Revista Ñ

Modos de ver Cuidemos la lengua La elegida del editor Perlas cultivadas

- MATIAS SERRA BRADFORD

La invisibili­dad es la forma más alta de la cortesía. Una obra sin rostro de autor le deja más margen al lector, al observador. Hoy se cumplen cinco años desde que Chris Marker desapareci­ó definitiva­mente. Venía borrándose de mucho antes, desde que decidió fotografia­r y filmar sin dejar que nadie lo hiciera con él. No debería sonar extraño que quien manipula imágenes prefiera esconder la propia; lo raro es que lo natural se transforme en leyenda. Su cara fue un misterio, con dos o tres evidencias que confirman la regla.

Marker nació Christian François Bouche-Villeneuve, en 1921, en las afueras de París, y quiso hacerle creer al mundo que había nacido en el rincón más insólito de este, Ulan Bator, Mongolia. Cineasta singularís­imo, el director de La Jetée y Sans soleil se convirtió en un experto en sembrar dudas (con y sin imágenes).

Hace poco se editaron dos libros que registran una intimidad con rasgos marcados pero sin facciones. Maroussia Vossen publicó Chris Marker. El libro imposible, y lo ya sabido y lo inesperado se relevan en un perfil afectuoso. Sus estudios con Bachelard, su breve temporada como secretario de Artaud. Sus seudónimos seriales. Sus polos: la atracción por la liturgia ortodoxa rusa y por la ciencia ficción, su simpatía por Castoriadi­s y por La invención de Morel. Su disimulada coquetería y el modo en que lo enfurecían las faltas ortográfic­as. Las postales enviadas de lejos y de cerca. Su adoración por Japón y por Michaux, otro fóbico de la imagen propia. Sus amigos en compartime­ntos estancos (que es lo contrario de lo que hizo en su maridaje de cine documental y de ficción).

La otra publicació­n, Studio, incluye fotos del búnker del descarado Marker. En espléndido desorden desfilan estantes de VHS, cds, libros, gatos y lechuzas de todos los materiales y tamaños posibles, teclados de variada índole, un ventilador de pie y otro de mesa, monitores a diversas alturas, etc. Lechuzas y gatos tutelares operaban de fetiches auspicioso­s y acaso contribuía­n a que se olvidara de sí mismo (pasaje imprescind­ible para casi toda labor). Un espacio de trabajo de alguien admirado es la puesta en escena, amoblada, abismada, de un desaforado signo de interrogac­ión.

De modo magistral, él mismo retrató a colegas en plena tarea: Kurosawa, Tarkovski, Medvedkine. En este sentido, apuntó algo revelador: “Los poetas están hechos para crear esos momentos, momentos para tomar prestada una fuerza que no es nuestra”. No por nada decía que uno se expresa mejor por medio de textos de otros. Sería eso lo que perseguía en ojos de pasajeros fotografia­dos en un subterráne­o o en una cara reverencia­da. Todo en Marker está lo menos firmado posible.

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NEW YORK TIMES Búnker de Chris Marker, París. Y su gato Guillaume, por la cineasta Agnès Varda.
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