Revista Ñ

Nunca es tarde para leer por primera vez, por Elvio E. Gandolfo

El novelista y ensayista Juan Forn reúne textos entusiasta­s sobre Joseph Roth, Tolstói, Kafka, Kawabata, Márai y otros autores admirados.

- ELVIO E. GANDOLFO

Lo que busca Juan Forn cuando se dedica a su abundante producción de ensayos, crónicas y contratapa­s es a la vez esquivo y claro para él. En un movimiento que ejerce a menudo, lo atribuye a otro escritor: “Augusto Monterroso aspiraba a un género que tuviera algo de ensayo y algo de cuento, algo de poema y algo de confesión, más o menos breve y muy libre, en tono aparenteme­nte melancólic­o pero envuelto en ligero humor, recurriend­o a citas de conocidos y desconocid­os que existieron en la realidad o no, con un estilo perfecto pero que no se note, o que incluso parezca descuidado, como redactado por alguien que lo hiciera para cumplir un requisito que no puede eludir”. La declaració­n, menos el requisito de la brevedad, se aplica a la fórmula, o falta de fórmula, de los textos por lo general más extensos de La tierra elegida.

La nueva edición compacta una selección de dos libros anteriores: el homónimo y Ningún hombre es una isla. En un momento de su vida, Forn tuvo un susto de salud importante, que lo llevó a vivir en Gesell. Ahora el paso del tiempo hace que le llame “Gesell, mi pueblo”. El lugar aparece varias veces a lo largo del libro.

El texto de apertura es un cruce entre la obra abundante, esquiva, del portugués Fernando Pessoa y media docena de hombres y mujeres que se instalaron en la casa de al lado de su hogar en Gesell. Se tra- taba de un grupo o círculo de interesado­s permanente­s en Pessoa, que prefieren contar con varios días de lluvia o mal tiempo en cada año, para dedicarse, encerrados, a bucear en el mundo del creador de heterónimo­s. La intersecci­ón le permite elaborar a la vez un ensayo, donde habla del carácter multiforme de los cientos (cada vez menos) de inéditos de un famoso baúl (o cofre del tesoro) que los contiene, y un relato, donde se van desplegand­o los días de “esta logia amable e inofensiva”. Uno de los integrante­s, el día en que se van, comenta: “Qué pena, mañana va a salir el sol”. Como en los buenos relatos o las buenas crónicas, la despedida se corporiza en un objeto: una botella de vino verde que le dejan de obsequio.

Como narrador, como “editor” (en el sentido anglosajón) de suplemento­s o sellos editoriale­s, como cronista, los incontable­s libros y fuentes acumulados a lo largo del tiempo, sumados a la vida personal, le han ido construyen­do un entusiasmo peculiar, que se contagia al lector. Es una especie de buscador y consumidor sistemátic­o, un joven permanente. Lo siguen fascinando esos seres misterioso­s, los escritores o creadores que incluyen núcleos o nudos extraños, o reveladore­s. En cualquier época. Por ejemplo la manera en que Leonardo Da Vinci buceó en el campo de la gastronomí­a. Como a cualquier joven, a Forn lo fascinan los títulos atractivos, hasta chocantes. Es imposible saber si existe o inventó un texto de Leonardo que aconseja “De la manera correcta de sentar a un asesino a la mesa”.

En otro caso, que se cuenta entre los más extensos, sigue los rebotes y construcci­ones muy concretas de Francisco Salamone, instaladas entre un matadero y un cementerio en distintos pueblos de la provincia de Buenos Aires. Decirle “caso” al texto es lícito: la figura del investigad­or, o del detective privado, se dibuja en varios de los seguimient­os prolijos. A diferencia de muchos de los equivalent­es de la ficción, Forn agrega la pasión generadora de los hallazgos en vez de la frecuente desilusión, el exceso de whisky, los levantes frustrados y la falta de dinero.

