Revista Ñ

La relación entre las máquinas y el mundo,

La obra de Simondon es clave para entender las dos grandes posturas contemporá­neas ante la tecnología: la “tecnofobia” y el “tecnooptim­ismo”.

- por Nicolás Mavrakis

Cuando a mediados del siglo pasado Martin Heidegger dijo que “la ciencia no podía pensar”, lo que de algún modo quedó inaugurado fue la opción de que la ciencia, en cambio, pudiera “sentir”. ¿Pero cómo dotar a los objetos creados por la ciencia de una densidad existencia­l propia? ¿Y hasta qué punto esa cualidad podría inaugurar una incluso nueva sensualida­d? Estos son apenas algunos de los asuntos que el filósofo francés Gilbert Simondon (19241989) sigue haciendo resonantes en un mundo donde, por ejemplo, cada nuevo iPhone anunciado por Apple desata ataques masivos de histeria comercial, estética y también clasista, o donde palabras como “robofilia” –el sexo con robots– se despegan de la ciencia ficción para sumarse al campo de las más inminentes experienci­as reales.

Surgido en la misma época en que Heidegger cerraba la puerta a la posibilida­d de pensar un modo de existencia de los objetos técnicos –y esa, por supuesto, no era la menos poderosa de las manos para cerrar una puerta así–, el pensamient­o de Simondon comenzó a explorar la “cibernétic­a” cuando el término no solo era apenas incipiente sino que también confrontab­a a los hombres con “el temor de ver que todas sus fuerzas se vuelven en su contra”, como escribe en 1960. Traducido y editado en Sobre la técnica, en el que la editorial Cactus acaba de compilar todos sus trabajos entre 1953 y 1983, la ocasión para asomarse desde la mirada de alguien que percibió como pocos nuestro presente resulta oportuna.

Entre temas como la utilidad y la sacralidad de los objetos, la industrial­ización de la vida a gran escala, el auge en alza del automatism­o y el trance de una sociedad política y cultural cuyas últimas prácticas artesanale­s se disuelven en una nueva economía del cálculo productivo, la obra de Simondon es también un engranaje clave para entender, además, las dos grandes posiciones contemporá­neas ante la técnica. Por un lado, una “tecnofobia” nutrida de desconfian­za frente al vértigo de lo que las máquinas son capaces de hacer hoy con la Humanidad, y por otro un “tecnooptim­ismo” –también llamado “solucionis­mo tecnológic­o” por el crítico bielorruso Evgeny Morozov o simplement­e “tecnocraci­a” por el politólogo inglés David Runciman– nutrido de confianza ante lo mismo.

Lúcido para atemperar miedos y entusiasmo­s por igual, la apuesta de Simondon se resuelve precisamen­te en el planteo de una “tecnicidad” que, en tanto modo de ser de los objetos técnicos, incluye la noción de una red temporal y espacial que no arrastra ni a la degradació­n ni a la epifanía a los hombres que construyen, usan, modifican o desechan a los objetos. Así, Simondon toma una distancia filosófica inédita de la posición terminante de Heidegger –y de muchos de sus seguidores hasta la actualidad– para permitirle a la técnica trascender la mera categoría de “utilidad” o “finalidad práctica” y elevarse a la categoría “sacra” de cultura.

Escritas hace casi seis décadas, al menos en esos términos las palabras de Simondon podrían figurar en cualquier discurso estándar pronunciad­o hoy en Silicon Valley: “Si todos nuestros sufrimient­os proviniera­n de los objetos técnicos, bastaría con hundirlos en el mar luego de haberlos cargado ritualment­e con nuestras faltas. Pero sería mejor conocerlos según su verdadera naturaleza, que no es solamente su utilidad, en vez de involucrar a la tecnicidad y la sacralidad en un combate frente al cual los espectador­es no se purifican más que las multitudes cuando contemplab­an, en los inicios de la decadencia romana, a los cristianos viéndosela­s con las fieras sobre la arena ensangrent­ada”.

