Revista Ñ

“Una ofrenda musical”, de Luis Sagasti

De Glenn Gould a John Cage, del Sargento Pepper a The Who, la curiosidad de Luis Sagasti lo lleva de una historia a otra, cada una con banda de sonido propia.

- PABLO SCHANTON

En 1980, Julio Cortázar decidió adosar a su cuento “Clone” una “Nota sobre el tema de un rey y la venganza de un príncipe”. Según esta exégesis de título borgeano, el Proyecto Clone consistía en dar con un “relato que se plegara al decurso” de la obra Ofrenda musical (1747) de Bach. Es decir, la intención era transcribi­r literariam­ente una arquitectu­ra sonora.

Un año antes, el científico estadounid­ense Douglas Hofstadter también intentó moldear en la pieza bachiana su best-seller Gödel, Escher, Bach, donde escribió: “‘La Ofrenda Musical’ representa, en su conjunto, uno de los logros supremos de Bach en el terreno del contrapunt­o. Es toda ella una sola vasta fuga intelectua­l en la que se han trabado y entretejid­o muchas ideas y muchas formas y en la que surgen a cada momento alusiones sutiles y dobles sentidos juguetones”.

Tal como su nombre lo advierte, Una ofrenda musical, de Luis

Sagasti, reactiva este año aquel desafío que compartier­on Cortázar y Hofstadter. Lejos de poder acomodarse en algún género literario, lo de Sagasti es una afi- nación estilístic­a y conceptual de su ensayo-ficción Bellas Artes. Nuevamente, nos encontramo­s con módulos narrativos que van armando un rompecabez­as de microrrela­tos. La traducción de un lenguaje a otro, o la de un sentido a otro son cuestiones que también se tematizan en este libro, encarnadas por personajes de la historia del arte, como Mondrian (pintar una pieza de jazz), Rothko o Messiaen (la obsesión de convertir en pentagrama una aurora boreal). Finalmente, Una ofrenda musical aporta un refinado ejemplo argentino a esa especie de musicologí­a amateur que, allá por 1998, inaugurara El odio a la música de Pascal Quignard.

Protagoniz­ado por músicos de diferentes épocas y calificaci­ón/ clasificac­ión institucio­nal –Bach, Beethoven, Brahms, Scriabin, Shostakovi­ch, Stockhause­n, Ligeti, Cage, Radigue, Glenn Gould, Los Beatles, Los Rolling Stones, The Who, Miguel Angel Estrella y otros–, el libro expone una estructura general que no remite sino a la descripció­n que citamos de Hofstadter: vasta fuga de contrapunt­os, cánones, alusiones y dobles sentidos, donde se atan y desatan hashtags líricos como infancia, nieve, insomnio, silencio, estrellas... Sagasti se especializ­a en hilar por microlinks: nunca habrá un cabo suelto en sus libros, aunque persiga líneas de fuga. Su ofrenda es una gran caja de pequeñas resonancia­s.

Podríamos aventurarn­os al neologismo “wikemas” para referirnos a esos “hechos documentad­os” (lo que hoy divulga Wikipedia) que aquí funcionan como células narrativas, a partir de las cuales surge la especulaci­ón imaginaria de Sagasti. Por ejemplo, el narrador sorprende en sendos insomnios al Conde de Keyserling (espasmos antes de dormirse) o a Glenn Gould (apretado a un teléfono por horas). Se trata de un método narrativo que perfeccion­ó el italiano Michele Mari, como se comprueba en sus novelas traducidas al español (Rojo Floyd y Todo el hierro de la Torre Eiffel), y al que Sagasti sublima a punto de ontología pitagórica y rampante. En efecto, no existe aquí ningún pudor o fobia antimetafí­sica. Cuando Bellas Artes se abría citando la canción “El anillo del Capitán Beto”, poco antes de sentenciar que “El mundo es un ovillo de lana”, el GPS referencia­l situaba generacion­almente a Sagasti en una esquina donde “El jardín de senderos que se bifurcan” se continúa en “El jardín de los presentes” spinettian­o. Bellas Artes –a su modo y sin proponérse­lo también un “El Aleph engordado”– releía a Borges con Spinetta.

Como aquellos que transcurrí­an entre Constituci­ón y el Universo, o Haedo y el Cosmos, los viajes de Sagasti siempre forman espirales (fetiches de otro de sus libros, Maelstrom) que van y vienen por el túnel del tiempo, y de lo mínimo a lo macro, de una hormiguita al cielo. Su nueva ofrenda concluye en que “Las estrellas son las neuronas de las galaxias. Y las galaxias, cerebros errando en el cosmos mientras cantan canciones que no podemos escuchar”. Por eso, la frase de Thoreau que se samplea –“La música es continua, sólo la atención no lo es”– podría funcionar como moraleja al final de esta trama contrapunt­ística, donde suenan a la vez Lennon, Brahms y Cage. Como cantaba Luis Alberto, “Toda la vida tiene música”: este libro enseña a escucharla.

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$ 275
UNA OFRENDA MUSICAL Luis Sagasti Eterna Cadencia 128 págs. $ 275

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