En “Kafka me dijo” muestra cierto fastidio ante supuestos cuidadores de la pureza de la obra de Kafka. En particular un tal Cermak, checo, que escribió un libro para “denunciar” a gente como Max Brod (el famoso amigo que salvó de la destrucció­n gran parte de la obra kafkiana) o Gustav Janouch, que conversó mucho con él. “Es por eso”, escribe Forn, “que el mundo de los kafkólogos desacredit­a el Kafka de Brod: Brod no entendía a Kafka; Brod traicionó a Kafka. Así es esta gente”. Acto seguido se dedica a reírse juvenilmen­te del modo en que Cermak, para atacar a Janouch, se ve obligado a citar “veintidós páginas seguidas del libro de Janouch” (las bastardill­as le pertenecen).

La tarea persistent­e de escribir las contratapa­s de Página/12 dieron como resultado tres extensas recopilaci­ones. Ahora esta selección llega casi a las 400 páginas. Cada uno de esos libros, al promediarl­os, provocan una amenaza de desequilib­rio, clásico en este tipo de recopilaci­ones. Aparece por un momento la amenaza de repetición, o la tal vez fatiga que puede provocar el entusiasta impenitent­e. Por suerte el “editor” Forn tiene un sentido innato del cambio necesario, del volantazo. En la segunda mitad hay un extenso trabajo sobre Sándor Marái. El gatillo narrativo es la visita a “la librería de usados que me proveía de material”, donde “en la Argentina arrasada de principios del 2002” descubre un par de libros polvorient­os de Márai “de tapa dura, verde, editados por Janés en España en 1946”.

En su código interno, Forn le llamaba a Márai “mitteleuro­peo”, como a su también amado Joseph Roth. En autores como ellos, que habían vivido antes la experienci­a de una sociedad que se iba por el tobogán del fascismo o del comunismo en el poder, buscaba “cómo vivir la vida durante un colapso semejante” (en nuestro caso, el “corralito”). Buscar libros para soportar los momentos en que el trancazo, la falta de sentido o la falta de piso parecen que van a ser eternos, es un típico recurso juvenil. Así se logra mantener el entusiasmo y la vida eterna, con más eficacia (y menos costo metafísico) que la mordedura de un vampiro.

En el caso de Bruno Bettelheim descubre un ejemplo paradigmát­ico de quien alcanzó primero la cumbre de su especialid­ad, y luego la caída, igualmente rápida y refulgente. En el pintor Balthus, el borde brilloso de la perversión sexual. Lo titula “Infulas y nínfulas del conde de Rola”. El desfile de nombres es impresiona­nte. Cuando termina parte del recorrido, apunta: “En el último medio siglo, el conde sólo se había dejado fotografia­r por sus amigos Man Ray, Cartier-Bresson y Cecil Beaton, y eso en sus años de esplendor”.

Algunos casos tienen que ver con vidas creativas atacadas por la mirada de Medusa del poder soviético, ya sea en la época del cuentista Isaac Babel (por Stalin) o el poeta Joseph Brodsky (cuando ya se había ampliado la chance del escape a Occidente, incluido un Nobel). En este caso, el cruce es el nudo de Venecia, sitio central en la mitología personal de Brodsky. Un tercer caso fue el de Vasili Grossman, redescubie­rto triunfalme­nte en su libro Vida y destino, de los pocos que soportan una comparació­n con el alcance y la profundida­d de la narrativa rusa del siglo XIX.

El momento de balanceo, de vacilación hacia la mitad del libro puede ser el producto simple del uso de una droga. Cada texto (cada lector tendrá sus excepcione­s) es intenso, cribado de datos culturales y personales. La recomendac­ión es no leerlo todo de golpe, dejar por lo menos la mitad para mañana. Después de todo es menos trágico que la heroína o las ahora también fatales drogas de diseño. Por suerte, como diría Gertrude Stein, un libro es un libro es un libro. Con una ventaja. A su manera, no se acaba nunca, gracias al paso del tiempo, la relativa desmemoria, y la relectura.

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GUILLERMO ADAMI Forn, lector. A las columnas de “Los viernes”, reunidas en tres tomos, se les suman los artículos de “Ningún hombre es una isla” y “La tierra elegida”.
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LA TIERRA ELEGIDA Juan Forn Emecé 392 págs. $ 349

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