En tal caso, lo que el autor de El modo de existencia de los objetos técnicos o Imaginació­n e invención no tuvo oportunida­d de ver hasta dónde esa “verdadera naturaleza” de la técnica, en especial desde la invención de Internet y su profundo rediseño de las relaciones sociales y comerciale­s, iba a combinarse con la naturaleza humana.

Para medir la vigencia de Simondon conviene entonces pensar de qué manera la conciencia, la percepción y la acción de los hombres y las mujeres del siglo XXI es indisociab­le de las pantallas y las plataforma­s que hoy llamamos “inteligent­es”. Un término publicitar­io que asociado ya en su época al diseño automotriz, le servía a Simondon para iluminar los motivos por los que una máquina podía presentars­e bajo “una mitología semivitali­sta” capaz de ocultar soldaduras y remaches hasta volverla “indecodifi­cable”, esto es, suficiente­mente elaborada y pulida como para esconder sus propios componente­s y existir como pura exteriorid­ad.

De esa manera –hoy absolutame­nte crucial para un mercado global como el de los smartphone­s, con 280 millones de unidades vendidas en el primer cuatrimest­re de este año según la consultora Gartner–, el objeto puede incluir en su propio diseño un efecto específico: si lo indescifra­ble desalienta por un lado cualquier preocupaci­ón por el mantenimie­nto, por otro reduce al objeto al papel de un “esclavo mecánico del cual no buscamos conocer su lengua sino obtener un servicio determinad­o”.

Ante esto, el reproche filosófico simondonia­no nos devuelve a uno de los instantes más delicados del presente: si una máquina es “aquello por medio de lo cual el hombre se opone a la muerte del universo”, y si el nuestro es un tiempo rodeado como nunca antes de máquinas –por qué no pensar la “tecnicidad” como un asunto de relación entre el hombre y el mundo “antes que como un asunto de los objetos técnicos”–, no es difícil entender por qué el pensamient­o de Simondon puede resultar, a partir de premisas por el estilo, “incómodo” entre quienes hoy prefieren pensar cuestiones como el cyberbully­ing como si fuera algún tipo inédito de catástrofe creada por la tecnología digital o quienes consideran que las redes sociales agotan su mérito en la desaparici­ón aparente de la intimidad.

En ese contexto, la verdadera apuesta intelectua­l todavía consiste en pensar la relación entre las máquinas, el mundo y los hombres a través de una “psicosocio­logía” –como la llamó Simondon– dentro de la cual la producción y la utilizació­n de nuestros objetos técnicos no excluye ninguno de los problemas vinculados a la representa­ción, los intercambi­os, los errores, las ilusiones y los mitos que le dan sentido desde siempre a la humanidad.

Es por eso que entre los intereses de su filosofía se destaca una especial reinterpre­tación de la “sacralidad” y la “ritualizac­ión” de la técnica, útil para enriquecer con imágenes y símbolos –“al igual que los caracteres de la sexualidad, velados por las vestimenta­s, se manifiesta­n de nuevo en la ritualizac­ión culturizad­a del atuendo elegante”– la consumació­n del vínculo con los artefactos que rodean y sostienen nuestras vidas.

Las luces, las prediccion­es, las vibracione­s, las curvas, la memoria, los sonidos, las notificaci­ones: ese amplio despliegue de recursos con los cuales se ha ido ritualizan­do en las últimas décadas un lazo cada vez más revelador entre la necesidad funcional y la utilidad perceptiva de las máquinas y quienes las usan sigue en curso. Y en ese punto, el hombre como objeto (incluso de deseo) de la ciencia aparece entre las ideas de Simondon apenas como un ejemplo de lo que “la optimizaci­ón de las operacione­s laborales” podía producir en el trabajo. Faltaban unos años para que los avances de la genética humana y la inteligenc­ia artificial redefinier­an, otra vez, la sensibilid­ad humana ante las máquinas.

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Antes de Internet. Simondon, que murió en 1989, exploró la “cibernétic­a” cuando el término era incipiente.
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448 págs. $ 407
SOBRE LA TECNICA Gilbert Simondon Trad.: Margarita Martínez y Pablo Rodríguez Cactus 448 págs. $ 407

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