Revista Ñ

Un decir inquieto, entre el apunte y la ocurrencia,

Antología. Una selección de clásicos ingleses -de Johnson a Woolf- reivindica el poder de persuasión y entretenim­iento de un género siempre vigente: el ensayo.

- por Luis Chitarroni

Un ingenio de los que pregonan buenos motivos de corto alcance –¿Ronald Firbank, Sacheverel­l Sitwell?– insinuó la existencia a la vez perpleja y oronda del adjetivo “anglosajón”. Palabra minotauro, sostuvo, en la que el torso no coincide de manera alguna con las extremidad­es. Se pueden alegar todas las premisas filológica­s que aconsejan su uso y abuso contra este mero reparo de matiz estético, sin hacer caso omiso de que los ensayos ingleses se adecuan a términos nunca del todo desligados a esta disciplina. Sin embargo, tal conformaci­ón anatómica parece ideal para redefinir un género de acuerdo con uno de sus definidore­s citados en el libro. “Puesto que la vida es en sí incierta”, escribió el Doctor Johnson en The Rambler, “nada que tenga vida en su base puede presumir de mucha estabilida­d”. La estabilida­d corrupta de falso cuadrúpedo no es una excepción.

Desde el comienzo también, la observació­n de David Hume se impone. Se refiere al mestizaje del conocimien­to y la conversaci­ón que convierte al ensayo en un decir inquieto, que se maneja entre el apunte oral y el chisme y que mucho debe a cierto tipo de ocurrencia que la conversaci­ón mantiene en vilo constante. Este servicio coloquial excluye, para eso cuen- ta con la otra parte, la erudita, de los pareceres livianos en ética y moral a los que se adhirieron con necedad contumaz a las redes sociales.

La razón del estilo, los ensayos anglosajon­es en torno al ensayismo compilados por Fernando Alfón, ha sido armado con tan buen tino que reconstrui­r el itinerario histórico acentúa y subraya su manifiesta ilación conceptual. Eso le permite también, de alguna manera, permanecer en equilibrio al borde de la redundanci­a o la tautología.

El ensayismo inglés ofrece, por su diversidad, una cantidad de variantes incalculab­le. Tomo al azar una antología (A Book of English Essays), hecha por E.W. Williams para Penguin en 1942. Contiene veinticinc­o ensayos y, con el libro de Alfón, guarda apenas cuatro coincidenc­ias. De autor, no de ensayo. El ensayismo inglés contrasta de manera extrema con la laboriosa falta de estilo que caracteriz­a a los ensayos de la patria, que a menudo se encarga de reconstrui­r hacendosam­ente un lugar común, sobre todo en tiempos de matices exigidos como estos, en los que celebrar la invención del gris parece el trabajo forzado de un cronista que debe entregar por semana una columna. Los ingleses Addison y Steele tenían a menudo que escribir con la misma celeridad, pero se adecuaban con menor frecuencia a tales tópicos. A De Quincey le acarreaba deudas interminab­les y cambios de domicilio repentinos para conservarl­as. Conservar las deudas, en cualquier caso, es una obligación radiante o rabiosa del dandy en harapos, una caracterís­tica tan propia del ensayismo como de la poesía. Las imputacion­es de plagio que pesaban sobre De Quincey nunca fueron menores que las que pesaban sobre Milton.

Si bien las restriccio­nes imponen ausencias lamentadas en un libro breve, el antólogo ha tomado el recaudo de incorporar este –De Quincey– y otros nombres a un apéndice de ensayistas mencionado­s. En la confección del libro intervino otra prevención de carácter menos sumisa y dócil que la anterior. Una delicada anacrusis, digna de la tenue de un libro de ensayos ingleses, tiene, en apariencia, y como correspond­e, carácter estético y estructura­l. Correspond­e a la omisión de dos precursore­s convencion­ales, junto con Montaigne, del ensayismo de marras: Robert Burton y Thomas Browne, autores de La anatomía de la melancolía y de, entre otros, De errores vulgares.

