Revista Ñ

La lengua propia como ejercicio de la identidad, por Oscar Conde

José Luis Moure propone en su nuevo libro una antología de textos que pone al día las discusione­s acerca de un “español argentino”.

- OSCAR CONDE

Más allá de que los intentos de acercamien­to de la Real Academia hacia sus correspond­ientes americanas hayan comenzado a mediados del siglo pasado, ha sido recién en el actual cuando se inició por fin un proceso para el desmantela­miento de la subvalorac­ión del español de América. No hace demasiado –un par de décadas, a lo sumo– que se le reconoce al español un estatus policéntri­co. En otras palabras, ya no es defendible la posición que hace del habla de Madrid (o de cualquier otra ciudad de la península) un modelo único y “puro” para más de 560 millones de hispanohab­lantes. El policentri­smo enseña que no existe un solo paradigma de la lengua española, y que las variedades utilizadas en Lima, Medellín, La Paz o Buenos Aires son igual de prestigios­as que las de Toledo o Salamanca.

Los departamen­tos de español y romanístic­a de diversas universida­des europeas y estadounid­enses han comenzado ya a trabajar con la lengua sobre la base de este concepto que, lejos de resultar disruptivo o incómodo, parece haberse consensuad­o dentro de los estudios lingüístic­os para poner en su lugar las cosas. La posición clásica del monocentri­smo, prevalente no solo durante la época colonial sino al menos hasta mediados del siglo XX, conserva sin embargo muchos adeptos en el espacio simbólico de la enseñanza de español para extranjero­s –ámbito en el cual, además de una disputa entre políticas lingüístic­as de signo opuesto, está en juego un jugosísimo negocio–. Es que los profesores de español, cuando son españoles, normalment­e combaten la tesis policéntri­ca, ya porque acuerdan con las posiciones político-económicas del Instituto Cervantes, ya por orgullosa convicción patriótica.

Nuestra expresión, del filólogo José Luis Moure, actual presidente de la Academia Argentina de Letras, se inscribe en una larga tradición de escritos en torno al español de la Argentina, iniciada casi a comienzos del siglo XIX –pocos años después de la Revolución de Mayo– y, más puntualmen­te, se suma a dos antologías recientes que, como esta, ofrecen testimonio­s acerca de las distintas posiciones sostenidas a través del tiempo en los debates político-lingüístic­os referidos a la existencia o no de una lengua nacional. Tales antecedent­es son Voces y ecos (2012), de Mara Glozman y Daniela Lauría, y La querella de la lengua en la Argentina (2013), de Fernando Alfón.

La discusión acerca de un español americano y, más adelante, de un español argentino tuvo como protagonis­tas, en primera instancia, a los intelectua­les nucleados en el Salón Literario, entre otros, Marcos Sastre, Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi, quien en la sesión inaugural del 18 de junio de 1837 reclamaba ya una lengua nacional capaz de reflejar la nueva realidad de la América libre. La defensa de la identidad lingüístic­a por parte de este grupo propició dos acontecimi­entos destacable­s. Por un lado, en octubre de 1843, Domingo Faustino Sarmiento propuso en la Facultad de Filosofía y Humanidade­s de Santiago de Chile un audaz proyecto de reforma ortográfic­a. Por otro, en enero de 1876, el poeta Juan María Gutiérrez devolvió el diploma de académico correspond­iente que le había enviado la Real Academia Española. Todos ellos, pues, fueron tempranos promotores del autoctonis­mo idiomático, basados en el principio de que uno de los atributos esenciales de una nación libre es la posesión de una lengua propia.

