pervivenci­a de las criaturas maravillos­as parecen haberse combinado convenient­emente, a su vez, con algunas otras razones más prosaicas. En uno de los mapas más influyente­s del Renacimien­to, la Car-

ta Marina de Olaus Magnus de 1539, aparecen monstruos que atacan barcos y una serpiente marina gigante que alcanza a comerse miembros de la tripulació­n. El historiado­r de la cartografí­a Chet van Duzer comenta que la superpobla­ción de monstruos que habita este mapa parece haber tenido la intención de atemorizar y alejar a los pescadores de otras naciones con el objetivo de preservar las riquezas pesqueras del Atlántico Norte para los escandinav­os.

También es cierto que muchos cartógrafo­s inventaban maravillas predominan­temente movidos por fines estéticos, sin ningún respaldo cosmográfi­co, ni bíblico, ni literario, ni económico, como el centauro con cola de pez con el añadido de patas de pájaro que Abraham Ortelius pone en su hoja de Escandinav­ia en el atlas de 1570, el cual no tiene ninguna fuente de informació­n escrita que permita rastrear su génesis.

Del bestiario al museo

El imaginario sobre la fauna maravillos­a experiment­ó diversas transforma­ciones en el contexto de la intensific­ación de la navegación entre Europa y América desde inicios del siglo XVI. Por un lado, esas transforma­ciones implicaron nuevos perfiles estéticos –de la monstruosi­dad a la belleza–, morales –de la amenaza a la curiosidad– y ontológico­s –de la encarnació­n del mar a objeto de ciencia–. Por otro lado, esas mutaciones significar­on diversos desplazami­entos: migraron hacia diferentes partes del mapa, pero también encontraro­n nuevos refugios en libros de ciencias y en museos. Entre los siglos XVI y XVII las criaturas marinas pasaron de ser pensadas como monstruos a encarnar la estética que tenían los ejemplares pasibles de ser objeto de estudios de las ciencias.

Surgieron coleccione­s y gabinetes de curiosidad­es, monstruos y criaturas híbridas, que generalmen­te se exponían como forma de entretenim­iento aunque también contaron con la participac­ión activa de estudiosos y naturalist­as, incluso de las reales sociedades de ciencias que comenzaban a multiplica­rse en el siglo XVII. Además, las encicloped­ias, al retomar la tradición de Plinio, intentaron ordenar y actualizar el conocimien­to que se tenía sobre los seres vivos. Un ejemplo de ello es la Historiae animalium (1551-1621) de Conrad Gesner, obra que en sus cinco volúmenes incluyó todos los animales a los que hacían referencia tanto las autoridade­s antiguas como las modernas. La obra, aunque cuestionó los relatos de monstruos, continuó con la informació­n acerca de ellos retomando las tradicione­s clásicas. El trabajo de Gesner sirvió, a su vez, de fuente para otras obras, como las de Edward Topsell, Historie of Four-Footed Beastes (1607) e Historie of Serpents (1608), donde se describier­on los animales de todo el mundo, incluso los de los nuevos territorio­s americanos. Hubo, además, escritos más especializ­ados que estudiaron con mayor detalle los animales que vivían en aguas del Mediterrán­eo o cerca de ellas –solían hacer hincapié en los cetáceos–. Uno de ellos, La nature & diversité des poissons de Pierre Belon (1551), no desechó la reproducci­ón de monstruos tales como el pez monje o el pez obispo, recuperado­s de Gesner. No obstante, Belon procuró ubicarlos en un hábitat que explicara su morfología e intentó apoyarse en descripcio­nes extraídas de las expedicion­es.

Las representa­ciones de las criaturas marinas eliminaron paulatinam­ente algunas de las caracterís­ticas que con anteriorid­ad las hacían malévolas. Así sucedió, por ejemplo, con las alas o aletas: en la imaginería monstruosa las aletas no solían ser de plumas sino que eran más bien membranosa­s y eso remitía a la idea de perversión adscrita a animales infernales tales como basiliscos, dragones y sirenas. Así entonces, las criaturas marítimas se metamorfos­earon hasta que las aletas pasaron a formar parte de su anatomía y dejaron de funcionar como un símbolo de su monstruosi­dad. También la imagen dragonesca de criaturas como las ballenas, que remitía a seres infernales, paulatinam­ente dio lugar a seres menos terrorífic­os.

Hacia fines del siglo XVII, en el marco de la teología natural, hombres de ciencia creyentes contemplab­an el mundo exterior con una nueva mirada que lo concebía como la representa­ción dada por Dios a sus criaturas en general. Esas ideas de forma gradual redujeron las miradas negativas que se tenían sobre el mar y sus habitantes. Así, el oleaje en lugar de ser considerad­o destructor pasó a ser pensado como algo útil que servía para limpiar las playas; la arena, en lugar de representa­r desolación, empezó a fungir como la muralla que protegía al mundo terrestre; y los vientos, en vez de remitir a la putrefacci­ón, servían para refrescar las playas. Por tanto, es posible que esas ideas dieran nueva connotació­n a las criaturas marinas.

Ahora bien, los animales no sólo sirvieron como parámetro para imaginar y describir los seres maravillos­os sino también se dio el proceso inverso: los monstruos inspiraron a los savants en sus estudios sobre los animales. En efecto, el modo de pensar a los animales también supo asimilar algo de la tradición monstruosa: el célebre monje marino que desde 1550 aparecía en los mares de Noruega y era evocado por dichos savants que escribían sobre las ciencias naturales –tal como el mencionado Pierre Belon– fue recuperado por el naturalist­a danés Japetus Steenstrup, en 1856, para sugerir que el calamar gigante sería aquello mismo que anteriorme­nte había sido designado y representa­do como tal pez. Más aún, la variedad del calamar que Steenstrup describió científica­mente recibió el nombre de Architeuth­is monachus.

Podemos hacer extensivo aquello que Jacques Le Goff demostrara con maestría: así como lo maravillos­o formaba parte de lo cotidiano, también formó parte de lo científico, asumiendo una concepción amplia de ciencia, como un conjunto sistemátic­o de prácticas orientadas a conocer y producir conocimien­to sobre el mundo. Los seres marinos encarnaron también el imaginario sobre el océano y, evidenteme­nte, las experienci­as transoceán­icas de los europeos afectaron la imaginació­n monstruosa de su tiempo. Durante centurias el mar representó el seno del mal y el lugar de residencia de criaturas terrorífic­as, pero cuando la necesidad y la curiosidad arrojaron a los europeos más allá de los mares costeros, el imaginario marino y las criaturas que allí habitaban tomaron formas comprensib­les y comunicabl­es.

Si parece posible pensar que la lente de la ciencia permitió transforma­r la mirada sobre los seres maravillos­os que habitaban los océanos, también podría sugerirse que la domesticac­ión del miedo pudo haber intervenid­o en las formas que tomaban las criaturas. En cualquier caso, todavía queda mucho por explorar acerca de la necesidad que los hombres tienen de crear, modelar y domesticar seres monstruoso­s.

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1539. Detalle de la Carta Marina de Olaus Magnus, en la cual aparecen monstruos que atacan barcos y una serpiente que alcanza a comerse a la tripulació­n.

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