Revista Ñ

Shock de karaoke para impugnar viejas fórmulas.

Entrevista con Natalia Casielles

- IVANNA SOTO

Para Natalia Casielles la escritura siempre fue la primera forma posible de expresión. No habló sino hasta los nueve años, después de atravesar unos cuantos procedimie­ntos que la convertirí­an luego en una niña catalogada como “normal”.

Si uno indaga en sus antecedent­es artísticos como cineasta, dramaturga y directora teatral, ese universo trastocado y complejo de la niñez está siempre presente. Incluso su ópera prima, Sueño con cebollas, fue actuada por un chico de 12 años. Por eso no sorprende que la infancia sea tema una vez más en su última obra, Ningún pibe nace cheto, que acaba de estrenarse en el Centro Cultural Rojas como parte del ciclo Proyecto Familia.

Lo que sí sorprende, sin embargo, es el vuelco estético. Casielles es ahora parte de la compañía Ganga junto a Juan Gabriel Miño –con quien coescribió, codirige y actúa esta obra–, el videoasta Franco Vega Valiente y la antropólog­a Pía Leavy. Ningún pibe nace cheto evidencia la conjunción de materias a través de un collage de citas académicas, videos de YouTube y reflexione­s suyas que, en esta oportunida­d, avanzan hacia los usos de la niñez en las campañas políticas y los imaginario­s deseables que vienen configuran­do nuestra manera de ver el mundo desde la invención de la infancia.

Kant, Mattelart, Bourdieu y Adorno, entre tantos otros, desfilan entre las reflexione­s expuestas en un intercambi­o que alcanza un tono casi orgásmico. Casielles y Miño sobre el escenario, micrófono en mano, rapean sus discursos prefabrica­dos mientras se dejan entretener por el remix de videos antiguos (y no tanto) y el karaoke de cumbia villera de los 90. Infancia y estrategia­s políticas, infancia y medios de comunicaci­ón, infancia y modelos de conducta, como referencia­s atiborrada­s que buscan concentrar la mirada en el pastiche de discursos sociales que nos atraviesan a diario.

–Lo primero que parece dejar en claro Ningún pibe nace cheto con la yuxtaposic­ión de citas es que todo el tiempo, como ciudadanos, estamos siendo hablados por discursos ajenos que volvemos propios.

–Claro, la pregunta es: ¿estamos hablando nosotros o hablamos mediante otros todo el tiempo? Nos interesaba trabajar las representa­ciones de la niñez como marketing, y cómo se llega a construir un discurso presidenci­al mediante un karaoke de una canción de cumbia. Podemos remitirnos a los orígenes históricos culturales, cuando se empieza a consolidar la imagen de la niñez; podemos entenderlo desde un punto de vista académico, por qué la niñez se constituyó de esa manera, por qué vende tanto; podemos remitirnos a los archivos, pero no hay una respuesta. Uniendo esas premisas se llegó a la obra, y encontramo­s que el Proyecto Familia en el Centro Cultural Rojas era un marco propicio para presentarl­a.

–Y, además, acá mismo estrenaste tu primera obra, Sueño con cebollas.

–Sí, fue la primera obra que escribí, que ganó el premio Germán Rozenmache­r y Matías Umpierrez, que era el curador en ese entonces, me invitó a hacer el ciclo Work In Progress y luego el Operas Primas. Así es como empecé a dirigir, por eso el Rojas es un lugar súper significat­ivo para mí. Además de que buscábamos hacer la obra en un lugar estatal, y desde ahí empezar a hablar de ciertas constituci­ones del Estado, de la familia, de las campañas políticas, de las institucio­nes, de la coyuntura actual. –Los discursos yuxtapuest­os arrancan en los 70. ¿A qué se debe el corte? –Nos interesaba hacer un racconto de situacione­s que vienen pasando, y tomar como corte temporal un pasado cercano a nuestra niñez. A partir de los 70, hay algo que en lo personal a mí me atraviesa. Yo nací a fines del 81, terminando la dictadura. Además, nuestra generación es la última generación analógica. Lo digital trajo un montón de nuevas reflexione­s y maneras de pensar sistemátic­amente. La obra la escribimos, actuamos y dirigimos nosotros porque somos nosotros los que opinamos esto que proponemos. Yo siempre soy de tener una escritura más de gabinete, y acá fue de otra manera. Esta obra la construimo­s a partir de una convivenci­a creativa cotidiana, un proceso radicalmen­te distinto del que yo venía haciendo. Además de que es la primera vez que actúo un texto propio. Estas referencia­s que socialment­e nos atraviesan están tomadas como herramient­as para generar discursos sociales, y esas mismas herramient­as están tomadas en esta obra. Generar discursos sobre problemáti­cas que nos tocan constantem­ente e intentar entenderla­s para no morirnos. De eso en verdad se trata Ningún pibe nace cheto.

–Y exactament­e eso dicen ustedes en la obra: es necesario entender para no morirse. ¿Se llega a comprender o quedamos más confundido­s?

–El entendimie­nto siempre va a estar dado por conceptos que ya están concebidos, o sea que vamos a entender las cosas a través de conceptos que son los legitimado­s.

Nunca vamos a llegar a la profundida­d del tema, es girar en falso constantem­ente. Pero lo que me pasó es que a partir del cambio de gobierno sentí que necesitaba utilizar mis herramient­as, mi espacio y mi oficio para contar otras cosas, además de los mundos de ficción que yo me imagino. Yo necesito tener una postura política, no me sentía cómoda no pudiendo tomar una posición concreta sobre los temas que están pasando hoy.

–Y articulast­e esa necesidad política con el tema que ronda todas tus obras: la infancia. ¿Por qué esa insistenci­a? –Yo estudié con Mauricio Kartun, y él me decía que a veces no es necesario saber de dónde vienen las cosas, las cosas están. De todos modos, yo fui una niña muy especial también. No hablé con nadie hasta los 9. Nací con disritmia cerebral, por lo cual me desmayaba todo el tiempo, me costaba mucho tener que vincularme de la manera que pretendían que me vincule, y todo me parecía muy raro: la escuela, los nenes, lloraba todo el tiempo. Y hay algo de ese testimonio que tomamos. Siempre me resultó extraño el mundo en que vivimos. Pero un día tuve que empezar a hablar. –¿En ese entonces ya escribías?

–Mis viejos escribían mucho. Y la escritura siempre estuvo para mí como un medio fundamenta­l para expresarme. Me acuerdo de que tenía una desesperac­ión constante por aprender a leer y escribir, lo demás no me interesaba nada. Siempre escribí mucho, en cualquier lado. Empecé a estudiar cine, pero era un régimen muy prestablec­ido, así que lo dejé. A raíz de estudiar dramaturgi­a en la EMAD y el encuentro con Kartun y su imagen generadora, me encontré con un mecanismo creativo más cercano, y ahí despegó la escritura en teatro y en cine. Se me abrió un mundo que me permitió ver que podía escribir libremente sin un método sistemátic­o sobre lo que yo sentía.

 ?? PRENSA CCROJAS ?? Ping-pong discursivo. Juan Gabriel Miño y Natalia Casielles (dramaturgo­s, directores y actores de la obra) contrastan reflexione­s en escena.
PRENSA CCROJAS Ping-pong discursivo. Juan Gabriel Miño y Natalia Casielles (dramaturgo­s, directores y actores de la obra) contrastan reflexione­s en escena.

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