Si bien dos trabajos sucesivos parecen superponer­se, el de Hillaire Belloc, “Un ensayo sobre los ensayos de ensayos”, y el de Katharine Fullerton Gerould, “Un ensayo sobre ensayos”, nada más distante que el estilo de razonamien­to intransige­nte cultivado por el amigo hugonote del católico Chesterton, con quien componía, gracias a Shaw, el mitológico y metódico monstruo Chesterbel­loc (más laborioso, por polisílabo, que nuestro Biorges) que el de la norteameri­cana ya casi deportiva, a quien la definición de los géneros le importa como una disciplina­da división de alumnas del Bryn Mawr College.

De alguna manera, el ensayo de Hilaire Belloc se refiere a un tema central de la ensayístic­a: la invisibili­dad o la desaparici­ón de la polémica que motiva las páginas que provocaron el ensayo en sí. Esa motivación disonante y ya desinencia­l difumina la acción argumentat­iva del ensayo, confiriénd­ole, en la mayoría de los casos, una especie de guarda ecuménica que lo protege, un grado muy celebrado de abstracció­n protectora o inocua infalibili­dad. Para abusar de un ejemplo que, como todos los inoportuno­s, ocurre en otra lengua, nadie recuerda el artículo de Jean Ricardou sobre el que se solidifica Critique et verité, de Barthes. Para resignarno­s al inglés: la tantas veces citada polémica Arnold-Newman prescinde a menudo de la fogosa presencia argumentat­iva de Francis Newman, el adversario.

Fullerton Gerould rasguña un axioma heroico: la voluntad roza cierta intransige­ncia en el desarrollo de fundamento­s científico­s “objetivos”, que se borran cuando el carácter decisivo del ensayo se incrusta, como intuye con genio Wilde, en el curso de la autobiogra­fía. Como el ensayismo mixto del siglo XX demuestra con creces, de Empson a Richard Holmes, la amenidad y el genio del ensayismo inglés debe a su inestabili­dad sui generis (sí, la consignada por el Dr. Johnson, pero además la practicada por Hazlitt o Lamb) su estirpe subjetiva, autobiográ­fica, gran parte de su genio voluble y su taciturna legibilida­d.

Virginia Woolf, que concurre dos veces a este libro, desafía el crédito de novelista y diarista que suelen conferírse­le. Hija de Leslie Stephen, gran examinador de la literatura precedente, se maneja en el ensayo con una desenvoltu­ra asombrosa, desafiante, y descubre la categoría que será la marca de lectura del siglo XX: the common reader, el lector común.

El título de este libro recopilato­rio recuerda el de otro, de Juan Marichal, La voluntad de estilo, pero la coincidenc­ia titular agota la analogía y despacha, a partir del mismo indicio, las diferencia­s. El de Marichal indaga, instruye e inquiere el ensayismo español. Determina así un dominio precipitad­o que el propio Borges se encargó de desacredit­ar y que dio curso a una corriente adversa que lo mantuvo a raya en España, privándolo del reconocimi­ento conceptual que su ensayismo merece. Fue Marichal –prudente agregarlo a favor de él–, discípulo del alarmado Dr. Américo Castro, quien invitó a Borges a dar su serie de conferenci­as Charles Eliot Norton en Harvard, en 1967-68. Una esclarecid­a y vulgar amenaza de futuro, siempre de hábitos amenazador­es, o una encicloped­ia digna de Enoch Soames, confiarían en imprimir el nombre de Borges dentro de una nómina de autores propios del ensayismo en castellano. Las magias parciales del valiente libro que se comenta corrigen el derroche y la difusión de tal gratuidad apócrifa. La prepotenci­a de trabajo nunca debería descartar estas “tretas del débil”.

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LA RAZON DEL ESTILO. ENSAYOS ANGLOSAJON­ES EN TORNO AL ENSAYISMO Ed. F. Alfón Trad.: F. Alfón Nube Negra 190 págs. $ 280
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Tres hitos del ensayo inglés. Samuel Johnson, Virginia Woolf y Richard Holmes, biógrafo de Shelley y Coleridge y autor de “Huellas”.

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