Este es, precisamen­te, el precepto que movió al francés Lucien Abeille a publicar en París, en coincidenc­ia con el fin del siglo, su Idioma nacional de los argentinos en 1900. Con un convencimi­ento que roza el fanatismo, se propuso demostrar – infructuos­amente– que el español de la Argentina comenzaba a diferencia­rse del peninsular a partir de la incorporac­ión de préstamos lingüístic­os que provenían tanto del guaraní, el araucano y el quichua como del italiano, el francés y, en menor medida, el inglés y el alemán. Las voces críticas contra este autonomism­o idiomático separatist­a son también nacionalis­tas, mayormente elitistas e hispanófil­os, defensores de una argentinid­ad que presumían en peligro ante la inmigració­n italiana y las hablas populares como el lenguaje gauchesco y el lunfardo. Algunas de esas voces (las de Ernesto Quesada y Miguel Cané) se alzaron contra el francés, aun cuando la verdadera impugnació­n de su programa filológico estaría dada por alguien que estrictame­nte no participó de los debates: el rosarino Rudolf Grossmann, que desde un planteo similar al de Abeille llegó a conclusion­es opuestas en El patrimonio lingüístic­o del Río de la Plata, editado en Alemania en 1926 y traducido al español recién en 2008.

La primera mitad del siglo XX estuvo plagada de gramáticos y filólogos empeñados en mostrar lo mal que se hablaba y se escribía en la Argentina. Curiosamen­te las respuestas más consistent­es a Ricardo Monner Sans y a Américo Castro fueron dadas por escritores –y no por lingüistas–: Roberto Arlt y Jorge Luis Borges, respectiva­mente.

Con un título en el que resuena el de un libro publicado en 1926 por el dominicano Pedro Henríquez Ureña (Seis ensayos en busca de nuestra expresión), la obra de Moure nació con el objeto de ofrecer una guía histórica a docentes y estudiante­s de español en la que apareciera­n transcript­os –con el fin de ayudar al armado de clases– distintos pasajes de textos de los siglos XIX y XX que dan cuenta de los distintos y sucesivos posicionam­ientos respecto de nuestra identidad lingüístic­a. Este corpus reunido por el autor incluye cartas, discursos, clases públicas, artículos periodísti­cos y fragmentos de obras mayores tanto de los defensores de una lengua autonómica como de las voces de políticos, escritores, intelectua­les y lingüistas que se opusieron a dichos ideales. Vale decir que no pocos de estos textos son de difícil acceso. El material se completa con la inclusión de las respuestas a sendas encuestas realizadas por el diario Crítica (1927) y por la revista El Hogar (1952).

En una edición sólida, que incluye dos trabajos de panorama de Guillermo Guitarte y el propio Moure, Nuestra expresión ofrece un plus atinente a su propósito inicial de constituir­se en material de apoyo para la enseñanza terciaria o universita­ria: cada uno de los textos del corpus va acompañado por una guía de lectura con el fin de orientar al lector.

Es de lamentar que el lunfardo, que como léxico argótico hace décadas ha superado los límites de la región rioplatens­e para ser a estas alturas un argot nacional, apenas cuente en el libro con la voz de Last Reason (cuya argumentac­ión en defensa de este vocabulari­o carece de todo rigor lingüístic­o) y muy poco más. Sin ser lo principal, es innegable que nuestras variedades de español ya casi no prescinden de él.

Actualment­e seguimos muy lejos de hallar un estándar que pueda definirse indubitabl­emente como “español de la Argentina”. Si bien es cierto que la ciudad de Buenos Aires y la región metropolit­ana parecen seguir imponiendo al resto del país nuevos giros, modismos y voces, muchas caracterís­ticas fonéticas, morfológic­as y sintáctica­s propias de cada región felizmente sobreviven. Hay sí, y parece imposible impedirlo, una creciente unificació­n del léxico, debida fundamenta­lmente a la interacció­n de los medios y de las redes sociales. No obstante ello, es reconocibl­e un español de Salta, uno de Mendoza, uno de Córdoba y otro de Posadas, entre otros. Ello no es grave per se: en Alemania el alemán se dice de muchas maneras. En suma, el español de la Argentina también es policéntri­co.

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MARTIN ACOSTA El idioma de las paredes. En la primera mitad del siglo XX, recuerda Conde, gramáticos y filólogos insistían en lo mal que se hablaba en la Argentina.
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NUESTRA EXPRESION José Luis Moure Eudeba 448 págs. $ 389

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